NUEVO (DES)ORDEN MUNDIAL

Un año del segundo Donald Trump: las marcas indelebles de un huracán

El jefe de la Casa Blanca desquicia la política internacional. Del aislacionismo al guerrerismo. Sumisión de América Latina, golpe a la OTAN y caos en casa.

Tras haber pasado cuatro años en la Casa Blanca entre el 20 de enero de 2017 e igual fecha de 2021, a Donald Trump le bastaron 12 meses de su segundo mandato, que se cumplen este martes, para alterar drásticamente el curso de la política estadounidense e internacional. Ya nada será como fue.

Su obsesión por el declive relativo de los Estados Unidos en relación con China, la potencia emergente, es la misma, pero las herramientas con las que pretende dar vuelta el subibaja de la historia son diferentes: antes se valió de un cierto aislacionismo, por el que Washington recortó su costoso rol de gendarme mundial; ahora, muta hacia un guerrerismo extremo y, acaso, crepuscular.

El segundo Donald Trump: una sorprendente deriva autoritaria

El hombre también es el mismo en sus pulsiones autoritarias. El final del Trump inicial anticipó el inicio del 2.0. El presidente que se despidió con un intento de golpe de Estado el 6 de enero de 2021, cuando apretó al establishment político y legal del país para que revirtiera el triunfo electoral de Joe Biden, señaló en su segunda campaña que iba "a gobernar como un dictador desde el día uno". No mintió.

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El asalto al Capitolio alentado por Donald Trump el 6 de enero de 2021.

El asalto al Capitolio alentado por Donald Trump el 6 de enero de 2021.

Construyó ese puente autoritario, precedente para sus groupies de todo el mundo –ya imitado por Jair Bolsonaro en enero de 2023–, apenas se sentó nuevamente en la Oficina Oval. El mismo 20 de enero de 2025 firmó unos 1500 indultos y 14 conmutaciones de penas –entre ellas, las de los líderes de los grupos extremistas Oath Keepers y Proud Boys– en favor de quienes siguieron sus arengas y coparon violentamente el Capitolio.

Un presente de novela

Si hubiese que recomendar solamente dos libros para resumir el momento, habría que señalar Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, e Ingenieros del caos, de Giuliano da Empoli. El segundo trumpismo parece un trabajo práctico sobre ambos.

El primero de esos textos explica que las democracias ya no colapsan a través de golpes clásicos, sino en base a una erosión paulatina, hecha de intolerancia, desconocimiento de los límites institucionales, ataques a la prensa y las oposiciones, y concentración excesiva del poder.

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El segundo indica que el auge de los populismos de derecha actuales responden, más allá de sus rasgos ideológicos, a la acción de estrategas que se valen de datos y algoritmos para fragmentar a la sociedad, maximizar la ira y debilitar la política tradicional, convirtiendo el caos y la desinformación en modos de construir poder.

Lo dicho no supone la idealización de una democracia como la estadounidense, que, como todas, tiene luces y sombras. Es la constatación de la fragilidad de una trama de intereses sectoriales e institucionales que se creía más resiliente.

Muchos de los anuncios y las políticas de Trump ilustran su deriva. El listado sería inacabable; lo que sigue son apenas mojones relevantes para bosquejar un balance del año en que vivimos en peligro.

Donald Trump, del aislacionismo al guerrerismo

En el plano externo pasó el Liberation Day de los aranceles punitivos urbi et orbi, que pusieron a China en la mira, pero afectaron por igual a aliados y rivales. Esto mejoró la recaudación impositiva y redujo el déficit comercial, pero no detuvo ni por asomo la maquinaria productiva de la potencia asiática, que cerró 2025 con un superávit de comercio sin precedentes al reemplazar lo perdido en el mercado estadounidense por una inserción global más profunda y diversificada. Un tiro por la culata.

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También dio a conocer una nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que reflota la Doctrina Monroe de 1823 y le adosa el Corolario Trump, reversión del Big stick del Corolario Roosevelt de 1904, solo que, en vez de poner la mira en las potencias europeas de antaño, hoy lo hace en China.

