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Canas verdes

El soldado solo se cuadra ante CFK. Y ya se les amotinó a todos. Qué dice en privado de Kicillof, de Frederic y de Alberto Fernández. En esta nota del mes pasado, perfil de un problema precoz.

Por 18/01/2020 11:03

“Me pidieron que fuera y uno es un soldado, es un lugar donde no quiere ir nadie”, dice Sergio Berni cuando le preguntan por qué aceptó volver a la función pública, como hombre clave de Axel Kicillof. Casi como un sello de época, el ministro de Seguridad bonaerense volvió, otra vez, a ser parte de la acción y del espectáculo. Todo sucedió a último momento. Después de haber pasado cuatro años lejos de los primeros planos, consultado por los medios a la hora de las efemérides, Berni parecía retirado y decía que no quería volver. Pero regresó y le alcanzaron menos de 40 días para demostrar que es capaz de responderle al Presidente y desconocer cualquier liderazgo que no sea el de Cristina Fernández de Kirchner

 

En campaña. El año pasado se anotó, pero se lo llevó puesto el Clio.

 

A punto de cumplir 58 años, Berni no quería ser ministro de Kicillof. Aludía a una cuestión de escala: decía que tenía proyectos personales ligados a la medicina y no descartaba volver a Santa Cruz. Durante 2019, había fantaseado con ocupar como candidato el lugar que Kicillof tenía reservado, con el aval de Cristina: exhibía como credencial su domicilio en Zárate, su perfil de mano dura y encuestas que le otorgaban chances en el pelotón de los ambiciosos. Era parte de una estrategia electoral frustrada. Berni sostenía que el kirchnerismo necesitaba acumular con dos o tres candidatos, “por derecha y por izquierda”. Pero no pudo ser y a Kicillof le sobró para arrasar en la contienda contra María Eugenia Vidal.

 

Compañero Kicillof. Berni se siente un par del gobernador.

 

LOCURA. Después del triunfo, rechazaba tajante las versiones que lo daban de regreso en la provincia: “Ni loco”, decía. No encontraba razones para aceptar un cargo menor al que ya había ocupado y hasta desafiaba a sus interlocutores con una pregunta: “¿Por qué tendría que aceptar?”. Tuvo que ser la ex presidenta la encargada de explicárselo, en su intento paciente de blindar a Kicillof, su principal crédito político y mejor heredero. Si Berni es ministro es por aquel movimiento -decisivo- de CFK: haber ungido al ahora gobernador como su candidato.

En los términos más crudos que circulan hoy en las filas del Frente de Todos: “Es un lugar difícil de ocupar y no sabían a quién poner”. Esa es la fuerza de Berni.

En el oficialismo, algunos afirman que el ex militar que se reivindica “de derecha” pensó que podía ser convocado como ministro de Seguridad en la Nación, el rol que había ocupado de facto durante la gestión de Cecilia Rodríguez en el ciclo del último cristinismo. Pero otros lo niegan y dicen que ya sabía que no sería parte del elenco del Presidente. Cuando Alberto Fernández volvió a tener relación con Cristina, el ahora ministro de Kicillof fue de los pocos que nunca fue a tocar timbre al búnker de la calle México.

Al gobernador tampoco le sobraban ganas de ceder un sillón estratégico para el emblema represivo del kirchnerismo, pero reconocía que la violencia urbana y el delito en el territorio madre de todas las batallas precisaban una regulación fuerte. Hoy, a un lado y al otro, afirman que la relación es “excelente”. Sin embargo, Berni tiene una autonomía que lo distingue del resto de los ministros de Kicillof, formados en el mismo ámbito y con lógicas comunes. Contraste puro, es el enemigo del escritorio que descalifica a los intelectuales, habita un gabinete de universitarios, se sube al clamor imperecedero de la mano dura y se adjudica el sentir del pueblo víctima de la inseguridad. Suele generar más empatía en la oposición que en el oficialismo y, de no haber nacido a la política en Santa Cruz, formaría parte de otro espacio.

No se trata únicamente de la personalidad del ex militar, que además es piloto y cirujano, sino del sitio que le toca. Para ese sillón caliente en la provincia, con sueldos muy inferiores a los de la Nación, no sobran en la política voluntarios con capacidad de ponerse al frente, menos todavía en el espacio del kirchnerismo. En los términos más crudos que circulan hoy en las filas del Frente de Todos: “Es un lugar difícil de ocupar y no sabían a quién poner”. Esa es la fuerza de Berni.

 

 

PURO Y DURO. De entrada, el ministro bonaerense dejó claro que conducirlo iba a ser difícil. Ya en diciembre, dijo que su “jefa política” era Cristina y definió al Presidente como “un representante” del espacio del Frente de Todos. Además, contó que fue convocado por Kicillof, pero se puso casi en igualdad de condiciones con él: “Claramente, los dos tenemos el mismo jefe político”, aseguró.

