Desde el escándalo que causó en Brasil al irrumpir en la campaña electoral a favor de Flávio Bolsonaro hasta la cadena nacional en la que anoche sacudió duramente a la oposición para justificar su decisión de castrar al Banco Central, llama la atención el tenor cada vez más agresivo de las intervenciones de Javier Milei. Detrás de eso asoma un problema central del pensamiento del Presidente, incluso –o muy especialmente– desde su perspectiva de extrema derecha: el lugar del Estado.
A no engañarse: esos gestos –¿casi?– violentos no responden a los arrebatos emocionales que algunos, entre ellos la ahora preocupada Victoria Villarruel, recién descubren, sino a una estrategia electoral bien calculada. Lo interesante es lo que la misma demuestra.
Milei, un oxímoron andante en tanto jefe de Estado anarcocapitalista, se presenta como "el topo que vino a destruir al Estado desde adentro", pero para cumplir ese cometido necesita un descomunal trabajo del propio Estado, cosa que se observa en la infatigable labor desreguladora de Federico Sturzenegger.
Así, el Estado se empeña a fondo para esterilizarse y relajar todas sus atribuciones vis-à-vis el mercado en general y los segmentos del Círculo Rojo mejor servidos por el modelo en particular. La inocencia fiscal –ese blanqueo permanente que le venda los ojos y le ata las manos a ARCA– y el anuncio de la reforma de la Carta Orgánica del Central son excelentes ejemplos de eso.
El problema surge cuando ciertas prácticas quedan desnudas frente a una opinión pública que lo votó para que resolviera el drama eterno de la inflación, no para realizar un experimento estaticida.
En ese punto, el Dr. Jekyll libertario con posgrado honoris causa en la Universidad ESEADE se fusiona con el Mr. Hyde que sobreactúa vocación estatal y nacional.
Milei, ¿Jekyll o Hyde?
¿A qué Milei hay que creerle? ¿Al que mostró un largo desprecio por la causa Malvinas o al que ahora parece descubrirla de boquilla? ¿Al que pretende legitimar la venta de tierras sin límites –ni ventajas argumentadas– a extranjeros o al que denuncia la "campaña antiargentina" con fuerte hedor procesista? ¿Al que se declara liberal o al que, de modo inconstitucional y autoritario, emite un decreto sin necesidad ni urgencia (DNU) para impedir el ingreso al país a los extranjeros que alguien –no se sabe quién– le haya detectado la difusión de "mensajes de odio, discriminación y/o violencia contra el pueblo argentino"? ¿Al Jekyll tencocrático o al Hyde autoritario?
Javier Milei y Javier Milei. (Imagen generada con inteligencia artificial).
Esto último es "humo libertario para la batalla cultural", sntenció Sebastián Iñurrieta en una nota publicada en Letra P.
El problema es que el anarcocapitalista que pone al Estado a trabajar en su propio desmonte se lanza con iniciativas que caen mal en un contexto de precampaña presidencial.
En otro artículo publicado en nuestro sitio, Susana Maidana, recoge y analiza una encuesta de Zuban Córdoba que muestra que casi "ocho de cada diez personas rechazan eliminar los límites a la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos y empresas extranjeras".
Mientras, tras su largo historial de zigzagueos en torno a la cuestión Malvinas, que incluyó una confesada admiración por Margaret Thatcher y que alguna vez lo puso al filo de reconocerles a los kelpers el derecho a la autodeterminación, terminó en una posición incómoda cuando jugadores de la Selección nacional exhibieron una bandera reivindicatoria de la causa tras el triunfo ante Inglaterra en el último Mundial.
Antes de eso, había embestido contra el "patrioterismo", su vocero Adrián Ravier había hablado de "bananerismo", el canciller Pablo Quirno había meloneado la protesta por la incursión de un buque militar británico en aguas nacionales y la ministra Alejandra Monteoliva había aceptado convertirse en vocera de la FIFA para justificar la prohibición de entrar al estadio con banderas que mostraran "el mapita" de las islas.
También en eso le falló el termómetro, según registró en caliente la consultora Ad Hoc.
Por un lado, el banderazo pegó fuerte en el ánimo social.
Por el otro, el Gobierno quedó mal ubicado en una conversación que se hizo muy intensa en las redes donde –atención a esto– la extrema derecha pierde cada vez más seguido la centralidad que supo construir.
El Gobierno toma nota del impacto de algunos de sus dichos y hechos y se cubre de camuflaje nacional.
Invierno sin abrigo
La praxis del gobierno que fuerza al Estado a que se suicide va de la mano del desinterés por la causa Malvinas, del ingreso irrestricto del capital internacional –incluso para quedarse, si fuera el caso, con media Argentina– y hasta de la entronización de Kristalina Georgieva como una virtual jefa de Gabinete. Lo inconveniente es la desnudez en el invierno de la economía inclemente y las encuestas adversas.
En este punto irrumpen las necesidades de campaña y hasta las sobreactuaciones.
Así, desde lo más alto de la cúpula del Gobierno se lanzan mensajes de odio, xenofobia y racismo, lo que, según el DNU de Milei, ameritaría que medio mundo le cerrara las puertas a su emisor.
Además, el mandatario viene de causar un estrago diplomático nada menos que con Brasil, que incluyó injurias y calumnias contra Luiz Inácio Lula da Silva, el juez del Supremo Alexandre de Moraes y la propia idea de democracia, gestos que, si su DNU rigiera en el país hermano, habrían merecido una expulsión instantánea y deshonrosa.
A eso, se suma el pretendido –y frustrado– aprovechamiento de la imagen de la Selección, el tachín tachín de la "campaña antiargentina" y el DNU mencionado.
En definitiva, el problema de Milei es su insuficiente concepción del Estado, lo que lo convierte en un bicho raro incluso en el ecosistema de la extrema derecha regional que pretende juntar, incluso con la organización de alguna cumbre en poco tiempo, para entregarla en bandeja a las ambiciones de Donald Trump.
En Chile manda José Antonio Kast, un pinochetista de larga data que puede ser cualquier cosa menos un anarquista.
En Colombia, se apresta a asumir Abelardo de la Espriella, que ganó las elecciones prometiendo más y no menos Estado en un país que necesita asegurar su territorio y desmontar el control de amplias porciones del mismo que detentan grupos rebeldes y mafiosos.
En Perú, Keiko Fujimori debutó el martes anunciando un programa de derecha populista, con mucho gasto en asistencia social y con mucha mano dura. Estado por todos lados.
Es más, la hija de su padre sorprendió al anunciar en su discurso inaugural que no dudará en declarar el estado de emergencia en diversos puntos de Perú y en poner a cargo de la seguridad interior a las Fuerzas Armadas.
Para ella, ese es el modo de convertir a su país en el miembro más nuevo del Escudo de las Américas, la iniciativa de Trump para coordinar la acción de los gobiernos ultras del continente contra el crimen organizado, en particular haciendo uso de los militares para tareas de seguridad doméstica.
La Argentina de Milei, claro, es también miembro del Escudo y es claro el avance hacia un rol mayor de las Fuerzas Armadas en tareas que, sordamente, estas resisten.
La rareza del General Ancap es total dentro de la extrema derecha continental. ¿La campaña electoral animará a Milei a quitarse ese disfraz estrafalario? ¿Lo haría sólo por un rato o como parte de una "evolución" más duradera, que podría ponerlo más a tono con los ultras de los que se rodea?
Que tengas un excelente fin de semana. Hasta el lunes.