Confesión de parte, la llamada Doctrina Donroe renuncia, en principio, a los grandes objetivos globales y busca reconstruir el poder estadounidense desde su fortalecimiento en el "patio trasero", cuyos recursos estratégicos reclama.

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Donald Trump gobierna a bastonazos (viñeta subida a Twitter por la cuenta paraoficial @TrumpWarRoom).

Donald Trump gobierna a bastonazos (viñeta subida a Twitter por la cuenta paraoficial @TrumpWarRoom).

El republicano cesó o suspendió la participación de Estados Unidos en 66 organizaciones y foros multilaterales, entre ellas la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Acuerdo de París sobre cambio climático y la Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Coronación de un crescendo de sanciones y bloqueos, apostó, sin permiso del Congreso, una poderosa flota en el mar Caribe y ordenó ataques militares a lanchas que supuestamente trasladaban drogas en esas aguas y, al otro lado de América Central, en el océano Pacífico. Esas operaciones, verdaderas condenas a muerte sumarias y crímenes de una guerra no declarada, habrían provocado unas 115 muertes y al menos un episodio de "segundo ataque" contra náufragos inermes.

El paso siguiente fue el bombardeo de Venezuela –el primero perpetrado por Estados Unidos en Sudamérica– y el secuestro de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, a quienes sometió a una corte de Nueva York por cargos de narcoterrorismo y otros. El restablecimiento de la democracia no es ni siquiera una narrativa justificatoria.

El takeover lo envalentonó tanto que sumó a su escrutinio y amenaza permanente a Cuba, México y Colombia, por ahora.

Hoy es el turno de la presión sobre el territorio danés de Groenlandia, que dice querer comprar o conquistar para controlar el Ártico y despejar esa región de la presencia de China y Rusia.

Para eso acaba de anunciar nuevos aranceles punitivos a ocho países europeos, entre ellos Dinamarca, grandes jugadores como Alemania y Francia y un aliado de hierro como el Reino Unido. Así puso a la OTAN al filo de la ruptura y dejó el Este de Europa a merced de Vladímir Putin.

El Premio Nobel, una obsesión de Donald Trump

En un hecho insólito, este lunes le hizo llegar una carta a Jonas Gahr Store, primer ministro de Noruega, al que le dijo que la decisión de ese país –otro de los sancionados– de no concederle el Premio Nobel de la Paz lo libera de ataduras para apropiarse de Groenlandia. La psiquiatría deviene ciencia auxiliar de la política.

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No le bastó con que María Corina Machado le regalara su medalla como un cheque al portador, un intento de ser tenida en cuenta para la transición en Venezuela. El hombre cree merecerlo por haber detenido "más de ocho guerras", desmesura que mezcla conflictos reales y potenciales, así como acuerdos negociados antes de su regreso al poder. En cambio, sí logró frenarle la mano a Benjamín Netanyahu en Gaza, cuando al israelí acusado de crímenes de guerra y de lesa humanidad casi no le quedaron casas, hospitales y vidas por destruir.

Sin embargo, los terroristas de Hamás siguen rigiendo ese enclave palestino y una solución de fondo parece depender de la vaporosa acción de la futura Junta de la Paz, una suerte de ONU paralela que lo tendría como líder con poder de veto y a la que ha invitado a unos 60 mandatarios, entre ellos Javier Milei, Emmanuel Macron –dada la crisis de la OTAN, ya rechazó el convite–, Luiz Inácio Lula da Silva, Putin y el dictador bielorruso Alexandr Lukashenko.

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La membresía definitiva a la Junta costaría mil millones de dólares por país, fondo que administraría el propio jefe de la Casa Blanca.

Mientras, Ucrania sigue esperando, en medio de gestiones estadounidenses que implicarían cederle a Rusia el este invadido. La virtual disolución de la OTAN, un festín para el Kremlin, provoca revuelo en el Partido Republicano, varias de cuyas figuras le indican al presidente que está por cruzar una línea roja.

