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El prediKador

Sin manchas de corrupción pero identificado con "la pesada herencia", Axel Kicillof se anota por el kirchnerismo puro para 2019. Recorre plazas y pueblos combatiendo el plan económico de Macri.
Por 13/07/2018 14:11

Diez días después de que el kirchnerismo dejara el poder, el 20 de diciembre de 2015, Axel Kicillof atravesó como un ídolo popular una marea de gente en Parque Centenario, se subió a un escenario montado por un grupo de autoconvocados que buscaban la manera de resistir con aguante el comienzo del gobierno de Mauricio Macri y denunció que las primeras medidas económicas de la nueva administración eran “pura y sencillamente un plan de ajuste del Fondo Monetario Internacional”. Faltaban dos años y medio para que Cambiemos anunciara formalmente el acuerdo con el FMI, la imagen del entonces flamante oficialismo estaba en alza y el kirchnerismo mantenía un poder residual maltrecho, minado por denuncias.  

En Caballito, el ex ministro de Economía asumió una nueva tarea, casi evangelizadora: dar la discusión pública en cada plaza, esquina, negocio, pueblo o ciudad contra un plan económico que considera “neoliberal”, implementado por “un gobierno antipopular” que “se disfraza de lo contrario”.Rareza en la historia vernácula entre los que alguna vez ocuparon el Palacio de Hacienda, creció en popularidad y los devotos de Cristina Fernández de Kirchner empezaron a posicionarlo como posible candidato a presidente por ese sector para 2019 en caso de que su conductora decidiera mantenerse al margen de la contienda. “Hay muchos compañeros que están caminando: Agustín Rossi, (Jorge) Coqui Capitanich, Alberto Rodríguez Saá, Axel…”, lo anotó su compañero de bancada Andrés “Cuervo” Larroque.

Kicillof nunca se hizo cargo en público de la definición electoral, pero mantuvo la constancia de sus recorridas aunque, aseguran en su entorno, no con el objetivo puesto en militar su propia candidatura. Cada semana, el ex ministro responde a las decenas de invitaciones que recibe desde distintos puntos del país y, sin más estructura que el acompañamiento de sus colaboradores más estrechos y de algunos dirigentes locales, visita ciudades del interior, la provincia o la Ciudad de Buenos Aires. Habla con comerciantes, empresarios pymes y vecinos y se enfoca en lo que, considera, es su función principal dentro del proyecto colectivo que integra: explicar con paciencia docente, discutir, criticar y denunciar didáctica y casi obsesivamente el plan económico de Macri.

 

 

La tribuna se traslada también a la Cámara de Diputados, donde, desde que ingresó, el mismo 10 de diciembre de 2015, Kicillof se hizo cargo de todos los debates relacionados con el plan económico. Con larguísimas y pacientes intervenciones técnicas – tediosas para algunos colegas, clarificadoras para otros– se propuso dar debate a cada una de las medidas económicas del macrismo. En Diputados se hizo habitual su reclamo por discutir de manera puntillosa las leyes artículo por artículo, en sesiones eternas que se extienden hasta la madrugada, aun cuando su postura no logra torcer el destino de la votación.

Desde su lugar en la cámara, Kicillof construyó puentes con referentes de otros bloques entendidos en materia económica, como Diego Bossio y Marco Lavagna, con quienes trabajó minuciosamente junto a los gobernadores y senadores del bloque de Miguel Ángel Pichetto en la letra chica del Presupuesto 2017, que la mayoría kirchnerista finalmente no acompañó. En la tarea también abrió el diálogo frecuente con los macristas Nicolás Massot y Luciano Laspina.

