Similitudes y diferencias en un matrimonio de conveniencia. El populista permitido. La imposibilidad de pensar el Estado y el mundo. Argentina se aísla.
Imagen generada con inteligencia artificial (ChatGPT).
Javier Milei deambula por el mundo –y también por el mercado financiero– aferrado a la mano de Donald Trump, expresión de una fusión ampliamente funcional a ambos, pero que tiene afinidades ideológicas limitadas. Sonlas dos gotas de agua más disímiles que se podría imaginar.
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Lo que comparten está a la vista: una sensibilidad política de extrema derecha, socialmente darwinista, prorrico, macartista, antifeminista, adversa a la preservación de los derechos de las minorías de todo tipo y, sobre todo, indiferente a las virtudes republicanas de la división de poderes y la limitación del Ejecutivo.
Del lado del Presidente se suma la fascinación de las derechas criollas de los siglos XX y XXI por el American way of life, algo así como lo que respondería un niño cuando se le pregunta qué querría ser cuando sea grande.
Lo que los separa, en tanto, parte de lo evidente y de lo más señalado, pero hunde sus raíces hondamente. Identificar esto, que emergió ayer explícitamente de sus respectivos discursos ante el Foro Económico de Davos (Suiza), ayuda a comprender mejor ese matrimonio por conveniencia.
La primera diferencia entre ambos es la obvia: la abismal desproporción del poder que manejan.
Otra, la más frecuentemente mencionada, no es necesariamente concluyente: mientras el jefe de la Casa Rosada abre lo más rápidamente que puede la economía nacional a las importaciones, el de la Casa Blanca cierra la estadounidense a fuerza de aranceles. Esto es importante, pero en un sentido también es discutible: ambos pueden haber llegado, incluso con buenas razones, a la conclusión de que la economía argentina estaba demasiado cerrada y la norteamericana demasiado abierta.
La discrepancia más medular pasa por sus concepciones sobre el poder, el mercado y el Estado. Y el mundo, claro.
Una necesidad sorprendente
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En su discurso ante la flor y nata del capitalismo global, Milei comenzó, solemne, señalando algo que nadie podría refutarle: "Estoy aquí, frente a ustedes, para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto". Es cierto: ese hecho triste ocurrió el 21 de junio de 1527.
Lo que siguió resultó más discutible, para empezar por su uso del fundador del estudio sistemático de la política moderna para fundamentar que "la oposición entre las dimensiones de eficiencia y justicia es falsa y errónea". No se sabe qué leyó o qué entendió de El Príncipe o de Los discursos sobre la primera década de Tito Livio.
Con todo, ese inicio marcó el tono de un discurso que buscó justificar filosóficamente su visión anarcocapitalista. Llama la atención la necesidad de Milei de afirmar una y otra vez que su peculiar cosmovisión es superior a otras, y de adornar ese dogma con citas de autoridad.
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Lo que separa doctrinariamente a los aliados del hemisferio es más que lo aparente, y surge con naturalidad de un "diálogo" que podría armarse con referencias a los respectivos discursos.
"Hoy les demostraré que el capitalismo de libre empresa no sólo es más productivo, sino que además es el único sistema que es justo", propuso, filosófico, Milei.
Por su parte, Trump, más pragmático, contó que "le estoy pidiendo al Congreso que limite las tasas de interés de las tarjetas de crédito al 10% durante un año". Al respecto, se quejó en términos que el argentino jamás usaría: los bancos "les cobran a los estadounidenses tasas de interés del 28%, 30%, 31%, 32% (anual). ¿Qué pasó con la usura?".
Siempre en la suya, nuestro mandatario afirmó que "la omnipotencia del Estado y las regulaciones destruyen el derecho de propiedad y eso mata los rendimientos crecientes y, por ende, el crecimiento es menor".
"Tal como señala el profesor Jesús Huerta de Soto, (…), la eficiencia no es compatible con diversos esquemas de equidad o justicia, sino que surge única y exclusivamente de uno de ellos, el cual se basa en el respeto de la propiedad privada y la función empresarial", añadió.
Otro contrapunto: su referente norteamericano siguió defendiendo sus últimas iniciativas, tachadas de "populistas" por el mercado financiero, pero que buscan restablecer una noción de justicia social –la "aberración"– para recuperar la confianza de un electorado que empieza a ponerle mala cara.
"Las casas se construyen para las personas, no para las corporaciones, y Estados Unidos no se convertirá en una nación de inquilinos. Es por eso que firmé un decreto que prohíbe a los grandes inversores institucionales comprar viviendas unifamiliares", dijo.
Milei insistió con su baguala, que siempre termina en el apotegma del "prócer" Alberto Benegas Lynch. Los derechos vinculados a la propiedad "se complementan con el principio de no agresión, el cual establece que ningún ser humano tiene derecho a ejercer agresión de ningún tipo contra otro ser humano, lo cual no sólo incluye la agresión física, sino también todo tipo de coacción, coerción y oposición bajo amenaza de uso de la fuerza", declamó.
El Estado y el mundo, dos entelequias
Es difícil conciliar los principios esgrimidos por el jefe de Estado anarcocapitalista –sic– con tanto uso desmedido de la fuerza por parte de sus efectivos policiales, por sólo citar un ejemplo, cada miércoles contra los jubilados.