Estados Unidos, coto de caza de inmigrantes

En lo doméstico, lo más significativo ocurre en materia migratoria. Además de haber restringido el ingreso de personas de varios países y, días atrás, de haber suspendido los trámites de radicación de ciudadanos de 75 naciones –en la región, las izquierdistas Brasil, Colombia y Uruguay–, Trump puso en marcha una política de represión de contornos distópicos.

No sólo reforzó severamente los controles fronterizos, sino que lanzó la Operación Safeguard("salvaguarda"), por la que envió al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) a las ciudades "santuario", las que decidieron no colaborar con su política de deportaciones exprés. En tanto, desplegó a la Patrulla Fronteriza en localidades ubicadas a menos de 100 millas (unos 160 kilómetros) de las fronteras, entre ellas Los Ángeles y Chicago, entre muchas otras.

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En Minneapolis (Minnesota), donde el 70% de la ciudadanía votó demócrata en las elecciones de 2022, la presencia del ICE asfixia. Unos 2000 efectivos que circulan con capuchas, armas de guerra y uniformes camuflados exigen documentación que nadie está obligado a portar, detienen gente por mero perfil racial, arrancan a gente de sus autos, realizan redadas en empresas y domicilios sin orden judicial y se entregan a un uso desmedido de la fuerza, como quedó claro el 7 de enero último con la ejecución, dentro de su auto, de la militante por los derechos de los inmigrantes Renee Nicole Good.

El Departamento de Justicia, equivalente a una fiscalía general, decidió, contra toda la evidencia fílmica, que el asesino, Jonathan Ross, actuó en defensa propia y ni siquiera fingió la apertura de un sumario.

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Desde ese día, lo que se ve es casi una insurrección popular. Ante eso, el ex Departamento de Defensa, rebautizado de Guerra por Trump, decidió que 1500 miembros de las Fuerzas Armadas estén listos por si el presidente decide invocar la Insurrection Act en ese estado, lo que supondría un estado de excepción sin necesidad de aval del Congreso.

Es la economía: el populismo anunciado del Donald Trump

Anuncios –por ahora, anuncios– de medidas "populistas" como el establecimiento de un tope del 10% a los intereses sobre saldos impagos de tarjetas de crédito golpean las acciones de los bancos y levantan ampollas en el republicanismo tradicional.

Lo mismo ocurre con el enfrentamiento de Trump con el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, a quien mandó investigar por supuesta corrupción en la remodelación de la sede del organismo, valuada en 2500 millones de dólares.

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Presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell.

Presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell.

Powell, cuyo mandato caduca en mayo, dijo que resistirá la presión para bajar más drásticamente la tasa de referencia, pero Wall Street sigue de cerca el peligro de vulneración de la autonomía de la autoridad monetaria, piedra basal del capitalismo estadounidense.

La economía crece, aunque de modo mediocre, y la inflación corre a sólo el 2,6% anual, aunque los ingresos planchados no logran hacerle frente a un costo de vida que quedó demasiado elevado desde la pospandemia.

Ese mar de fondo económico explica en buena medida el fenómeno trumpista, construcción presuntamente anti statu quo que se apoya en una rara alianza de trabajadores –muchos, afectados por la globalización–, clase media empobrecida y magnates tecnológicos y financieros. En semejante caldo, el interés de los sectores subalternos queda postergado.

Las encuestas auguran un escenario adverso para Trump en los comicios de mitad de mandato de noviembre. El mandatario teme que una derrota y un Congreso demócrata lo lleven a ocuparse más de eludir un juicio político que de invadir países sudamericanos y de perseguir inmigrantes sin papeles.

¿Alguien logrará frenar semejante desborde? El mundo mira perplejo esta era de poder enloquecido. La reacción, acaso, llegará de los propios Estados Unidos.

Donald Trump y su relación con la verdad tras el asesinato de Renee Nicole Good a manos de un agente del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), según la ácida mirada de Michael de Adder en The Globe and Mail (Canadá).
Uno de los retratos oficiales de Donald Trump, difundido poco antes de su segunda asunción el 20 de enero último, ya le anunciaba al mundo un gesto hostil.

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