NUEVO (DES)ORDEN MUNDIAL

De monarcas locos, crueles e inútiles

Doctrina Donald Trump y torpezas a pedir de China. Ultraderecha y la era de los reyes inútiles. ¿En la mesa o en el menú? La autopercepción de Javier Milei

Carlos VI (1368-1422), quien trascendió como el "Rey Loco", es uno de los emblemas históricos de los gobernantes psicológicamente incapaces de regir un Estado. Si bien reinó formalmente durante 42 años, estuvo sometido a una regencia en la niñez y a largos períodos de incapacidad, lo que redujo su poder efectivo a un máximo de diez años. Menos mal.

Documentos que dan cuenta de sus ataques de ira, ejercicio de una violencia extrema e injustificada en su propia corte, pérdida de conciencia de sí mismo, delirios sobre la posesión de un cuerpo hecho de vidrio y olvido de las identidades de quienes lo rodeaban configuran lo que, a la luz de la ciencia actual, se interpreta como un cuadro psicótico complejo.

Así, derrotas militares, tratados desastrosos y la cesión de la herencia de su trono al rey de Inglaterra pusieron en riesgo extremo la propia existencia del embrionario Estado francés.

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Busto de mármol de Calígula. Autor anónimo. Metropolitan Museum of Art (Nueva York).

Busto de mármol de Calígula. Autor anónimo. Metropolitan Museum of Art (Nueva York).

Otro extremo paradigmático fue Calígula, tercer emperador de Roma entre los años 37 y 41 de nuestra era. Fue otro caso psiquiátrico, caracterizado por una crueldad inefable.

Sus marcas registradas fueron el culto a su propia personalidad –que presentaba como divina–, el narcisismo, la humillación de sus rivales –lo que lo llevó a amenazar con nombrar cónsul a un animal, su caballo Incitatus, y a rodearlo de honores y lujos–, la inclinación e incitación a la violencia y la supuesta práctica –ampliamente mentada en su época, pero históricamente no corroborada– de incesto con su hermana. Cosas irrepetibles.

Como el Imperio Romano ya era una maquinaria política y administrativa formidable, su tiranía no dañó al Estado y su asesinato –orquestado dentro de su Guardia Pretoriana– derivó en una veloz sucesión.

Entre esos dos casos que vienen enseguida a la mente, la historia está llena de reyes dementes, incapaces o directamente inútiles. Hoy, en estos raros tiempos de extremismo de derecha en tantos lugares del mundo, pero especialmente en nuestro continente –de norte a sur, punto cardinal este último que tratamos todos los días y que hoy no es el más pertinente–, cabe preguntarse por qué la psiquiatría y las peculiaridades individuales se volvieron tan imprescindibles para el análisis político.

Hoy quedémonos en el Norte.

Trump y la impiedad de la biología

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"En el mundo de Donald Trump, de Boris Johnson y de Jair Bolsonaro, cada día lleva su desatino, su controversia, su golpe de efecto. Apenas hemos tenido tiempo para comentar un evento cuando otro lo ha eclipsado ya, en una espiral infinita que cataliza la atención y satura la escena mediática. Frente a este espectáculo, existe la gran tentación, para muchos observadores, de alzar la mirada al cielo y darle la razón al Bardo: ¡El tiempo ha perdido sus estribos! Sin embargo, tras las apariencias desenfrenadas del carnaval populista, se oculta el duro trabajo de docenas de spin doctors, de ideólogos y, cada vez más, de científicos y expertos en big data, sin los cuales los líderes populistas nunca habrían alcanzado el poder", cuenta Giuliano da Empoli en Los Ingenieros del caos, libro publicado en 2019.

Hoy, cuando Trump cruza el umbral del primer año de su segundo mandato, el autor tal vez agregaría a esa aguda observación algo vinculado con lo psicológico.

Efectivamente, como indica ese libro, el republicano abruma y desconcierta con "desatinos, controversias y golpes de efecto". Sin embargo, cuando se consideran los efectos de sus extravagancias, contraproducentes para el interés nacional de los Estados Unidos que dice perseguir con ahínco, lo que sobresale es la inutilidad de los procedimientos.

