Desde hace muchos años vivo en Luján. Y hay una escena que, cada primer sábado de octubre, nunca deja de impresionarme: la ciudad empieza a recibir gente. Primero, de a poco. Después, por miles. Hasta que, finalmente, se convierte en u n río humano interminable de peregrinos que llegan caminando para agradecer, pedir, cumplir una promesa o, simplemente, volver a visitar a la madre de todos los argentinos.
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Pero ayer sentí algo distinto. No vi un río. Vi un tsunami de fe. Miles y miles de personas avanzando durante horas, agotadas, doloridas, con frío, con hambre, con los pies destrozados, pero avanzando.
Algunos llevaban una promesa. Otros, una foto o una bandera. Muchos caminaban por alguien: por un hijo, por una madre, por un amigo, por alguien que ya no está. Y, de algún modo, todos llegaban también para agradecer por la vida.
Pasaron muchas cosas este año. Como nos pasa siempre a los argentinos, nos emocionamos, nos golpeamos, discutimos, festejamos, nos frustramos. Las banderas argentinas y las de Malvinas volvieron a aparecer una y otra vez como una forma de decir quiénes somos.
En la peregrinación desaparecen las diferencias
Todo eso estaba ahí. En esta 52ª peregrinación había más de medio siglo de historia, pero también estaba la Argentina de hoy. Una Argentina cansada, complicada, con problemas económicos, con angustias, con incertidumbre, con mucho enojo y también con una sensación bastante extendida de que cada uno tiene que arreglarse como puede.
Y quizás por eso me impresionó tanto lo que vi. Porque durante unas horas sucedía exactamente lo contrario. La gente salía de su casa, de su comodidad, de su teléfono, de su mundo cotidiano, y se ponía a caminar junto a otros. Una masa enorme de personas avanzando como un hormiguero. Por momentos en silencio, por momentos con algarabía y cumbia. Como si cada uno fuera poniendo un ladrillo en algo mucho más grande. Y ahí el todo era claramente superior a la suma de las partes.
En el camino desaparecen las diferencias. Todos estaban en la misma, en llegar, aun sufriendo, con sus mochilas cargadas de dolor y esperanza. El que tenía su mejor outfit caminaba al lado del que tenía unas chancletas rotas. El que creía mucho al lado del que no sabía aún por qué estaba ahí. El joven al lado del viejo. El que iba con apoyo parroquial y el que caminaba solo.
Y todo el tiempo aparecían pequeños gestos. Una botella de agua. Un pedazo de fruta. Una arenga al peregrino, un “viva la Virgen”, un “ya falta menos". Alguien que te preguntaba cómo estabas. Una mano para levantarte. Una palabra de aliento. Cosas simples. Cosas que, sin embargo, en la vida cotidiana parecen cada vez menos simples.
Construir la Argentina desde la ternura
Entre todas las personas con las que hablamos hubo un pibe que dijo algo que se me quedó grabado. Dijo que había que construir la Argentina desde la ternura. No sé si él sabía la fuerza de lo que estaba diciendo. Pero la frase me acompañó durante todo el camino. Porque quizás la ternura sea justamente eso que estaba pasando ahí.
Mirar al otro. Esperarlo. Ayudarlo. Caminar a su ritmo. Entender que el que está al lado también está cargando algo. En una Argentina donde muchas veces parece que estamos obligados a discutir todo, a clasificarnos, a enfrentarnos, durante unas horas millones de personas hicieron otra cosa. Caminaron juntas. Cantaron, bailaron, se abrazaron, lloraron, vibraron algo increíblemente único. Y quizás construir desde la ternura sea exactamente eso: volver a mirar al otro como alguien que importa.
La peregrinación a Luján es, por supuesto, una enorme manifestación de fe. Pero también es mucho más que eso. Es una radiografía de lo que somos. Ahí aparecen nuestros miedos, nuestras pérdidas, nuestras esperanzas, nuestras promesas, nuestros dolores y nuestros agradecimientos.
Aparece la Argentina sin demasiados filtros. La Argentina que sufre. La Argentina que cree. La Argentina que ayuda. La Argentina todavía puede caminar junta. Y al final de todo ese camino está Luján. La ciudad que durante todo el año convive con la Basílica como parte de su paisaje, pero que varias veces al año entiende por qué es la Capital de la Fe.
Tal vez la fe también sea eso. Seguir caminando cuando uno está cansado. Confiar en el que tenés al lado. Y entender que, aun con todas nuestras diferencias, todavía hay caminos que pueden encontrarnos. Quizás la Argentina que queremos construir empiece por ahí. Con menos gritos. Con más encuentro. Y, como dijo aquel pibe, con un poco más de ternura.