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Caos y (des)Control en el subsuelo de la Patria

A la sombra de Comodoro Py se descompone el poder invisible de la era K. El ocaso de Javier Fernández. El final a toda orquesta de Bonadio. Los nuevos clientes de Stiuso. El melodrama de Oyarbide.
Por 11/08/2018 15:09

Entre el escepticismo y el frío que corre por la espalda. Así perciben en la órbita de Comodoro Py el capítulo de los cuadernos de Oscar Centeno que atenta contra la familia judicial. El Gloriagate no sólo retornó a las figuras encumbradas del ex Frente para la Victoria a la cárcel y alteró los días de un grupo de empresarios que jamás habían tenido que rendir cuentas por sus actos. También metió presión contra el -hasta hace poco- todopoderoso operador judicial Javier Fernández.

Miembro de la Auditoría General de la Nación, que mamó su formación de César Arias y Rodolfo Barra en el amanecer del menemismo, Fernández fue el abogado que aceitó un esquema exitoso durante dos décadas: la savia de los servicios de inteligencia, la forma de los tribunales federales y la difusión en los medios de comunicación. Una artillería siempre funcional al poder de turno, según los conocedores del circuito.

Mencionado en los cuadernos del ex sargento del Ejército como “Javier de Inteligencia”, el Fernández que fue secretario de Barra en la primera Corte menemista tuvo que declarar esta semana ante el juez federal Claudio Bonadio. Cuentan que llegó con una valija llena de documentación con la que intentaba probar su riguroso control sobre la corrupción kirchnerista. Habrá que ver si convenció al magistrado que quedó asociado a la servilleta de Carlos Corach, después de haber sido su secretario de Legal y Técnica.

 

Javier Fernández, ex todopoderoso, hoy a la intemperie.

 

Con orígenes y puntos de contacto en la década del noventa, Bonadio y Fernández parecen haber hecho un recorrido diferente, que hoy los enfrenta. Según le dijo a Letra P un político del peronismo, Fernández era el director de orquesta de la partitura que escribía Antonio Jaime Stiuso durante los años del kirchnerismo. Cuando el ex jefe de Contrainteligencia quebró su prolongada alianza con Néstor y Cristina Kirchner, a fines de 2014, Fernández siguió cumpliendo sus funciones con lealtad. Al menos, eso se desprende de la letra de Centeno que reveló el diario La Nación.

Fernández se siente hoy blanco de una ofensiva que parece haber sido orquestada por un poder equivalente al que él supo ejercer hasta hace no tanto.

-Me parece que es una historia más vinculada a los actuales operadores que a otra cosa- le dijo al periodista Iván Ruiz de La Nación.

¿A quiénes se refiere? ¿Quiénes son los que hoy se paran en el pedestal que antes le pertenecía de manera exclusiva?

 

 

JAVIER DE INTELIGENCIA. Después de aquel debut como secretario de Barra en la Corte menemista, en 2001 Fernández pasó a la Auditoría General de la Nación. Tiene un hermano (Sergio) que es camarista en el estratégico fuero Contencioso Administrativo Federal y otro (Claudio), que fue secretario de la Sala V de la misma Cámara, fue procesado en 2000 por supuestos pedidos de coimas. Sin embargo, cuentan en tribunales que el vínculo entre el camarista y el auditor está quebrado. Siempre fue Javier el que penetró los juzgados federales. En mayo de 2005, el secretario privado de Raúl Granillo Ocampo lo acusó de haber sido el valijero de los famosos sobresueldos.

Travesuras del destino, Fernández recordaba hasta hace no tanto que se inició en política en La Paternal y solía moverse en un Toyota Corolla, como el que manejaba Centeno, el suboficial del Ejército que anotó su nombre y lo mandó a Comodoro Py, por primera vez a dar explicaciones.