El hombre que en el prólogo de la última campaña presidencial se burlaba del deterioro cognitivo de Joe Biden, da hoy, a sus 79 años, indicios igualmente preocupantes. Deriva verbalmente –como ayer al repasar los hitos de su primer año–, dice lo primero que le viene a la cabeza, dormita en algunas reuniones, ventila los mensajes reservados que sus funcionarios le acercan en medio de las mismas e interrumpe su desarrollo para mirar por la ventana y mentar algún tema trivial.

La biología no tiene compasión.

El imperio de Donald I

Ejemplo extremo, por prepotencia, del siempre mentado carácter imperial de la presidencia de los Estados Unidos, viene de desquiciar la economía internacional a fuerza de aranceles que un día se disparan y al siguiente bajan; de ordenar la comisión de crímenes de guerra sin declaración formal de la misma con los ataques a lanchas en aguas internacionales; de bombardear Venezuela y de secuestrar al dictador Nicolás Maduro y a la esposa de este, y de amenazar con destinos parecidos a países como México, Colombia, Cuba e Irán.

La burla que Trump le dedicó al venezolano depuesto, que incluyó gestos suficientes para abochornar a todo un país, pasará a la posteridad.

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Se fijó en la idea de que merece el Premio Nobel de la Paz por haber detenido "más de ocho guerras", aunque sólo le quepa el mérito del precario cese del fuego en Gaza y alguna otra gestión.

Presionó a María Corina Machado para que le entregara, como un cheque al portador, el galardón que la opositora venezolana acababa de recibir, adulación con la que esta pretendió ser tenida en cuenta en la futura transición.

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Le dijo por carta al primer ministro de Noruega que como ese país no le concedió el galardón –ese gobierno no tiene nada que ver con la decisión, por otro lado–, la paz ya no tiene porqué ser su preocupación primordial y que por eso está dispuesto a tomar Groenlandia –su otra obsesión, tras la al parecer abandonada anexión de Canadá– por la fuerza si fuera necesario.

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En esta porfía, les subió los aranceles a ocho países europeos, entre ellos a Dinamarca –que ejerce la soberanía en esa isla ártica–, a gigantes como Alemania y Francia, y al mejor amigo de Estados Unidos en el mundo desde hace al menos un siglo, el Reino Unido.

El capricho del Nobel inunda las redes de una de las formas más elevadas del arte: la sátira.

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Si se hubiese limitado a postear una imagen generada con inteligencia artificial que lo muestra clavando la bandera de Estados Unidos en Groenlandia, estaríamos en el terreno del desatino, la controversia y la provocación que señaló Da Empoli. Que esa imagen haya sido posteada también por el sitio oficial de la Casa Blanca en X le da a la cuestión otro cariz.

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Antes de viajar al Foro Económico de Davos –Suiza–, de amenazar con aplicar un arancel del 200% a los vinos franceses, de divulgar mensajes privados de Emmanuel Macron y del secretario general de la OTAN Mark Rutte, se permitió otra provocación: el posteo de otra imagen modificada con IA que lo muestra en su despacho aleccionando a los líderes europeos junto a un mapa de Estados Unidos que subsume a Groenlandia, claro, y también a Canadá y Venezuela.

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La torpeza hecha doctrina

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Donald I. (Imagen generada por inteligencia artificial).

Donald I. (Imagen generada por inteligencia artificial).

El carácter idiota del imperio de Donald I radica en sus resultados, que parecen acelerar y no revertir ni ralentizar el declive de los Estados Unidos en su competencia con China, la obsesión –justificable– de fondo del republicano.

El Foro de Davos reventó ayer de indicios en ese sentido y el derrumbe de los mercados internacionales puso la tensión renacida en números rojo intenso.

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Fuente: MarketWatch.

Fuente: MarketWatch.

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, que viene de sellar en Pekín una alianza estratégica, comercial y de seguridad con China, apoyó en su discurso a los miembros europeos de la Alianza Atlántica, defendió la soberanía danesa sobre Groenlandia y sinceró la crisis. "Sabemos que el viejo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Creemos que desde la fractura podemos construir algo mejor, más fuerte, más justo", dijo. Sin Estados Unidos, todo lo indica.

