22|9|2022

16 de enero de 2022

16 de enero de 2022

De 2011 a 2021, casi todo todo mal. Crecimiento, inflación y pobreza. La parábola de la luz. Fernández defoltea su promesa de diálogo. La oposición ausente.

En diciembre de 2011, Cristina Kirchner asumía su segundo mandato a caballo de una montaña de votos. La ciudadanía se sentía, por fin, lejos del abismo al que se había asomado justo una década antes, pero no sabía que ese sería el punto más alto de un modelo que, a partir de entonces, no dejaría de perder aceite. Hoy, pasado el interregno de Mauricio Macri y el ecuador de la administración de Alberto Fernández, la Argentina lucha por recuperar el nivel de producción y la calidad de vida que tenía diez años atrás. Claro que la pandemia supuso un golpe terrible, pero también lo es que esa colisión violenta no oculta que casi todos los indicadores son hoy peores que entonces.

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Ya se sabe: algunos culparán de todos los males a la herencia maldita del “populismo”, mientras que otros achacarán cada calamidad al “neoliberalismo” macrista. La verdad es que nadie se salva. En especial, los argentinos y las argentinas, ante lo cual el reparto de culpas se parece cada vez más a un juego estúpido destinado solo a perpetuar la declinación nacional.

 

En sus apariciones públicas, la vicepresidenta suele ponderar la herencia de los gobiernos kirchneristas, un modo de confrontar con la oposición y, a la vez, de presionar a Fernández para que abjure de recetas que, para ella, hieden a ajuste. Sin embargo, el repaso de esa historia reciente desmiente esa mirada deslumbrada, al menos sobre el período 2011-2015.

 

Fue justamente en octubre de 2011 que la entonces presidenta impuso el llamado cepo cambiario, producto, en buena medida, de una política fallida que privó al país del autoabastecimiento energético, toque de campana del final de la era de la disponibilidad suficiente de dólares para no ahogar el crecimiento.

 

Dadas las limitaciones que impuso el naufragio provocado del INDEC, es útil acudir a datos del Banco Mundial, los que permiten aseverar que, punta a punta, el crecimiento durante su segundo mandato fue un serrucho decepcionante.

 

Fuente: Banco Mundial.

Lo que con Cristina fue estancamiento, con Macri se hizo tobogán. Recesión en 2016 –autoinfligida por la megadevaluación de diciembre de 2015–, rebote en 2017 y crisis terminal en el segundo bienio.

 

Con todo, crisis cambiaria permanente de por medio, lo que más se deterioró fueron los salarios, que emprendieron entonces un colapso que aún no termina.

 

Fuente: Banco Mundial.

En 2019, Alberto Fernández prometió “poner a la Argentina de pie”, pero la pandemia metió la cola tres meses y diez días después de su asunción. El confinamiento duro provocó una caída del producto bruto interno (PBI) del 9,9% en 2020 y un rebote equivalente en 2021. Este año debería arrojar un saldo positivo, pero el país vuelve a ser un manojo de nervios y preguntas por la saga interminable con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

 

Así las cosas, siempre de acuerdo con los datos del Banco Mundial para eludir el apagón cristinista, la Argentina productiva brega todavía por recuperar la envergadura que tenía, justamente, hace diez años. Una década perdida y no es la primera.

 

 

Fuente: Banco Mundial.

En materia de inflación, la contracara de esos ingresos que no dejan de hacerse polvo, la situación no es mejor. Otra vez, lo que el INDEC ocultó, las consultoras privadas lo revelaron, aunque el entonces secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, las amordazara con multas y juicios. Según el promedio de estas, el aumento de los precios fue un crescendo del 22,81% en 2011, del 25,6% en 2012, del 28,3% en 2013 y del 38,5% en 2014 –un año de devaluación–. El INDEC normalizado ponderó el IPC de 2015 en un dramático 30%.

 

En lo que ya parece casi una norma de conducta, Macri también empeoró eso y se retiró del gobierno con una inflación del 53,8%.

 

Eso recibió Fernández y, según se reveló el jueves último, el año pasado finalizó ahí nomás: 50,9%. Pese al voluntarismo misterioso de Martín Guzmán, que fijó en 29% y en 33% la suba de los precios de sus dos primeros presupuestos –el segundo, claro, fallido– la Argentina parece comenzar a “funcionar”, por decirlo de algún modo, en un nuevo régimen de inflación en el que los salarios y demás ingresos no tienen modo de competir.

