Inteligencia artificial: elecciones en la arena híbrida
La política gobierna y compite sobre un suelo sin precedentes. Si ayer la cuestión era resolver cuánto de la campaña rumbo a las elecciones será física o digital, hoy, con el avance de la inteligencia artificial, el problema es mucho más profundo: comprender que existe un único entorno y exige ser comprendido para trascender políticamente en él.
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Durante décadas, el nuevo paradigma tecnológico se interpretó desde la política a través de una imagen equivocada: lo físico y lo digital como dimensiones contiguas que, mientras una soportaba acciones tradicionales (recorridas, visitas, actos, discursos), la otra abrazaba exclusivamente lo relacionado a redes sociales, plataformas, influencers, contenidos y, ahora, la inteligencia artificial.
Lo físico y lo digital ya no son dos dimensiones
La consecuencia de ese error no fue solo aterrizar continuamente en un diagnóstico equivocado por no poder ver lo físico y lo digital constituyéndose en una sola arena híbrida, sino acostumbrarse a pensar —incluso hoy— que el desafío de la política es disputar ambas dimensiones con hojas de ruta paralelas. Una noción que es constantemente arrollada por la evidencia.
No porque la dimensión física o digital hayan perdido capacidad performativa, sino porque perdieron toda autonomía: no son una sin la otra; constituyen la única dimensión de lo político. Y, además, con una particularidad: es una dimensión asimétrica, donde lo físico continúa produciendo experiencias, pero lo digital ha concentrado una infernal capacidad de control, selección y amplificación de todo cuanto, a partir de esas experiencias, accederá a la conversación pública.
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Un recorrido barrial o un encuentro con la militancia continúan siendo experiencias. Sin embargo, su existencia y trascendencia política ya no se determina allí: serán grabadas, fragmentadas, adaptadas, comentadas, resignificadas, sometidas a algoritmos y redirigidas hacia públicos, incluso con sentidos diferentes (y hasta opuestos) a los que los promovieron originalmente. Y solo así circularán.
De aquí la necesidad de superar esta noción errática de que lo digital —siempre mucho más complejo que lo que la vaga expresión de “lo digital” propone— es una prolongación de la praxis política física; siendo, en todo caso, una sola dimensión en la que lo físico funciona casi siempre como materia prima de lo que procede digitalmente.
Cuando el mensaje deja de pertenecer
Cosa que ha alterado la naturaleza política en general y la comunicación política en particular. Porque si la clásica pregunta en el siglo XX fue qué decir y a principios del XXI se agregaron las preguntas de dónde y cómo decirlo, la cuestión ineludible actual es diferente y sumamente incómoda: qué ocurre con lo expresado una vez que fue expresado. Qué ocurre cuando el discurso deja de pertenecer.
La respuesta breve es que la política perdió el control total de su terreno. El mensaje político ya no le pertenece exclusivamente; se ha distribuido entre quienes lo enuncian y quienes —desde tutelas trasnacionales— operan sobre el mensaje, produciendo fragmentos que generan respuestas que alcanzan mayor visibilidad que el propio mensaje. Un mensaje cuyas condiciones políticas pueden desaparecer, aunque sus efectos sobrevivan.
Es lo que vemos, por ejemplo, cuando una parodia trasciende al hito político de referencia, o cuando una imagen sobrevive mientras el marco que le daba sentido ha muerto. La mayoría recuerda la bofetada de la mujer de Emmanuel Macron a las puertas del avión presidencial, pero prácticamente nadie recuerda el marco político internacional en el que sucedió.
El poder que las plataformas expropiaron
Este cambio de paradigma obliga a comprender las campañas y la gobernabilidad desde la tecnopolítica, que es mucho más que la digitalidad política. Es comprender, antes que nada, que el presente es una convergencia tecnológica y política que ha configurado un ecosistema donde el poder ha sido parcial y sigilosamente expropiado por arquitecturas fuera del control y la soberanía nacional.
Arquitecturas que no solamente son privadas, sino que se supeditan a lógicas e intereses extranjeros (comerciales, tecnológicos, geopolíticos), por los que sus algoritmos y predicciones operan a favor de candidatos y escenarios específicos, mediando prácticamente sin costos, entre los Estados y sus sociedades, en cuanto a su comunicación, sus crisis, sus economías, sus culturas y, en definitiva, sus futuros.
La paradoja extraordinaria de este tiempo es dual: por un lado, quienes gobiernan o aspiran a hacerlo en el segundo decenio de este siglo, sobre todo a nivel presidencial, deben competir por su campo de juego dentro de las infraestructuras tecnológicas y, al mismo tiempo, dentro de sus territorios; por otro, podrán gobernar su territorio en caso de ganar, pero deberán hacerlo a través de infraestructuras que, hasta hoy, no han gobernado y que —a menos que consideren seriamente hablar de soberanía tecnológica— tampoco gobernarán.