El peronismo tradicional le reconoció varias veces el esfuerzo. Esa soltura le valió algunos resquemores internos. “Me sorprendió este pibe. Estudia y trabaja mucho”, le comentaba José Luis Gioja a esta cronista en 2016, en pleno debate por el Presupuesto 2017, mientras Kicillof iba y venía por los pasillos de Diputados intentando acercar posiciones sobre la letra chica de la ley. En el salón de Pasos Perdidos, el ex ministro escuchaba el pedido del gobernador de La Rioja, Sergio Casas, para que el kirchnerismo apoyara el reclamo de la devolución del punto de coparticipación perdido por su provincia. Lo acompañaban los diputados del Bloque Justicialista Luis Beder Herrera y Teresita Madera, en ese entonces, recién divorciados del bloque cristinista. “Ahora que dijeron que somos todos unos chorros de mierda, ¿quién te va a poner una firma en un expediente?", apuraba, en broma, el ex ministro al gobernador, que retrucaba con un chiste sobre Macri.

Los caminos del peronismo federal y el kirchnerismo se siguieron bifurcando, pero el diálogo quedó abierto. “Yo me siento con todos”, repite el ex ministro, que mantiene la atención en la situación económica de las provincias y en abril de este año fue el encargado de trabajar la ley anti tarifazo con Lavagna y el pampeano Sergio Ziliotto, de Argentina Federal.

 

 

Kicillof está convencido de que ese trabajo conjunto tiene que evolucionar hacia la unidad para 2019. “Todavía estamos a tiempo de llegar unidos” para enfrentar a Macri, repite ante su mesa chica, aunque reclama que la oposición actúe como tal “pronto, siete por 24, sin hacer pausas al momento de votar” contra lo que considera un rumbo económico "desesperante". "Cada uno tendrá que dar sus explicaciones. Yo no voto leyes neoliberales", resume.  

Pero, pese a la voluntad de acuerdo y las señales de apertura, para los gobernadores y referentes de Argentina Federal, Kicillof es el representante del período del kirchnerismo del que reniegan, una figura indisolublemente ligada a Cristina y a La Cámpora - aunque nunca formó parte de la agrupación de manera orgánica, tiene una estrecha relación con todos sus referentes e ingresó a la gestión pública alzado por su dirigencia- y a un gobierno que, creen, agotó a la sociedad y aún le debe explicaciones sobre su legado.

Kicillof es, justamente, un referente destacado de lo que el Gobierno ha denunciado hasta el hartazgo como “la pesada herencia K”: condujo la economía en el peor período de la era kirchnerista, que incluyó la vigencia del cepo cambiario, una suerte de bebé de Rosemary en la liturgia de Cambiemos. El ex ministro reconoce deudas, aunque no son las que la oposición reclama: piensa, por ejemplo, que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se quedaron cortos en el proceso de industrialización y en la regulación de los servicios públicos.

"El que afanó tiene que ir en cana. En mi caso, yo no me llevé ni una goma de borrar, vivo como vivía, yo no hago política para eso", dijo en 2016 Kicillof en una entrevista que le concedió a TN, cuando todas las balas apuntaban contra el kirchnerismo por los casos de corrupción, en pleno escándalo de los bolsos de José López.

 

 

El ex ministro de Economía descansa sobre esa tranquilidad. Las causas que tiene en la Justicia - ahora espera por el juicio oral en la investigación por la venta de dólar futuro, que llevó adelante el juez federal Claudio Bonadio - no lo relacionan con hechos de corrupción. Eso - y una imagen no asociada al estereotipo peronista clásico - le aporta margen para moverse, aún en el universo antikirchnerista que lo asocia directamente con Cristina.

Aunque su referencia es porteña, Kicillof pone el foco en la provincia de Buenos Aires, donde cree que radica "la mayor estafa del macrismo", que golpea al cinturón industrial, las pymes y los pequeños productores rurales bajo las formas angeladas de María Eugenia Vidal. Para el diputado, el macrismo no tiene versiones buenas. Ni siquiera aquellas que encarnan el ala política, en la que se anota a Emilio Monzó, que más de una vez elogió su trabajo en Diputados. 