Es claro que el Presidente habla de las relaciones entre "individuos libres e iguales", una estilización teórica del liberalismo fundacional –una hipótesis de trabajo– que él se toma demasiado a pecho y que le resulta cómoda para no tener que pensar en diferencias de poder vinculadas al género, lo laboral y la riqueza, generadoras de conflictos que él dirime sin asco con el poder coercitivo del Estado del que abjura en los discursos.
Si hubiese que tomarse en serio sus palabras –y no hay por qué no hacerlo–, sería fácil detectarle una dificultad aguda para pensar la propia naturaleza del Estado.
El paleolibertarismo que cultiva Milei –de ahí sus permanentes citas, ayer y siempre, a Murray Rothbard– es un matrimonio entre el libre mercado y el conservadurismo valórico. Las formas de organización social que aprueba ese pensamiento son las "espontáneas" –la familia, la iglesia, la empresa y, desde ya, el mercado– y las que censura son las "coercitivas", con el Estado a la cabeza.
Además de conservador, ese pensamiento es profundamente autoritario, lo que se vincula con una rareza del discurso del Presidente en Davos: la reivindicación del derecho romano ya no como una fuente de la legalidad contemporánea, sino como un corpus al que hay que "abrazar" in totum.
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El mismo, fraguado desde la república y codificado en el imperio, consagraba un orden social jerárquico, se correspondía con una sociedad oligárquico-aristocrática, incorporaba la esclavitud, desconocía el principio de igualdad ante la ley y resultaba ajeno a cualquier noción de división del poder que fuera más allá de lo funcional y llegara a mecanismos de control y limitación recíprocos. Todo se aclara.
Dado que el derecho romano terminó su largo proceso de codificación en el siglo VI, se puede afirmar que la idea de legalidad del Presidente atrasa 1500 años.
Urbi et orbi
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Si Milei no sabe pensar el Estado –no al menos uno democrático contemporáneo–, es muy difícil que conciba un mundo aún organizado en buena medida en tales entidades. Es como si su pensamiento se congelara en ese punto y le facilitara la salida sencilla del sometimiento a un Leviatán ajeno.
El mandatario puede denunciar, como lo hizo ayer, "los continuos desastres causados por el socialismo" y poner como ejemplo lo ocurrido con el chavismo en Venezuela, "no sólo por una caída del 80% de su PBI, sino mucho peor aun, por el establecimiento de una narcodictadura sangrienta, cuyos tentáculos terroristas se expandieron por todo nuestro continente americano".
Sin embargo, hay un salto argumental notable entre el pacifismo del anarcocapitalista que lee discursos y la "Doctrina Donroe" que sirve para que Estados Unidos se apropie de América Latina –también de Argentina, desde ya–, bombardee un país y secuestre a su presidente –más allá de su carácter dictatorial–, y le imponga la tutela indefinida de un deus ex machina.
Lo mismo cabe decir sobre Groenlandia, cuya apropiación por parte de Washington se supone que el argentino respalda, más allá de la inexistencia de títulos, derechos ni legitimidad que justifiquen tal pretensión.
Mal que le pese al Presidente, Trump prueba que Maquiavelo está más vivo que nunca.
¿Negocio de quién?
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El republicano empuja, recalcula, retrocede si encuentra resistencias y vuelve a embestir.
Sus amenazas guerreristas respecto de Groenlandia impactaron mal el martes en Wall Street, por lo que ayer en Davos generó titulares en todo el mundo al afirmar que "probablemente no obtengamos nada (de la OTAN) a menos que decidamos usar una fuerza y un poder que, francamente, serían imparables. Pero no lo haré". Qué alivio…
Sin embargo, la verdad es que la amenaza sigue latente.
"Lo que estoy pidiendo es un pedazo de hielo, frío y mal ubicado, que puede desempeñar un papel vital en la paz mundial y la protección global", dijo en referencia a la isla ártica, cuya soberanía ejerce Dinamarca.
"Todo lo que estamos pidiendo es recuperar Groenlandia, incluido el título y la propiedad correctos, porque se necesita la propiedad para defenderla. No se puede defender con un contrato de arrendamiento", cerró la puerta a una solución cooperativa al problema de seguridad frente a Rusia y China que denuncia.
"Pueden decir sí y lo apreciaremos, o decir no y lo vamos a recordar", disparó. La carta de la represalia comercial, los aranceles de tres dígitos y el comercio global desquiciado quedó otra vez sobre la mesa.
Se abre ahora una ventana de tiempo para entender qué quiso decir ayer mismo, después de su ruidoso discurso, cuando anunció haber llegado a "un acuerdo marco a futuro" con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, para satisfacer su demanda. Vale destacar que ese funcionario no puede tomar decisiones en nombre de los otros 31 miembros de la Alianza Atlántica.
Mientras, aliados de siempre de los Estados Unidos, desde Canadá al Reino Unido y, claro, la Unión Europea, comienzan a arrojarse en brazos de China. Vaya tiro por la culata.
Trump busca restaurar el poderío estadounidense de un modo tan basto que sólo genera aislamiento. Dada la disputa del momento, la Argentina de Milei, caninamente fiel a Washington, ya no puede proclamar su alineamiento con "las democracias occidentales", sino sólo con una, por otra parte maltrecha.
Su conveniencia personal en términos de sostén político y financiero quedó clara con lo ocurrido antes y después de las legislativas de octubre. La ganancia del país es harina de otro costal.