Algunos países comenzaron a reconocer lentamente que la realidad política se disputa por nuevos canales y que las plataformas no son simplemente espacios de comunicación, sino que constituyen la infraestructura capaz de mediar el vínculo entre sociedades civiles y gobiernos, ya sea en tiempos de gobernanza o en periodos electorales. Un fenómeno desde el que se expone otro desplazamiento, aún más profundo: la fragmentación de la experiencia.
Todos recordamos el escándalo de Cambridge Analytica —y otros sucesos relacionados con Meta, Amazon, Google— donde operando a favor de un candidato podían hacer, por ejemplo, que dos vecinos que padecieran exactamente los mismos servicios públicos y los mismos problemas económicos pudieran votar completamente diferente por haber sido operados durante meses, principalmente a través de una jerarquización de problemas prestablecidos y un sistema de recomendación de soluciones y solucionadores a esos problemas.
Algo que hasta hoy continuó desplazando el viejo paradigma de la persuasión electoral, para reconfigurar la política sobre un esquema donde los ciudadanos no necesariamente discuten las mismas cosas porque construyen —cada vez más— su realidad a partir de un determinismo tecnológico que, aunque no defina mecánica ni automáticamente el voto, incide profundamente en él. Algo crucial en la política, donde históricamente decidir qué merece atención ha constituido una forma fundamental de ejercer poder.
La velocidad como una dimensión del poder
Un hito que no solo expone prácticamente la distribución de ese poder, sino que agrega una nueva batalla cronológica: los partidos políticos fueron diseñados para una extensión temporal que, guste o no, ya no existe. El viejo modo de recibir información, deliberarla, negociar posiciones, construir decisiones y finalmente comunicarlas, ha sido desplazado por la norma líquida de producir una reacción, que genera otra sucesiva; que luego se distribuyen, mutan, desaparecen o sobreviven, mientras los partidos tradicionales —incluidos sus asesores tradicionales—, siguen analizando cómo responder.
En definitiva, la velocidad dejó de ser una potencial virtud de la praxis política para devenir una dimensión del poder. Quien consiga imponerse primero, impone el marco, cosa que expone otra de las características del presente hibrido: cuanto más complejos sean los problemas que la política necesite resolver, mayor será la presión para reaccionar inmediatamente —y bien—ante ellos.
Y la ÍA llegó para intensificar estas tensiones, no por favorecer hitos secundarios como las deepÍakes, sino porque su giro político
decisivo ha sido la histórica reducción de costos de producción del mensaje político: textos, imágenes, traducciones, videos, respuestas, versiones y personajes sintéticos pueden producirse ahora a una escala que ayer habrían requerido un ejército de profesionales y cantidades ingentes de dinero.
Con esto, el contenido dejó de ser el bien escaso y pasó a ser la atención, la confianza y la capacidad humana para discriminar lo significativo del ruido y lo real de lo creado por ÍA. Algo que por sí mismo suma una paradoja: cuanto más simple es alcanzar una “comunicación perfecta”, mayor valor adquiere lo auténticamente imperfecto: la conversación no guionada, el encuentro presencial, el error, el gesto espontáneo, la proximidad física.
Cuando la presencia también se vuelve contenido
La digitalización puede incrementar el valor de la presencia, pero, cuidado, sin renunciar a la asimetría. Porque ese encuentro, por más auténtico, será fotografiado, grabado, convertirá en clip el error, sacará gestos de contexto y lo físico, en definitiva, alcanzará valor precisamente para ser incorporado al sistema digital dentro de sus parámetros.
Este es sin duda el desafío más grande de los espacios que compitan electoralmente en adelante —no solo porque sea más importante que otros, sino porque los otros estarán comprendidos en él: aprender a hacer política en la naturaleza del nuevo suelo en el que compiten. Sin soberanía exclusiva sobre su propia campaña, sin pensar el mensaje únicamente desde el mensaje, si poder eludir las nuevas reglas de juego y jugadores.
[AHORA] "A mí me encantaría tener un 'Optimus'": Milei sostuvo que el "temor" a la Inteligencia Artificial es "una cuestión cultural" porque, en Oriente, los robots se consideran "buenos", como "Astroboy", mientras que, en Occidente, son "malos", como "Terminator". https://t.co/DJnuyUdgG7pic.twitter.com/RCIGUtj0nv
Hoy intervienen candidatos, medios, militantes, simpatizantes, adversarios, influencers, comunidades digitales, cuentas anónimas, productores de memes, sistemas automatizados y algoritmos de recomendación privados persiguiendo intereses desde las sombras. Y todos ellos participan en la construcción de lo que finalmente será percibido como lo político.
La nueva política produce mensajes, pero no disputa en soledad su significado; genera acontecimientos, pero no decide soberanamente cuáles sobrevivirán. Necesita de plataformas cuyo funcionamiento no gobierna y disputa la atención de ciudadanos inmersos en cápsulas informativas cada vez más personalizadas o directamente manipuladas.
La revolución tecnopolítica, entonces, no consiste en la nimiedad de calcular cuánta campaña será digital, sino en comprender en su complejidad todo aquello que, ocurra o no en internet, necesitará atravesar el sistema digital —con sus reglas, tendencias y formatos— para adquirir total trascendencia política.