 

 

Cristina sigue de cerca sus movimientos y no los veta. En silencio, mientras mantiene la incertidumbre sobre si buscará ser candidata, deja que los referentes del kirchnerismo construyan su propio lugar. Uno de ellos, Rossi, ya confirmó que peleará por la presidencia siempre y cuando Cristina no lo haga. Mientras, el ex ministro de Economía insiste por ahora en su rol de militante político y predicador más técnico y construye rodeado por los referentes de la mesa chica que lo acompañan, en algunos casos, desde los 13 años, cuando empezó a militar en el colegio secundario, y que formaron parte de su gestión: Augusto Costa (ex secretario de Comercio Interior), Cristian Girard (ex presidente de la CNV), Carlos Bianco (ex secretario  de Relaciones Económicas de la Cancillería), Cecilia Nahon (ex embajadora en Estados Unidos) y Pablo López (ex secretario de Finanzas).  

 

 

Kicillof es el interlocutor privilegiado de Cristina en materia económica y uno de los dirigentes con los que mantiene un diálogo más cercano y fluido. La ex presidenta lo escucha y respalda, como cuando era su ministro estrella. El diputado fue uno de los pocos - si no el único - kirchnerista que se animó a contradecir públicamente el operativo clamor para que su líder política fuera candidata a senadora en 2017. "Al Gobierno le resulta muy funcional que esta elección se discuta en términos de si gana Cristina o pierde Cristina. ¿Este es un plebiscito a Cristina Kirchner en 2017? Estamos plebiscitando a Macri", dijo Kicillof en marzo del año pasado, en una entrevista en Radio con Vos. Nunca más lo repitió, pero marcó su diferencia.

 

 

El ex ministro cree que las definiciones sobre las candidaturas presidenciales recién empezarán a asomar en marzo del año próximo y las dará la propia Cristina. Las urgencias, piensa, ahora no pasan por las elecciones, sino por las consecuencias del modelo económico, contra el que milita con obsesión.

El prediKador

Sin manchas de corrupción pero identificado con "la pesada herencia", Axel Kicillof se anota por el kirchnerismo puro para 2019. Recorre plazas y pueblos combatiendo el plan económico de Macri. 

Diez días después de que el kirchnerismo dejara el poder, el 20 de diciembre de 2015, Axel Kicillof atravesó como un ídolo popular una marea de gente en Parque Centenario, se subió a un escenario montado por un grupo de autoconvocados que buscaban la manera de resistir con aguante el comienzo del gobierno de Mauricio Macri y denunció que las primeras medidas económicas de la nueva administración eran “pura y sencillamente un plan de ajuste del Fondo Monetario Internacional”. Faltaban dos años y medio para que Cambiemos anunciara formalmente el acuerdo con el FMI, la imagen del entonces flamante oficialismo estaba en alza y el kirchnerismo mantenía un poder residual maltrecho, minado por denuncias.  

En Caballito, el ex ministro de Economía asumió una nueva tarea, casi evangelizadora: dar la discusión pública en cada plaza, esquina, negocio, pueblo o ciudad contra un plan económico que considera “neoliberal”, implementado por “un gobierno antipopular” que “se disfraza de lo contrario”.Rareza en la historia vernácula entre los que alguna vez ocuparon el Palacio de Hacienda, creció en popularidad y los devotos de Cristina Fernández de Kirchner empezaron a posicionarlo como posible candidato a presidente por ese sector para 2019 en caso de que su conductora decidiera mantenerse al margen de la contienda. “Hay muchos compañeros que están caminando: Agustín Rossi, (Jorge) Coqui Capitanich, Alberto Rodríguez Saá, Axel…”, lo anotó su compañero de bancada Andrés “Cuervo” Larroque.

