El comienzo de una ofensiva regional de Javier Milei en un acto de la extrema derecha de Brasil expuso algo más profundo que una preferencia ideológica, un acto de injerencia, el rol de articulador de los designios de Donald Trump en la región y hasta un tiro en el pie de los intereses del país. Revela, con mayor claridad que nunca, una voluntad de socavar las normas de la democracia en Sudamérica y, cabe la sospecha, en la propia Argentina.
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La participación del Presidente, el sábado en el estadio Arena Pacaembú de San Pablo, en el lanzamiento del presidenciable Flávio Bolsonaro –hijo de Jair Bolsonaro, quien purga 27 años de cárcel e inhabilitación por el intento de golpe de enero de 2023– dejó elementos asombrosos. La traslación de la motosierra argentina a unas tijeras gigantes en manos del ultra brasileño resultó un símbolo expresivo de afinidades más hondas.
Lo de Milei fue una colección de gestos desaforados, desbordes retóricos e insultos a las máximas autoridades de un Estado que es un socio crucial de la Argentina. Y sobrevolando todo eso, una chabacanería nunca vista.
Rock, brutalidad y pantalones caídos.
El objetivo de causar una crisis diplomática
Capturado por un estado de ánimo descontrolado que llamó la atención incluso dentro de sus parámetros conocidos, Milei tildó a "Don Lula" de "ladrón","presidiario" y "basura socialista".
También llamó a "frenarlo" votando a Bolsonaro hijo, pero ninguna cita le hace justicia a lo que se percibe al ver y escuchar el tono general de sus gritos, arengas y saltos en el escenario. Luego, lo injuriante, llegó insólitamente en el marco de un discurso leído.
Para más, se refirió al juez del Supremo Tribunal Federal (STF) Alexandre de Moraes como "basura calva". Lástima que corrigió lo que inicialmente había leído mal: aunque lo de "basura" ya era irreparable, lo de "calma" parecía menos lesivo que la enmienda que le siguió.
El magistrado, bestia negra de la extrema derecha brasileña, le había impedido visitar al expresidente –"mi gran amigo", dijo Milei– en el marco del endurecimiento de las restricciones vigentes en el arresto domiciliario por recientes violaciones a las condiciones estipuladas.
Esas interdicciones le impiden al convicto realizar actos proselitistas, lo que llevó a su Partido Liberal a proyectar durante el acto un "discurso de Bolsonaro" hecho con inteligencia artificial.
Milei se sintió especialmente irritado al recordar que Alberto Fernández consiguió visitar a Luiz Inácio Lula da Silva en su tiempo de reclusión y que este, a su vez, hizo lo propio con Cristina Fernández de Kirchner en San José 1111.
Más allá de declaraciones indignadas de miembros del gobierno brasileño –el secretario general de la Presidencia, Guilherme Boulos, llamó "imbécil" al argentino–, la primera reacción oficial de Lula da Silva consistió ayer en el llamado a consultas al embajador en Buenos Aires Julio Bitelli. En Itamaraty se habla de "la mayor crisis bilateral en décadas".
En tanto, el presidente del STF, Edson Fachin, emitió un comunicado en el que calificó los dichos del Presidente sobre De Moraes como "una referencia irrespetuosa hacia un magistrado del máximo tribunal del país, hecha en suelo brasileño" y "lamentó" que esas declaraciones sean "incompatibles con la civilidad que debe caracterizar las relaciones entre Estados".
Cancillería, un barco a la deriva
Asincronías ideológicas aparte, Brasil es el principal socio comercial de la Argentina y, si se mira la historia más allá de esta coyuntura de siniestro frontal, el aliado más necesario para el país ante el mundo.
Que Karina Milei haya acompañado, aplaudido y festejado los excesos de su hermano no llama la atención. Sí, en cambio, que haya hecho lo propio el canciller Pablo Quirno, quien incumplió sus deberes al sumarse a una algarada que jamás debió ocurrir y que le provoca al país una crisis diplomática por motivaciones estrictamente personales y partidistas.
El desasosiego se extendió en el personal jerárquico de la Cancillería, neutralizado por la autocensura: el interés nacional ha quedado definitivamente supeditado a la estrategia continental de la alt right.
Como sea, ¿tanto empeño servirá para algo? Cualquiera que conozca Brasil podría suponer que, de mínima, las extravagancias de Milei no mueven la aguja. Y que, de máxima, excitar de ese modo el nacionalismo local puede ser una pésima idea.
Ayer, tras su presentación en la Rural, Milei habló con Radio Mitre para convertir el escándalo en algo todavía más grande al acusar a Lula da Silva de haber financiado "el 25%" de lo que denominó, con terminología procesista, "campaña antiargentina".
Por si le quedaba algún puente por dinamitar, fue por más al sumar al gobierno de Claudia Sheinbaum y al Partido Demócrata de Estados Unidos en una conspiración que, cree, está hecha en su contra.
Hay, con todo, un trasfondo todavía más preocupante.
La ofensiva sudamericana de Milei tiene otras estaciones, todas ideológicamente amigables, después de la de Brasil.
Mañana estará en Perú para asistir a la jura de Keiko Fujimori, el 7 de agosto acudirá a Colombia para acompañar la de Abelardo de la Espriella y, finalmente, pasará por Ecuador para entrevistarse con Daniel Noboa.
El prestigioso medio británico The Guardian–¡ups, es de izquierda!– dio en el clavo al retratar a Milei como alguien que busca erigirse en una suerte de coordinador de las extremas derechas regionales, pero que no deja de ser "un representante de Trump". Un simple subordinado.
Además, contrastó la serie de triunfos ultras en el barrio con su momento de "popularidad declinante".
