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El peronismo en su laberinto

CFK contra su techo y tapón de nuevos liderazgos. Randazzo reducido a un testimonio irrisorio. Massa en un limbo y gobernadores sin relieve. La renovación, por ahora, no tiene nombre.
Por 15/08/2017 10:57

La buena performance nacional del frente gobernante Cambiemos -con empate técnico en Buenos Aires- en las elecciones primarias del domingo es, a la vez o fundamentalmente, una derrota estruendosa del peronismo que pone a la fuerza política más poderosa de los últimos 70 años de historia argentina en una crisis que no permite presagiar, a menos que mediara un desastre de proporciones impensables en el contexto actual del país, nada distinto a la continuidad del proyecto macrista más allá de 2019.

Tiene dos problemas de difícil resolución, el peronismo:

  1. Su figura más taquillera es al mismo tiempo –según confirmaron las urnas este domingo- la más resistida por la mayoría de los bonaerenses, lo que supone una muestra representativa del sentir nacional. Eso apuntan los peronistas que quieren jubilar a Cristina Fernández. Aseguran que su participación en el proceso electoral nacionalizó la batalla bonaerense y, en ese trámite, contagió de antiperonismo a los electorados de otras provincias. Favoreció, así, triunfos impensados de Cambiemos, como lo que ocurrió en Entre Ríos, La Pampa, Neuquén y San Luis.
  1. Por fuera del territorio bonaerense, en el resto de la geografía peronista, no se recortan referentes que, al menos hoy, puedan reemplazar a la ex presidenta como líderes con peso específico suficiente para encolumnar al conjunto del justicialismo en el proceso de renovación que –va quedando claro- resulta impostergable. No está entre los gobernadores ese hombre o esa mujer. Y se impone el interrogante: sin CFK en la cancha, ¿son Sergio Massa y Florencio Randazzo dirigentes capaces de convertirse en líderes de la reconstrucción?

 

 

A Cristina, el grueso del peronismo bonaerense, más unido por el espanto a una nueva derrota y por la mezquindad de la supervivencia en los pagos chicos que por el amor a La (ex) Jefa, quisieron exprimirle las últimas gotas de un jugo que se sabía escaso. Quisieron, en la desesperación, empujar hacia arriba un techo que se advertía tan firme como la popularidad fresca, juvenil de María Eugenia Vidal, la adversaria principal en el combate de fondo de estas primarias que, según admiten los propios operadores del kirchnerismo, adelantaron octubre a agosto. Punto más, punto menos, CFK podría –hay que esperar el escrutinio definitivo- levantar una cosecha incluso más pobre que la de Aníbal Fernández –el peor candidato a gobernador del peronismo desde Herminio Iglesias en el 83- en 2015.

¿Le queda margen a Cristina para revertir esta performance dentro de dos meses? En el búnker de Arsenal algunos ensayaban una hipótesis optimista: decían que, como jugó en las PASO el voto últil anti K que se esperaba para octubre, Cambiemos encontró su techo en las urnas de este domingo y queda un inmenso reservorio de votos opositores dispersos que podrían confluir en Unidad Ciudadana. De hecho, como informó Letra P este lunes, el plan K para romper la paridad es terminar de archivar la mística jotapeísta de los tiempos de gloria y salir a disputar, justamente, el apoyo del electorado que se volcó a terceras opciones, pero desde la vereda de enfrente: dirá que UC es la única boleta capaz de hacer rendir el voto del descontento. En el macrismo refutaban esa tesis, ya desde la noche de Costa Salguero, con el argumento conocido: el techo de Cristina es de Cristina y no se va a mover.

En campamentos peronistas no kirchneristas, el traspié de la ex presidenta -poco va a cambiar, en términos de liderazgo, el veredicto del recuento definitivo- era esperado y deseado y, por lo tanto, se celebraba en la noche del domingo, cuando el empate todavía era derrota. Porque un triunfo claro de CFK en la provincia de Buenos Aires hubiera obturado la disputa por la conducción del peronismo. Randazzistas y massistas admitían por lo bajo que necesitaban una derrota –o un empate o, incluso, un triunfo ajustado- de la ex mandataria para avanzar en sus planes renovadores. Y la liga de gobernadores resurgió en las últimas semanas: también en voz baja, admitían que los unía el objetivo de ponerle un dique a un eventual nuevo proyecto presidencialista de CFK, aunque las urnas tampoco los dejó bien parados.

