OPINIÓN

La distopía Javier Milei en Rosario: el propofol de los arrasados

Una botella de plástico se cuela sin glamour en el paisaje urbano de la ciudad de los 9000 repartidores de PedidosYa, los 5000 Uber y 8,2% de desocupados.

Una botella de plástico, verde y regordeta, se cuela sin glamour en el paisaje urbano de la Rosario de la distopía Javier Milei. En veredas y cordones, plazas y parques, escondidas o a simple vista, enteras o abolladas, de etiqueta amarilla y religiosamente vacías, son huellas en la tierra quemada, el mapa rayado por quienes ya se cayeron de él.

El ferné cola Cassoni es el propofol de los arrasados.

En las veredas las escenas se vuelven cotidianas, parte del paisaje: gente durmiendo donde puede, arriba de lo que puede, tapada con lo que puede. Los consorcios le ponen rejas a cualquier resquicio con techo en los ingresos de los edificios céntricos para evitar que se conviertan en refugios. La empatía no es el clima de época.

La calle también le pertenece a los nuevos cuentapropistas del sueño de sertupropiojefe. Apenas un escalón arriba de la pirámide social de la distopía Milei cunden los deliverys. En Rosario hay alrededor de 9000. La competencia es feroz y la demanda no alcanza para todos. La plata tampoco: los riders le piden plata prestada a PedidosYa y tienen que laburar gratis un día para devolverla. La otra es manguearle a Marcos Galperín o a prestamistas clandestinos. Elige tu propia aventura.

Los Uber y Didi se adueñan de las calles. Se calcula que son entre cuatro y cinco mil. Compiten por el milagro de pescar un viaje, bien escaso. Los taxistas, que apenas llegan a 2000, prefieren quedarse quietos. “En la calle no levantás nada, gastás nafta y arriesgás el auto”, explica uno. Prefieren esperar en las paradas. O se suben a las Apps. Las legales, como Cabify o Movi, o las otras, a las que antes resistían a garrotazos.

El río turbulento que corre por abajo

Todo eso es, más o menos, es el paisaje visible de la distopía Milei. Por debajo corre un río turbulento: en 2025, Rosario registró 167 suicidios de los 448 casos confirmados en toda la provincia.

El suicidio se convirtió, el año pasado, en la principal causa de muerte violenta en Santa Fe, por encima de los homicidios y los siniestros viales. Una pandemia silenciosa cuyas dimensiones, vaporosas por el tabú que barre la mugre bajo la alfombra, no se terminan de abarcar.

A la intemperie de la intemperie

Con una desocupación del 8,2%, por arriba de la media del 7,8% nacional, la Rosario de la Distopía Milei se llena de bazares de capitales chinos con baratijas importadas, vendedores de medias audaces y obstinados, mientras los comerciantes hacen malabares para no tirar la toalla. El 12% no llega a pagar el alquiler, dicen en el Colegio de Corredores Inmobiliarios.

Según la Federación Gremial del Comercio e Industria de Rosario, seis de cada diez comercios vieron caer sus ventas en junio. La baja interanual fue del 9,6%, una crisis que se ensaña especialmente con las jugueterías, librerías, tiendas de alimentos e indumentaria.

En Sarmiento y Peatonal Córdoba, el colosal edificio de la Galería La Favorita está, otra vez, con las persianas bajas. El experimento shopping no resistió dos años. Ahí nomás, a unos metros, una botellita verde de ferné cola Cassoni yace inerte, vaciada.

No es un elixir, tampoco pretende serlo. No tiene la sofisticación del propofol. Es apenas un módico anestésico para los que quedaron a la intemperie de la intemperie. Un litro de jarabe para el frío, la violencia, el resentimiento y la indiferencia. Dura un rato, eso sí. Y no está Fini Lanusse para controlar que te despiertes.

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