Todo un gesto, abrazó ampulosamente a Macron.

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El francés, a su vez, señaló que "preferimos el respeto a los bullies. Preferimos la ciencia al oscurantismo. Preferimos el Estado de derecho a la brutalidad".

Asimismo, siguiendo lo hecho por Carney, puso el marco para un relanzamiento de la relación con China: "Necesitamos inversión china directa en sectores clave que apoyen el crecimiento y la transferencia de tecnología, no importaciones de productos que a menudo no cumplen con los estándares europeos", señaló. Más que una advertencia, estableció el punto de partida para un diálogo que supone un tiro por la culata de la estrategia de Donald I.

Los viejos aliados, humillados y agredidos, ven cómo la OTAN implosiona y le deja el este de Europa abierto de par en par a Vladímir Putin. Mientras, buscan refugio en China. Esta suma apoyos, aísla al rival, incrementa su superávit comercial y, encima, lo diversifica y lo independiza de Estados Unidos. La potencia emergente, milenariamente sabia, calla, sonríe y espera.

¿Podría imaginarse para Estados Unidos una "estrategia" más fallida?

Entre Carlos VI y Calígula

Prácticamente ya no hay monarquías absolutas ni imperios hereditarios, sistemas que la historia puso en desuso por sus claras desventajas.

Más allá de la imposición de la doctrina de la soberanía popular por sobre la del derecho divino, las democracias tienen por sobre esos regímenes una ventaja enorme: el carácter temporal y funcionalmente limitado de los gobiernos. No hay en ellas espacio ilimitado para gobernantes inútiles o incapacez, atornillados a sus tronos y habilitados para hacer daño a discreción hasta el final de sus vidas, llegue este cuándo y cómo sea. ¿O sí lo hay?

El tsunami de la extrema derecha, que acumula poder con memes, imágenes de IA, eslóganes vacíos, big data y dosis aluvionales de resentimiento pareciera indicar que la era de los líderes inútiles vuelve a regir.

Se trata de virtuales monarcas que, más que gabinetes compuestos por personas solventes, se rodean de cortes de adulones. Serían algo que queda en el medio –según el caso, más corrido hacia un lado o hacia el otro– de la demencia de Carlos VI y la crueldad gozosa de Calígula.

Mucho dice sobre esto la conversión de la crisis de representación de las democracias en buena parte del mundo en algo más: el desinterés autodestructivo por las ideas de solidaridad y comunidad, y la desafección radical habilitan la revolución de los amorales.

Ayuda mucho a este estado de cosas la defección de los centroderechas republicanos y de los conservadurismos tradicionales –tanto político-partidarios como mediáticos–, a los que –quién lo habría dicho– se extraña. Mansamente, aceptaron ser atados al carro triunfal de los extremistas, acaso sincerando su desprecio por las banderas que solían levantar o, por qué no, simplemente juntos por un cargo.

Con el amplio espectro de las izquierdas y los progresismos en crisis, sin programa ni resultados recientes, y sin que estas tengan el coraje necesario para decir fuerte y claro que la ley es el último refugio de los débiles que deberían representar, la democracia, abandonada por casi todos, se queda sin checks and balances efectivos.

Lúcido, el liberal Carney, que no teme romper el histórico alineamiento de Canadá con los Estados Unidos y buscar una nueva inserción internacional para su país, dijo ayer en Davos que "las potencias medias deben actuar juntas porque si no estamos en la mesa, estaremos en el menú".

Interesante observación. ¿Cómo se autopercibe la Argentina de Javier Milei? ¿Como un país de desarrollo e importancia medios, exportador líder de alimentos, nación capaz de incrementar su influencia de la mano de Brasil en el Mercosur y miembro del Grupo de los 20? ¿O, acaso, como un irrelevante Estado vasallo, que no tiene otro destino que ser parte del menú?

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La era de los reyes inútiles invita a pensar profundamente.

Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.

Javier Milei se inclina ante los Estados Unidos de Donald Trump.
Juan Doe, el troll empoderado para consagrar la verdad mileísta. 

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