 

Mientras, con los subsidios masivos de Cristina, con las subas de tarifas inolvidables de Macri y con los intentos de segmentación prometidos pero, por ahora, no concretados de Fernández-Guzmán, la luz se sigue cortando. Para peor, sin que nadie se anime a cuestionar la sensatez de un sistema mixto en el que nadie gana: dada la regulación draconiana del sector, ni el Estado da abasto para realizar las obras de actualización de la red necesarias para que las empresas puedan producir y la población no se ahogue de calor ni las concesionarias privadas logran continuidad para generar valor para sus accionistas.

 

Por otro lado, mientras unos vienen para recuperar la industria perdida y quienes los reemplazan prometen hacerla mucho más eficiente, la dependencia de las exportaciones primarias alcanzó el año pasado al 70% del total, la mayor en 40 años. Así las cosas, el Banco Central raspa una y otra vez el fondo de la olla, sin encontrar nunca los dólares suficientes para abastecer una producción dependiente de insumos importados o, si no hay cepos, evitar las quiebras a repetición del país.

 

En lo que hace al endeudamiento, un problema mejorado por el kirchnerismo por las buenas –produciendo y pagando– y por las malas –trampeando la inflación y los bonos emitidos que la seguían–, se ha hecho otra vez explosivo y el FMI vuelve a condicionar el futuro de, acaso, una generación de argentinos y argentinas. Mauricio lo hizo de nuevo.

 

El problema es otra vez agudo. La renegociación con los acreedores privados, que Guzmán antepuso –rompiendo con los precedentes– a la llevada adelante con el FMI, ha resultado hasta ahora más exitosa en los papeles que en la realidad. El riesgo país –la diferencia de tasa que pagarían los bonos del Tesoro argentino a diez años en comparación con los de Estados Unidos– vuela por encima de los 1.850 puntos básicos, lo que, si alguien le prestara al país, supondría pagar una tasa de interés del orden del 20% anual en dólares. Pese a aquel "arreglo", el país sigue fuera de toda posibilidad de refinanciar de sus compromisos a través de mecanismos de mercado.¿Nuevo default a la vista para la Nación y para las provincias? Todo se hace más incierto en momentos en que la refinanciación de los 44.000 millones de dólares que se le deben al Fondo parece lejos de concluir.

 

Por último, ¿será que en la última década la salud se ha hecho mejor o la enseñanza que reciben los chicos y las chicas ha evolucionado? No parece.

 

Todo lo anterior explica que la pobreza haya trepado al final del segundo semestre del año pasado al 40,6% de la población, cifra que se estiraba al 54,3% entre menores de 14 años. Con piloto automático y sin que se haga nada por relanzar a la Argentina, ese último número es la próxima escala de un fenómeno que debería dar vergüenza.

 

La dirigencia política que se despierta en los diciembres que desde 2001 le meten miedo para dormir el resto del año sigue –igual que buena parte del periodismo y de la propia sociedad– entregada al juego idiota de la grieta; un juego que, por ahora, sigue pagando para ganar elecciones, pero que hace que cada quien que pasa por la Casa Rosada termine poniéndose el país de sombrero.

 

Gerardo Morales le puso un poco de sensatez al negacionismo de Juntos por el Cambio en cuanto a su responsabilidad en la saga del FMI, pero eso, la sensatez, es lo que más escasea. Macri y sus voceros insisten en que ellos no endeudaron al país como quien se empeña en negar una infidelidad a pesar de haber sido pescado in fraganti en un hotel. En tanto, Horacio Rodríguez Larreta, que debería preocuparse por lo que conlleva su deseo de gobernar este engorro a partir de 2023, no cree que haya nada de qué hablar con el Gobierno que intenta resolver –no siempre bien– el desastre que dejó la administración de la que él fue un socio crucial.

 

Sin un diálogo responsable y profundo sobre el futuro institucional, judicial, productivo, laboral, impositivo, educativo, sanitario y hasta sobre servicios de inteligencia sin control, la Argentina no tiene salida y seguirá siendo lo que es: una máquina de perder décadas y caminar hacia atrás. Y lo peor para la propia dirigencia: cada vez más difícil de gobernar.

 

Dicho proceso, por otro lado, debería servirles a quienes aspiran a mandar para cerrar filas a fin de lidiar con un poder financiero globalizado intratable, que les complicó la vida política a Cristina y a Fernández, y que directamente se la arruinó a Macri.

 

Fernández ofreció dicho diálogo como una de las principales promesas de la campaña de 2019, pero nunca se lo tomó en serio y puso a Gustavo Beliz al frente de un esfuerzo por convertir una ofensiva interesante en un foro de debate incoloro, inodoro e insípido, pero, ciertamente, mucho menos valioso que el agua.