En sus cuadernos, el chofer de Roberto Baratta designó a Fernández como Javier de Inteligencia y anotó dos visitas en las que se llevaban y retiraban bolsos de su domicilio, una el 2 de agosto de 2013 y otra el 19 de octubre de 2015. “Lo llevo a Nelson (Lazarte, mano derecha de Baratta) a Andonaegui 2138 1 piso 'B', esta vez lleva otro bolso de dinero y lo entrega una persona que me comenta que normalmente está ebrio”.

 

 

Si es que no estaba al tanto de esa segunda visita, al fantasmal Stiuso no le debe haber agradado que uno de sus hombres siguiera colaborando con el mismo kirchnerismo con el que él había entrado en guerra y lo denunciaba, tardíamente, con las fuerzas que le quedaban. Por eso, hoy están en Comodoro Py los que ven a Fernández como se lo vio en su momento a Alberto Nisman, sin su mayor respaldo.

Según publicó la periodista Candela Ini en La Nación, ese es el domicilio de Javier Fernández, que perteneció a su tío Manuel Menéndez. Menéndez, que falleció en enero de este año, fue socio de Sergio Szpolski en la sociedad Infofin. También formó parte de los directorios de otras empresas de Szpolski. La simbiosis entre Fernández y el ex dueño del Grupo Veintitrés, que bajó la persiana y dejó un tendal de periodistas en la calle a fines de 2015, puede llevar a confusiones. Por amistad y por historia, Fernández también incidía fuerte en la línea editorial de medios y periodistas que gustan presentarse como cruzados anticorrupción, con amplio despliegue y títulos catástrofe.  

Gracias a su amistad con Darío Richarte -otro gran amigo de Fernández-, el radical xeneize que fue subjefe de la SIDE con Fernando De la Rúa y es directivo del club de Daniel Angelici, Szpolski transita hasta hoy los días de Cambiemos a salvo de la guillotina de Comodoro Py. Puede considerarse un privilegiado si se mira la suerte de otros empresarios que se aventuraron a regentear medios de comunicación, como Cristóbal López y Gerardo Ferreyra.

 

Jaime siempre está. En su departamento de grandes clientes atiende a corporaciones poderosas.

 

Richarte y el abogado Darío Pirotta se encargaron de defender a gran parte de los funcionarios kirchneristas durante los años en que Stiuso reportaba al Frente para la Victoria. Claudio Uberti, precisamente, era uno -entre tantos- de los clientes que atendía el hoy vicepresidente tercero de Boca.

Con esos elementos y un rencor personal que incluye cuestiones personales, Bonadio tiene hoy el futuro de Fernández en sus manos. Entre ambos, también hay nexos como el de Miguel Ángel Pichetto, el senador del PJ que comparte con ellos un tronco común.

 

 

EL DEPREDADOR. Desde el año pasado, los compinches Bonadio y Pichetto parecen actuar una comedia dramática que tiene a Cristina Kirchner como protagonista. Mientras uno pide su desafuero, el otro lo niega en defensa de la política, con un juego doble que le permite salvar a su archienemiga de hoy de las garras del depredador que llegó a Comodoro Py.

Bonadio le debe la sobrevida a Pichetto, que en 2005 logró evitar que prosperase el juicio político en su contra en el Consejo de la Magistratura.

Nombrado juez federal de Morón por el menemismo y convertido después por decreto en un soldado del menemismo en Comodoro Py, con apenas seis años de ejercicio como abogado, Bonadio encarna un mundo aparte. La vacante del juez que nació en San Martín se abrió gracias a otra innovación del gobierno de Carlos Menem, que amplió a 12 los juzgados criminales federales. Datos menores que hoy se olvidan con la ilusión de que el magistrado salve a la República del horror de la corrupción kirchnerista. Bonadio le debe la sobrevida a Pichetto, que en 2005 logró evitar que prosperase el juicio político en su contra en el Consejo de la Magistratura con un dictamen de 115 páginas que presentó en la comisión de Disciplina.