Kicillof nunca se hizo cargo en público de la definición electoral, pero mantuvo la constancia de sus recorridas aunque, aseguran en su entorno, no con el objetivo puesto en militar su propia candidatura. Cada semana, el ex ministro responde a las decenas de invitaciones que recibe desde distintos puntos del país y, sin más estructura que el acompañamiento de sus colaboradores más estrechos y de algunos dirigentes locales, visita ciudades del interior, la provincia o la Ciudad de Buenos Aires. Habla con comerciantes, empresarios pymes y vecinos y se enfoca en lo que, considera, es su función principal dentro del proyecto colectivo que integra: explicar con paciencia docente, discutir, criticar y denunciar didáctica y casi obsesivamente el plan económico de Macri.

 

 

La tribuna se traslada también a la Cámara de Diputados, donde, desde que ingresó, el mismo 10 de diciembre de 2015, Kicillof se hizo cargo de todos los debates relacionados con el plan económico. Con larguísimas y pacientes intervenciones técnicas – tediosas para algunos colegas, clarificadoras para otros– se propuso dar debate a cada una de las medidas económicas del macrismo. En Diputados se hizo habitual su reclamo por discutir de manera puntillosa las leyes artículo por artículo, en sesiones eternas que se extienden hasta la madrugada, aun cuando su postura no logra torcer el destino de la votación.

Desde su lugar en la cámara, Kicillof construyó puentes con referentes de otros bloques entendidos en materia económica, como Diego Bossio y Marco Lavagna, con quienes trabajó minuciosamente junto a los gobernadores y senadores del bloque de Miguel Ángel Pichetto en la letra chica del Presupuesto 2017, que la mayoría kirchnerista finalmente no acompañó. En la tarea también abrió el diálogo frecuente con los macristas Nicolás Massot y Luciano Laspina.

El peronismo tradicional le reconoció varias veces el esfuerzo. Esa soltura le valió algunos resquemores internos. “Me sorprendió este pibe. Estudia y trabaja mucho”, le comentaba José Luis Gioja a esta cronista en 2016, en pleno debate por el Presupuesto 2017, mientras Kicillof iba y venía por los pasillos de Diputados intentando acercar posiciones sobre la letra chica de la ley. En el salón de Pasos Perdidos, el ex ministro escuchaba el pedido del gobernador de La Rioja, Sergio Casas, para que el kirchnerismo apoyara el reclamo de la devolución del punto de coparticipación perdido por su provincia. Lo acompañaban los diputados del Bloque Justicialista Luis Beder Herrera y Teresita Madera, en ese entonces, recién divorciados del bloque cristinista. “Ahora que dijeron que somos todos unos chorros de mierda, ¿quién te va a poner una firma en un expediente?", apuraba, en broma, el ex ministro al gobernador, que retrucaba con un chiste sobre Macri.

Los caminos del peronismo federal y el kirchnerismo se siguieron bifurcando, pero el diálogo quedó abierto. “Yo me siento con todos”, repite el ex ministro, que mantiene la atención en la situación económica de las provincias y en abril de este año fue el encargado de trabajar la ley anti tarifazo con Lavagna y el pampeano Sergio Ziliotto, de Argentina Federal.

 

 

Kicillof está convencido de que ese trabajo conjunto tiene que evolucionar hacia la unidad para 2019. “Todavía estamos a tiempo de llegar unidos” para enfrentar a Macri, repite ante su mesa chica, aunque reclama que la oposición actúe como tal “pronto, siete por 24, sin hacer pausas al momento de votar” contra lo que considera un rumbo económico "desesperante". "Cada uno tendrá que dar sus explicaciones. Yo no voto leyes neoliberales", resume.  

Pero, pese a la voluntad de acuerdo y las señales de apertura, para los gobernadores y referentes de Argentina Federal, Kicillof es el representante del período del kirchnerismo del que reniegan, una figura indisolublemente ligada a Cristina y a La Cámpora - aunque nunca formó parte de la agrupación de manera orgánica, tiene una estrecha relación con todos sus referentes e ingresó a la gestión pública alzado por su dirigencia- y a un gobierno que, creen, agotó a la sociedad y aún le debe explicaciones sobre su legado.

