03|9|2022

09 de noviembre de 2021

09 de noviembre de 2021

Macri está intratable. Habla con impunidad de deuda e inflación, rompe micrófonos y se pasea por actos y sets de TV como un stone. No llores por él, Argentina.

Desde hace ya más de una semana, una pregunta doble se impone en la política argentina: ¿qué le pasa por la cabeza a Mauricio Macri y a qué juega? A su reciente raid judicial y mediático sumó en la noche del lunes definiciones difíciles de comprender acerca del costado más controvertido de su de por sí controvertido gobierno: el explosivo aumento de la deuda pública y el default de hecho resultante. Lo que más sorprende es que salga con semejante ímpetu y falta de articulación cuando a Juntos por el Cambio (JxC) le convendría, dadas como parecen estar las cosas, hacer la plancha hasta las legislativas del domingo, cuando espera reeditar su resonante triunfo de las PASO. ¿Será acaso que su agenda personal y la de la alianza que pergeñó en su hora –y que hoy no le responde– no son ya una y la misma cosa?

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En una entrevista que concedió al periodista Marcelo Longobardi en la sede local de CNN, el exmandatario volvió a sorprender. Dijo –hablando de sí mismo en tercera persona, a lo Diego Maradona que “la Argentina tiene una guía aún: los países del mundo que confiaron en la Argentina y en el gobierno del ingeniero Macri y que le prestaron 50.000 millones de dólares para que les pague a deudores (sic) que ya tenía la Argentina”.

 

“O sea, demoliendo una mentira de ellos (los peronistas), que la plata se fugó. La plata del Fondo, que es la plata de los países, la usamos para pagar a los bancos comerciales, que se querían ir porque tenían miedo de que vuelva el kirchnerismo”, remató.

 

Luego continuó su reflexión en defensa de un Fondo Monetario Internacional (FMI) que, aseguró, simplemente le pide al Gobierno “un plan” –será que uno cualquiera– y que “no está acá para ganar plata (sino) para que a la Argentina le vaya bien”.

 

La reflexión, por darle algún nombre, es curiosa en varios sentidos.

 

En primer lugar, ¿olvidó Macri que pidió 57.000 millones y no 50.000, impagables en las condiciones –políticas– pactadas?

 

Segundo, ¿sabe que la deuda pública nacional, al menos en el tramo privado que él se encargó de saturar en su gestión, está básicamente en manos de grandes fondos de inversión y no ya, como en los años 70 tardíos y 80 –tiempos de gloria de la patria contratista que originó la fortuna de su familia– de bancos comerciales?

 

Tercero, ¿recuerda que el chorro del crédito internacional –a tasas estratosféricas del 7% anual en dólares y con plazos de endeudamiento insólitos que llegaron a los 100 años– se cortó en febrero de 2018, cuando dichos fondos le dijeron “basta” en Nueva York al entonces ministro de Finanzas, Luis Caputo.

 

Cuarto, así las cosas, ¿qué tienen que ver los bancos comerciales en todo esto? ¿Será que confesó –sin advertirlo– que los asistió a llevarse la plata del Fondo –que pagarán generaciones de argentinos y argentinas– por la canaleta de la timba y de la fuga, facilitándoles el cambio de los pesos en los que estaban calzados a dólares para salir airosos de esa timba ruinosa llamada carry trade en la jerga de los vivos?

 

Es el propio Macri quien reseña en su libro de título sugestivo –Primer Tiempo– la saga que, como él mismo diría más tarde, “puso fin anticipadamente” a su gobierno.

 

Caputo, el hombre considerado hasta entonces por sus groupies “el Messi de las finanzas”, había llegado a emitir en enero unos 9.000 millones de dólares. El mercado no parecía aún preocupado por la flexibilización de las metas de inflación anunciada por Marcos Peña, Federico Sturzenegger, Nicolás Dujovne y el propio Caputo el Día de los Inocentes de 2017.

 

“Lo que sí empezó a ocurrir, y explica la decisión de Toto de buscar en enero el financiamiento para buena parte del déficit del año, es que se enrareció el clima financiero internacional. Empezaron los rumores sobre un aumento de la tasa de referencia en Estados Unidos, algo que es siempre negativo para los mercados emergentes. Y los crecientes choques comerciales entre Estados Unidos y China generaban una incertidumbre también perjudicial para países como el nuestro”.