¿Fernández está hoy sin ningún respaldo? Es la sensación que queda con un Stiuso que, según dicen, se dedica a trabajar para grupos empresarios poderosos, con un viejo esquema que hoy está en desuso. Las primicias pasan por otro lado. Habrá que ver.

Según pudo saber Letra P, Fernández compartió misiones en el primer kirchnerismo con un colaborador estrecho de Pichetto, Horacio Desimone. No está claro si aquellos vínculos del pasado alcanzan para este presente. Es un dato clave si Bonadio decide avanzar contra Fernández y obliga al Senado a revisar su nombramiento en la AGN, como ahora reclaman, rencorosos, los que fueron dañados por su influencia, cuando era todopoderoso.

 

Oyarbide despliega su rutina de apretado sensible.

 

QUIÉN GANA. Como con la ofensiva que apunta al kirchnerismo pero roza también a grupos empresarios como Techint, Roggio, Isolux y Calcaterra, la pregunta que no termina de responderse es quién se beneficia con los cuadernos de Centeno. No parece ser el gobierno de Cambiemos, que ve cómo el clima de negocios que nunca terminó de madurar como quería Macri ahora se marchita. En el terreno judicial, la ofensiva es contra Fernández y se vale también del histrionismo de Norberto Oyarbide, que cuenta que Javier y Jaime lo agarraban del cogote.

Es parte de un esquema en descomposición, con piezas descontroladas. Oyarbide, el juez más denunciado junto a Bonadio, fue considerado siempre un aliado de la Policía Federal, con algunas discrepancias menores con la ex SIDE que nutría a Fernández. Mientras al auditor se lo consideraba más prolijo en sus operaciones, al juez se lo sindicaba como un líbero que le hacía precio a los involucrados en las causas que le tocaban, según algún criterio esotérico y antojadizo. 

Los amigos que le quedan a Fernández se preguntan por qué no aparecen en esta saga los hermanos Lijo, Ariel y Alfredo, dos blancos recurrentes de Elisa Carrió que colaboraban con la gestión de Julio De Vido. Es un subibaja que está averiado. La intriga carcome a otras buenas conciencias que preguntan por qué no fue citado el Juan Marcelo “Negro” Vargas, ligado a la defensa de Ricardo Echegaray, asesor de la intervención en Río Turbio y también a las órdenes de Baratta.

Gente que operaba en la sombra quedó expuesta y parece hoy empujada hacia la jubilación temprana.


El espía supremo: Lorenzetti se quedó con las escuchas.

 

Por encima de esta cofradía descontrolada, se elevan los jueces de la Corte Suprema, con la responsabilidad de velar por el prestigio de la justicia, una misión imposible, después de una década de Ricardo Lorenzetti como líder supremo.

Según dicen en Comodoro Py, Lorenzetti es de los pocos que aún tienen capacidad de hacerse oír por un Bonadio que está haciendo sus últimos aportes a la jurisprudencia aborigen y ya tiene lista la jubilación.

También con ascendencia sobre el juez Lijo, el rafaelino conserva las escuchas judiciales bajo su órbita, en la llamada Dirección de Asistencia Judicial en Delitos Complejos y Crimen Organizado, la actual Dajudeco, que reemplazó a la Dicom y a la tenebrosa Ojota. Todo un jeroglífico de siglas que esconde el nexo descontrolado que liga a los servicios de inteligencia y el Poder Judicial.

Está todavía para ser tratado por el Congreso el proyecto del senador Rodolfo Urtubey que tiene el apoyo de Cambiemos y salva a Lorenzetti de la ofensiva que insinúo Carrió para que resigne las escuchas. Se trata del reverso opaco de la trama taquillera de los cuadernos, donde un grupo de Ongs nucleadas en la Iniciativa Ciudadana para el Control del Sistema de Inteligencia reclama sin éxito un debate de cara a la sociedad y pide que la Bicameral de Fiscalización de las Actividades de Inteligencia del Congreso deje de ser la escribanía del espionaje, como sucede desde hace dos o tres décadas. 