Kicillof es, justamente, un referente destacado de lo que el Gobierno ha denunciado hasta el hartazgo como “la pesada herencia K”: condujo la economía en el peor período de la era kirchnerista, que incluyó la vigencia del cepo cambiario, una suerte de bebé de Rosemary en la liturgia de Cambiemos. El ex ministro reconoce deudas, aunque no son las que la oposición reclama: piensa, por ejemplo, que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se quedaron cortos en el proceso de industrialización y en la regulación de los servicios públicos.

"El que afanó tiene que ir en cana. En mi caso, yo no me llevé ni una goma de borrar, vivo como vivía, yo no hago política para eso", dijo en 2016 Kicillof en una entrevista que le concedió a TN, cuando todas las balas apuntaban contra el kirchnerismo por los casos de corrupción, en pleno escándalo de los bolsos de José López.

 

 

El ex ministro de Economía descansa sobre esa tranquilidad. Las causas que tiene en la Justicia - ahora espera por el juicio oral en la investigación por la venta de dólar futuro, que llevó adelante el juez federal Claudio Bonadio - no lo relacionan con hechos de corrupción. Eso - y una imagen no asociada al estereotipo peronista clásico - le aporta margen para moverse, aún en el universo antikirchnerista que lo asocia directamente con Cristina.

Aunque su referencia es porteña, Kicillof pone el foco en la provincia de Buenos Aires, donde cree que radica "la mayor estafa del macrismo", que golpea al cinturón industrial, las pymes y los pequeños productores rurales bajo las formas angeladas de María Eugenia Vidal. Para el diputado, el macrismo no tiene versiones buenas. Ni siquiera aquellas que encarnan el ala política, en la que se anota a Emilio Monzó, que más de una vez elogió su trabajo en Diputados. 

 

 

Cristina sigue de cerca sus movimientos y no los veta. En silencio, mientras mantiene la incertidumbre sobre si buscará ser candidata, deja que los referentes del kirchnerismo construyan su propio lugar. Uno de ellos, Rossi, ya confirmó que peleará por la presidencia siempre y cuando Cristina no lo haga. Mientras, el ex ministro de Economía insiste por ahora en su rol de militante político y predicador más técnico y construye rodeado por los referentes de la mesa chica que lo acompañan, en algunos casos, desde los 13 años, cuando empezó a militar en el colegio secundario, y que formaron parte de su gestión: Augusto Costa (ex secretario de Comercio Interior), Cristian Girard (ex presidente de la CNV), Carlos Bianco (ex secretario  de Relaciones Económicas de la Cancillería), Cecilia Nahon (ex embajadora en Estados Unidos) y Pablo López (ex secretario de Finanzas).  

 

 

Kicillof es el interlocutor privilegiado de Cristina en materia económica y uno de los dirigentes con los que mantiene un diálogo más cercano y fluido. La ex presidenta lo escucha y respalda, como cuando era su ministro estrella. El diputado fue uno de los pocos - si no el único - kirchnerista que se animó a contradecir públicamente el operativo clamor para que su líder política fuera candidata a senadora en 2017. "Al Gobierno le resulta muy funcional que esta elección se discuta en términos de si gana Cristina o pierde Cristina. ¿Este es un plebiscito a Cristina Kirchner en 2017? Estamos plebiscitando a Macri", dijo Kicillof en marzo del año pasado, en una entrevista en Radio con Vos. Nunca más lo repitió, pero marcó su diferencia.

 

 

El ex ministro cree que las definiciones sobre las candidaturas presidenciales recién empezarán a asomar en marzo del año próximo y las dará la propia Cristina. Las urgencias, piensa, ahora no pasan por las elecciones, sino por las consecuencias del modelo económico, contra el que milita con obsesión.