 

Si, como informó ampliamente la prensa local, en febrero el ministro de Finanzas obtuvo malas nuevas de los fondos de inversión amigos, “un día a fines de abril o principios de mayo me llamó Toto y me dijo: ‘Se está complicando, no creo que podamos conseguir más plata’. Ya me venía advirtiendo sobre esta posibilidad, basado en el deterioro del crédito para mercado emergentes —que en 2018 emitieron solo 7.000 millones de dólares de deuda, contra 108.000 millones en 2017– y en que los inversores ya habían comprado mucha deuda nuestra”.

 

“Lo llamé entonces a Nicolás Dujovne, que ya había tanteado al FMI en caso de que las cosas se complicaran, y le pregunté si creía que debíamos llamarlos para buscar apoyo. Me dijo que sí. ‘¿Cuándo?’, le pregunté. ‘Cuando vos digas’, me contestó. ‘Ya –le dije–. Para qué esperar, si esto no va a cambiar’. Ese mismo día grabé un mensaje seco, informativo, en el que anunciaba la decisión de ir a buscar un acuerdo con el FMI”, añadió.

 

El líder del PRO debería ponerse de acuerdo consigo mismo. ¿El credit crunch de la Argentina fue culpa del kirchnerismo o, como él mismo había señalado, producto de la suba de la tasa en Estados Unidos, de las tensiones entre ese país y China y, especialmente, de que “los inversores ya habían comprado mucha deuda nuestra”? Cabe recordar que ningún otro país de la región enfrentó un corte de crédito como el nacional y que prácticamente todos los demás siguieron disfrutando del mismo de modo fluido y a bajo costo.

 

Por otra parte, ¿del regreso de qué kirchnerismo habla cuando se remonta a febrero-abril de 2018? JxC venía de arrasar en todo el país en las elecciones de mitad de mandato de octubre del año anterior y era lugar común entre analistas, dirigentes oficialistas y hasta las disgregadas tribus peronistas la idea de que la reelección de Macri era cosa juzgada. Si la conformación del Frente de Todos ayudó mucho a que eso no ocurriera, la ventana de oportunidad se abrió en verdad por la crisis financiera autoinfligida por el macrismo, una de la que la oposición, incluso, se dio cuenta tardíamente, cuando el dólar sorprendía cada día y los argentinos y argentinas fuimos llamados a “enamorarnos de Christine Lagarde”.

 

Macri habla y habla, dice y se desdice, genera mitos sobre los que casi nadie le repregunta y habla de su pasado como si fuera una historia de éxito y una caja de cristal.

 

En el medio, sopesa la estabilidad del núcleo duro que odia al peronismo, que lo tiene todavía como su vector más efectivo y que –está visto– nada le reclama; afirma que evadir impuestos es la única manera de ganar dinero; fantasea con escenarios económicos apocalípticos que –acaso– ahonden esa percepción; teje con Patricia Bullrich –una de las principales aspirantes del reality show El Bolsonaro argentino–; flirtea con la ultraderecha minarquista y paleolibertaria que insulta a Horacio Rodríguez Larreta y a María Eugenia Vidal; se burla de la Justicia, melonea las causas en su contra y no explica ni el desfalco del correo familiar ni el espionaje sobre tantos, en especial los deudos de los héroes del ARA San Juan; revolea micrófonos de periodistas críticos y presenta excusas que no pueden tomarse más que como una tomadura de pelo. Finge amnesia y espera. Todo en nombre de la república perdida.

 

¿Qué busca Macri, que se pasea como un Mick Jagger o como un Freddie Mercury por estudios de TV de canales que no son de su propiedad y por otros que tampoco lo son?

 

“Hoy no está en mi cabeza una candidatura en 2023. No pasa por mi cabeza una desesperación por volver al poder porque sé lo que es la carga”, le dijo también a Longobardi. Eso, que se parece poco al anuncio de un apartamiento de la pelea electoral en 2023, se refuerza cuando, a lo Carlos Menem, define a los precandidatos de su alianza como “curas que quieren ser papas”.

 

El papa, claro, es él.