 

Caos y (des)Control en el subsuelo de la Patria

A la sombra de Comodoro Py se descompone el poder invisible de la era K. El ocaso de Javier Fernández. El final a toda orquesta de Bonadio. Los nuevos clientes de Stiuso. El melodrama de Oyarbide.

Entre el escepticismo y el frío que corre por la espalda. Así perciben en la órbita de Comodoro Py el capítulo de los cuadernos de Oscar Centeno que atenta contra la familia judicial. El Gloriagate no sólo retornó a las figuras encumbradas del ex Frente para la Victoria a la cárcel y alteró los días de un grupo de empresarios que jamás habían tenido que rendir cuentas por sus actos. También metió presión contra el -hasta hace poco- todopoderoso operador judicial Javier Fernández.

Miembro de la Auditoría General de la Nación, que mamó su formación de César Arias y Rodolfo Barra en el amanecer del menemismo, Fernández fue el abogado que aceitó un esquema exitoso durante dos décadas: la savia de los servicios de inteligencia, la forma de los tribunales federales y la difusión en los medios de comunicación. Una artillería siempre funcional al poder de turno, según los conocedores del circuito.

Mencionado en los cuadernos del ex sargento del Ejército como “Javier de Inteligencia”, el Fernández que fue secretario de Barra en la primera Corte menemista tuvo que declarar esta semana ante el juez federal Claudio Bonadio. Cuentan que llegó con una valija llena de documentación con la que intentaba probar su riguroso control sobre la corrupción kirchnerista. Habrá que ver si convenció al magistrado que quedó asociado a la servilleta de Carlos Corach, después de haber sido su secretario de Legal y Técnica.

 

Javier Fernández, ex todopoderoso, hoy a la intemperie.

 

Con orígenes y puntos de contacto en la década del noventa, Bonadio y Fernández parecen haber hecho un recorrido diferente, que hoy los enfrenta. Según le dijo a Letra P un político del peronismo, Fernández era el director de orquesta de la partitura que escribía Antonio Jaime Stiuso durante los años del kirchnerismo. Cuando el ex jefe de Contrainteligencia quebró su prolongada alianza con Néstor y Cristina Kirchner, a fines de 2014, Fernández siguió cumpliendo sus funciones con lealtad. Al menos, eso se desprende de la letra de Centeno que reveló el diario La Nación.

Fernández se siente hoy blanco de una ofensiva que parece haber sido orquestada por un poder equivalente al que él supo ejercer hasta hace no tanto.

-Me parece que es una historia más vinculada a los actuales operadores que a otra cosa- le dijo al periodista Iván Ruiz de La Nación.

¿A quiénes se refiere? ¿Quiénes son los que hoy se paran en el pedestal que antes le pertenecía de manera exclusiva?

 

 

JAVIER DE INTELIGENCIA. Después de aquel debut como secretario de Barra en la Corte menemista, en 2001 Fernández pasó a la Auditoría General de la Nación. Tiene un hermano (Sergio) que es camarista en el estratégico fuero Contencioso Administrativo Federal y otro (Claudio), que fue secretario de la Sala V de la misma Cámara, fue procesado en 2000 por supuestos pedidos de coimas. Sin embargo, cuentan en tribunales que el vínculo entre el camarista y el auditor está quebrado. Siempre fue Javier el que penetró los juzgados federales. En mayo de 2005, el secretario privado de Raúl Granillo Ocampo lo acusó de haber sido el valijero de los famosos sobresueldos.

Travesuras del destino, Fernández recordaba hasta hace no tanto que se inició en política en La Paternal y solía moverse en un Toyota Corolla, como el que manejaba Centeno, el suboficial del Ejército que anotó su nombre y lo mandó a Comodoro Py, por primera vez a dar explicaciones.