 

 

Ahora, si bien hay que esperar a octubre para que el cuadro gane nitidez, la pelota podría quedar dividida: es decir, podría haber disputa entre el kirchnerismo que esté dispuesto a desafiar la fecha de vencimiento y ese peronismo no K. El punto es qué pueden hacer con ella los principales caciques de ese universo.

Massa volvió a apostar a la tercera posición –buscó lavar más todavía el ADN peronista de su Frente Renovador con la alianza que improvisó con el progresismo perdedor de Margarita Stolbizer- y volvió a fracasar: la polarización se llevó casi el 70% de los votos y él se hundió en un (profundísimo) tercer puesto con impacto meramente parlamentario. Ahora, como también informó este medio, volverá a Perón para que la lucha por el voto útil no termine, incluso, limando sus estructuras en el Congreso y despojándolo de su condición de árbitro de la dinámica legislativa.

Randazzo, en tanto, logró poner al peronismo bonaerense en estado deliberativo hasta el 24 de junio, cuando quedó relegado a una mínima expresión que se tradujo en lo que se esperaba: un testimonio irrisorio de cuatro o cinco puntos. ¿Qué tendría que ocurrir para que, desde ese fondo de olla, el ex ministro surgiera como el líder de la renovación? A priori, un milagro.

En la Argentina profunda, un puñado de caciques revalidó títulos (el sanjuanino Uñac, el chaqueño Peppo, el tucumano Manzur, la catamerqueña Corpacci), pero el único que asoma con perfil nacional es el salteño Juan Manuel Urtubey, que debería hacer una pirueta circense espectacular para ofrecerse como jefe de la oposición porque ha hecho todo para ganarse el título del gobernador más macrista del peronismo.

Como siempre, para hablar de peronismo hay que volver a Perón: contra el relato de la construcción colectiva de la política, el General decía –según recuerda un ex ministro de Cristina que gusta de leerlo e interpretarlo- que los que acumulan son los líderes. Justamente, de lo que adolece fuerte el movimiento nacional.

¿Y La Cámpora? Se ganó el cierre. La imagen de Cristina ciudadana, que logró alentar en propios y extraños la ilusión de un hallazgo de la estrategia electoral, no alcanzó.

Los resultados del domingo terminaron de revelar una verdad que abona la tesis de la fecha de vencimiento K: kirchnerismo es Cristina y nada más. No hay ningún dirigente cristinista que le sume o le acerque nada a la ex presidenta, que debe volver a recostarse en los barones del conurbano tan vapuleados por la juventud camporista y ya opera como un tapón que bloquea la emergencia de liderazgos que puedan sucederla, como pasó con Raúl Alfonsín en el radicalismo de los noventas.

 

 

La agrupación de Máximo Kirchner, que predicó la unidad en una pose de horizontalismo presuntamente nacida de la asunción de los errores de 2015, demostró que no puede con su genio. Se colgó de las faldas de Cristina y naufragó en todas las batallas que pretendió dar al ras del suelo de la provincia profunda, proscribiendo listas ajenas en beneficio de caciquejos ineficientes, con el caso más grosero de la Quinta sección electoral (Mar de Plata), donde la ex presidenta se lanzó el 14 de julio y un mes después perdió por 28 puntos de la mano de los soldados del fundador de la organización. Tan careciente de penetración territorial fue ese armado que la diferencia entre la lista de precandidatos a senadores nacionales y la de concejales es de 22.777 votos.

El problema se entiende mejor en un ejercicio simple de contrastes: en Quilmes y en Berisso, donde Unidad Ciudadana aceptó la disputa de varias listas, no solo resolvió la participación de todos los sectores sino que, además, sumó en positivo y superó a la lista local del oficialismo municipal, en ambos en manos de Cambiemos.

En definitiva: agonizante antes de nacer, la mayoría ciudadana de Unidad Ciudadana quedó reducida a un eslogan. De todos modos, se sabe: desde mediados del siglo XX, en la Argentina pasan todos y queda el peronismo. Aunque, esta vez, perdido en un callejón que no le ofrece salida y frente a la novedad de un proyecto de derecha que no gana con golpes militares sino a fuerza de votos en las urnas.