Golpismo de nuevo cuño
Si Milei es un peón de Trump, ¿qué pretende el mandante? Las tensiones con Brasil, que elegirá presidente en la doble cita electoral del 4 y el 25 de octubre, concentran las respuestas.
El gobierno de Lula da Silva les negó la semana pasada el visado de ingreso a dos diplomáticos estadounidenses, Riley M. Barnes y Samuel Samson.
"Las autoridades brasileñas señalaron que las solicitudes de visados se produjeron tras un encuentro en el que políticos brasileños se reunieron con diplomáticos para plantear dudas sobre las máquinas de votación electrónica. El gobierno consideró que la visita –que tendría lugar en este contexto electoral– constituía un intento de politizar el tema y decidió denegar los visados", dijo la oficial Agência Brasil.
"A quien quiera venir de afuera a interferir en las elecciones brasileñas: son los 157 millones de votantes quienes deciden el destino de este país. Brasil es soberano. Este país es nuestro y nadie debe inmiscuirse aquí", respondió el propio Lula da Silva.
Aquella sospecha fue confirmada por un artículo de The Washington Post, según el cual la misión abortada buscaba "sembrar dudas sobre la integridad del sistema de votación" con urnas electrónicas vigente desde 1996 y que habilitó todo tipo de alternancias. El Departamento de Estado, claro, alegó inocencia, y una simple y constructiva curiosidad.
El mismo nunca fue sospechado, hasta que Bolsonaro pretendió hacerlo para justificar el intento de golpe que terminó en el asalto a las sedes de los tres poderes en Brasilia el 8 de enero de 2023, siguiendo, calcado, el guion trazado por Trump en su propia intentona del 6 de enero 2021.
Esos episodios marcaron sendos hitos de un golpismo de nuevo cuño, inicialmente fracasado, pero de potencial más peligroso en el contexto actual de auge ultra y cuando el presidente republicano, aun golpeado como viene, todavía no está de salida.
Trump y Brasil: ¿acoso y derribo?
El acoso de Trump a la democracia brasileña viene de largo.
El 2 de abril del año pasado, el "liberation day" de los aranceles urbi et orbi, a Brasil le tocó una imposición del 10%.
En julio, los aranceles a los productos brasileños fueron elevados al 50% y se estableció el bloqueo de activos y la cancelación del visado a De Moraes por la condena a Bolsonaro.
En septiembre, la sanción al magistrado se hizo extensiva a su esposa, Viviane Barci, al titular de la Advocacia-Geral da União –equivalente a la Procuración del Tesoro de nuestro país– Jorge Messias, y a otros magistrados. Esas medidas, incluso las arancelarias más gravosas, fueron revertidas en diciembre, tras intensas gestiones diplomáticas y una cumbre bilateral.
Esas medidas fueron producto directo del lobby practicado en Washington por Eduardo Bolsonaro, el hijo menor de Jair, quien abandonó en aras de ese proyecto su banca de diputado. Esto le valió, a su vez, una condena por extorsión en el STF que evade por mantenerse en rebeldía y refugiado en Estados Unidos.
Finalmente, el último 15 de julio, la Casa Blanca anunció la aplicación de un nuevo arancel punitivo del 25% a Brasil alegando comercio desleal y que la gratuidad y masividad del sistema de pagos electrónicos Pix deja fuera de ese mercado a los gigantes norteamericanos del sector.
El sentido de la marea
Tras los éxitos ultras en Perú y Colombia, y mientras el mundo espera el veredicto de las midterms estadounidenses del 3 de noviembre, los comicios en Brasil son la madre de todas las batallas de la extrema derecha continental.
Una victoria de Lula da Silva, quien lleva una ventaja de alrededor de seis puntos en las encuestas que plantean un escenario de ballottage, podría contener la marea derechista y, acaso, establecer un precedente para la gran cita subsiguente: la argentina de 2027.
Con los resultados recientes en Bolivia, Perú y Colombia; con Venezuela subyugada y, por orden de Trump, sin comicios a la vista que pongan en peligro al chavismo residual de Delcy Rodríguez; con Cuba amenazada en lo inmediato, y con Nicaragua en la mira, Brasil pasa a ser fundamental.
A sus plantas rendido un León
En ese contexto, que Milei actúe como peón de Trump, que les junte las cabezas al resto de sus homólogos "del palo" y que nadie investigue las denuncias del Hondurasgate sobre una presunta red de financiamiento ilegal de fake news en el hemisferio llama a la inquietud.
Si a eso se suman el acoso norteamericano –con cabildeo del clan Bolsonaro– al gobierno y el Poder Judicial de Brasil, y la injerencia de Milei –muy superior a otras del pasado, incluidos los pronunciamientos a ambos lados de la frontera a favor de presidenciables afines–, el cuadro se sigue completando.
Eduardo, Jair, Flávio y Carlos Bolsonaro: los buenos muchachos del clan ultra de Brasil.
Hay, sin embargo, algo todavía más preocupante. Que el Presidente niegue el golpe bolsonarista de 2023, asuma como propia la narrativa de la "persecución judicial" a Jair Bolsonaro, avale las denuncias infundadas de "fraude" y aluda a una presunta "dictadura del socialismo" lulista lo pone más allá de la línea que demarca las reglas del juego democrático.
En las mencionadas declaraciones a Radio Mitre, Milei señaló que "acá no hubo ningún problema" con la visita de Lula da Silva a CFK, pero "a mí no me dejaron visitar a mi amigo, que además está injustamente preso", completó. La narrativa de la persecución y la tiranía, condensadas.
Las preguntas se imponen:
¿Hasta dónde estaría dispuesto a ir el argentino si los comicios brasileños confirmaran lo que anticipan todas las encuestas?