En sus cuadernos, el chofer de Roberto Baratta designó a Fernández como Javier de Inteligencia y anotó dos visitas en las que se llevaban y retiraban bolsos de su domicilio, una el 2 de agosto de 2013 y otra el 19 de octubre de 2015. “Lo llevo a Nelson (Lazarte, mano derecha de Baratta) a Andonaegui 2138 1 piso 'B', esta vez lleva otro bolso de dinero y lo entrega una persona que me comenta que normalmente está ebrio”.

 

 

Si es que no estaba al tanto de esa segunda visita, al fantasmal Stiuso no le debe haber agradado que uno de sus hombres siguiera colaborando con el mismo kirchnerismo con el que él había entrado en guerra y lo denunciaba, tardíamente, con las fuerzas que le quedaban. Por eso, hoy están en Comodoro Py los que ven a Fernández como se lo vio en su momento a Alberto Nisman, sin su mayor respaldo.

Según publicó la periodista Candela Ini en La Nación, ese es el domicilio de Javier Fernández, que perteneció a su tío Manuel Menéndez. Menéndez, que falleció en enero de este año, fue socio de Sergio Szpolski en la sociedad Infofin. También formó parte de los directorios de otras empresas de Szpolski. La simbiosis entre Fernández y el ex dueño del Grupo Veintitrés, que bajó la persiana y dejó un tendal de periodistas en la calle a fines de 2015, puede llevar a confusiones. Por amistad y por historia, Fernández también incidía fuerte en la línea editorial de medios y periodistas que gustan presentarse como cruzados anticorrupción, con amplio despliegue y títulos catástrofe.  

Gracias a su amistad con Darío Richarte -otro gran amigo de Fernández-, el radical xeneize que fue subjefe de la SIDE con Fernando De la Rúa y es directivo del club de Daniel Angelici, Szpolski transita hasta hoy los días de Cambiemos a salvo de la guillotina de Comodoro Py. Puede considerarse un privilegiado si se mira la suerte de otros empresarios que se aventuraron a regentear medios de comunicación, como Cristóbal López y Gerardo Ferreyra.

 

Jaime siempre está. En su departamento de grandes clientes atiende a corporaciones poderosas.

 

Richarte y el abogado Darío Pirotta se encargaron de defender a gran parte de los funcionarios kirchneristas durante los años en que Stiuso reportaba al Frente para la Victoria. Claudio Uberti, precisamente, era uno -entre tantos- de los clientes que atendía el hoy vicepresidente tercero de Boca.

Con esos elementos y un rencor personal que incluye cuestiones personales, Bonadio tiene hoy el futuro de Fernández en sus manos. Entre ambos, también hay nexos como el de Miguel Ángel Pichetto, el senador del PJ que comparte con ellos un tronco común.

 

 

EL DEPREDADOR. Desde el año pasado, los compinches Bonadio y Pichetto parecen actuar una comedia dramática que tiene a Cristina Kirchner como protagonista. Mientras uno pide su desafuero, el otro lo niega en defensa de la política, con un juego doble que le permite salvar a su archienemiga de hoy de las garras del depredador que llegó a Comodoro Py.

Bonadio le debe la sobrevida a Pichetto, que en 2005 logró evitar que prosperase el juicio político en su contra en el Consejo de la Magistratura.

Nombrado juez federal de Morón por el menemismo y convertido después por decreto en un soldado del menemismo en Comodoro Py, con apenas seis años de ejercicio como abogado, Bonadio encarna un mundo aparte. La vacante del juez que nació en San Martín se abrió gracias a otra innovación del gobierno de Carlos Menem, que amplió a 12 los juzgados criminales federales. Datos menores que hoy se olvidan con la ilusión de que el magistrado salve a la República del horror de la corrupción kirchnerista. Bonadio le debe la sobrevida a Pichetto, que en 2005 logró evitar que prosperase el juicio político en su contra en el Consejo de la Magistratura con un dictamen de 115 páginas que presentó en la comisión de Disciplina.