Kirchnerista puro y de la primera hora, en privado, Berni es capaz de pronunciar palabras todavía más duras: “Tengo cero relación con el Presidente. Yo siempre estuve del mismo lado. El dio la vuelta al mundo”, marca.

Esta semana, fue más allá cuando le respondió a Fernández, que le había recomendado que se ocupara de la provincia en una charla con Horacio Verbitsky, uno de sus habituales críticos. “Nadie tiene la verdad absoluta”, replicó y aunque afirmó que escuchaba con “mucho respeto” la palabra del Presidente, también consideró que la de Alberto era una “opinión insignificante”.

Kirchnerista puro y de la primera hora, en privado, Berni es capaz de pronunciar palabras todavía más duras: “Tengo cero relación con el Presidente. Yo siempre estuve del mismo lado. El dio la vuelta al mundo”, marca.

El médico santacruceño debutó de la mano de Alicia Kirchner en el ministerio de Desarrollo Social y, en pocos años, pasó de negociar con grupos que venían del piqueterismo a comandar el despliegue represivo de la Gendarmería en la Panamericana. Así, se convirtió en el punto ciego en la buena conciencia del progresismo y el funcionario que se jacta de ser eficiente y estar donde se debe estar. 

“Soy el ministro de la provincia de Buenos Aires, donde la Nación no tiene nada que ver. Ella (Frederic) no puede ingresar a la provincia sin mi permiso”, le dijo Berni, esta semana, a un enviado que intentó apaciguar el conflicto con la Casa Rosada.

Sus diferencias mayores son con la ministra de Seguridad de Nación, Sabina Frederic, con la cual será difícil conciliar posiciones. “Soy el ministro de la provincia de Buenos Aires, donde la Nación no tiene nada que ver. Ella no puede ingresar a la provincia sin mi permiso”, le dijo Berni, esta semana, a un enviado que intentó apaciguar el conflicto con la Casa Rosada.

Acusado de haber formado parte de los movimientos carapintadas en el Sur a fines de los ochenta, el funcionario de Kicillof afirma que Frederic no tiene injerencia en los distritos, que las fuerzas federales se ocupan de delitos federales y que, si la ministra entra en el territorio bonaerense, caería en abuso de autoridad, algo que habilita a que se le realice una denuncia penal.

La semana última, desde Balcarce 50, dejaron trascender que Fernández le iba a pedir al gobernador que disciplinara a Berni, pero los que conocen al ministro bonaerense afirman que eso es directamente inviable. “Él es así, con lo bueno y con lo malo. El personaje total incluye todo. Cuando lo eligieron, sabían qué tipo de funcionario era”, le dijo a Letra P uno de sus hombres de confianza. Traducido: llegó a la provincia por pedido de CFK y sólo la vicepresidenta puede ahora llamarlo al orden sin dificultades.

 

 

EL BONAERENSE. En un mes, sin que nadie se lo pidiera y sin que nadie pudiera evitarlo, Berni se convirtió en el ministro más notorio de Kicillof. Igual que el gobernador, se hizo grande en la vidriera nacional y es el más conocido de sus funcionarios. Los medios lo van a buscar y todo lo convierte en título: las efemérides por la muerte de Alberto Nisman, el lenguaje común con Patricia Bullrich, la propuesta de legalizar las drogas, el esquema de presos que trabajen en las cárceles, el saludo con Diego Santilli... Faltan todavía los operativos espectaculares que protagonizó desde la Secretaría de Seguridad de la Nación. Desde aquel tiempo, Berni tiene custodia de la Policía Federal y piensa mantenerla, como lo hace por lo general cualquier ex funcionario. No se trata, dicen, de un problema de desconfianza hacia La Bonaerense, sino de un comportamiento habitual: los federales conocen perfectamente sus movimientos. Como secretario de Seguridad, tenía una buena relación con Hugo Matzkin, el entonces jefe de la fuerza que ahora le toca gobernar.

 

 

Según afirman en La Plata, todos los días, Berni está en el ministerio a las 7 de la mañana y es uno de los últimos en irse. Garantía de un orden posible para un cristinismo sensible a las críticas en materia de Seguridad, tiene a su cargo la faraonica obra de conducir una fuerza de 90.000 policías. Lo acompañan dos hombres claves de su paso por la Nación: su ex director de Inteligencia Criminal, Sebastián Fernández Ciatti, y el ex subsecretario de Planeamiento y Formación Javier Alonso, para la profesionalización y los programas de estudio de las fuerzas que obsesiona a Berni. Piensan arrancar con casi 800.000 horas de cátedra para los bonaerenses.

Pese a su historia de mano dura, Berni sostiene que el modelo vigente para enfrentar el narcotráfico fracasó, plantea que es necesario discutir un nuevo paradigma y que la despenalización de las drogas es inevitable en el marco de un debate social amplio, como el que se dio con el matrimonio igualitario y con la interrupción voluntaria del embarazo.