¿Fernández está hoy sin ningún respaldo? Es la sensación que queda con un Stiuso que, según dicen, se dedica a trabajar para grupos empresarios poderosos, con un viejo esquema que hoy está en desuso. Las primicias pasan por otro lado. Habrá que ver.

Según pudo saber Letra P, Fernández compartió misiones en el primer kirchnerismo con un colaborador estrecho de Pichetto, Horacio Desimone. No está claro si aquellos vínculos del pasado alcanzan para este presente. Es un dato clave si Bonadio decide avanzar contra Fernández y obliga al Senado a revisar su nombramiento en la AGN, como ahora reclaman, rencorosos, los que fueron dañados por su influencia, cuando era todopoderoso.

 

Oyarbide despliega su rutina de apretado sensible.

 

QUIÉN GANA. Como con la ofensiva que apunta al kirchnerismo pero roza también a grupos empresarios como Techint, Roggio, Isolux y Calcaterra, la pregunta que no termina de responderse es quién se beneficia con los cuadernos de Centeno. No parece ser el gobierno de Cambiemos, que ve cómo el clima de negocios que nunca terminó de madurar como quería Macri ahora se marchita. En el terreno judicial, la ofensiva es contra Fernández y se vale también del histrionismo de Norberto Oyarbide, que cuenta que Javier y Jaime lo agarraban del cogote.

Es parte de un esquema en descomposición, con piezas descontroladas. Oyarbide, el juez más denunciado junto a Bonadio, fue considerado siempre un aliado de la Policía Federal, con algunas discrepancias menores con la ex SIDE que nutría a Fernández. Mientras al auditor se lo consideraba más prolijo en sus operaciones, al juez se lo sindicaba como un líbero que le hacía precio a los involucrados en las causas que le tocaban, según algún criterio esotérico y antojadizo. 

Los amigos que le quedan a Fernández se preguntan por qué no aparecen en esta saga los hermanos Lijo, Ariel y Alfredo, dos blancos recurrentes de Elisa Carrió que colaboraban con la gestión de Julio De Vido. Es un subibaja que está averiado. La intriga carcome a otras buenas conciencias que preguntan por qué no fue citado el Juan Marcelo “Negro” Vargas, ligado a la defensa de Ricardo Echegaray, asesor de la intervención en Río Turbio y también a las órdenes de Baratta.

Gente que operaba en la sombra quedó expuesta y parece hoy empujada hacia la jubilación temprana.


El espía supremo: Lorenzetti se quedó con las escuchas.

 

Por encima de esta cofradía descontrolada, se elevan los jueces de la Corte Suprema, con la responsabilidad de velar por el prestigio de la justicia, una misión imposible, después de una década de Ricardo Lorenzetti como líder supremo.

Según dicen en Comodoro Py, Lorenzetti es de los pocos que aún tienen capacidad de hacerse oír por un Bonadio que está haciendo sus últimos aportes a la jurisprudencia aborigen y ya tiene lista la jubilación.

También con ascendencia sobre el juez Lijo, el rafaelino conserva las escuchas judiciales bajo su órbita, en la llamada Dirección de Asistencia Judicial en Delitos Complejos y Crimen Organizado, la actual Dajudeco, que reemplazó a la Dicom y a la tenebrosa Ojota. Todo un jeroglífico de siglas que esconde el nexo descontrolado que liga a los servicios de inteligencia y el Poder Judicial.

Está todavía para ser tratado por el Congreso el proyecto del senador Rodolfo Urtubey que tiene el apoyo de Cambiemos y salva a Lorenzetti de la ofensiva que insinúo Carrió para que resigne las escuchas. Se trata del reverso opaco de la trama taquillera de los cuadernos, donde un grupo de Ongs nucleadas en la Iniciativa Ciudadana para el Control del Sistema de Inteligencia reclama sin éxito un debate de cara a la sociedad y pide que la Bicameral de Fiscalización de las Actividades de Inteligencia del Congreso deje de ser la escribanía del espionaje, como sucede desde hace dos o tres décadas.