OPINIÓN

Javier Milei, el Estado y el precio del desprecio

El autor reflexiona acerca de los motivos del Presidente para personificar al concepto que eligió como antagonista y protagonista de su narrativa de gobierno.

Durante una entrevista televisiva en Italia, el presidente Javier Milei explicó que “siente desprecio por el Estado”. Si bien no es la más llamativa de sus declaraciones, resulta lo suficientemente curiosa como para que nos preguntemos: ¿en qué medida alguien puede despreciar al Estado? Es que el desprecio, así lo enseña la película de Jean Luc Godard, es un sentimiento intenso y personal, íntimo casi, difícil de asociar con las cosas materiales o con las ideas.

El Estado es, precisamente, una entidad abstracta. No se trata de un objeto ni de un lugar. Está un poco en todas partes y en ninguna. Tampoco es identificable con los individuos que lo gobiernan: ministros y legisladores pasan, pero el Estado –por ahora– permanece. Por último, el Estado es distinto del pueblo. Aunque interviene en la vida cotidiana de la ciudadanía, lo hace desde afuera, como un agente extraño que a veces impulsa y otras tantas frena.

A lo largo de la historia se ha intentado capturar la esquiva esencia del Estado mediante el uso de metáforas. Desde Pablo en el Nuevo Testamento hasta William Shakespeare en su pieza Coriolano, se ha recurrido a la imagen del “cuerpo político” como un todo orgánico, en el cual cada miembro desempeña una función específica. Otros han descrito al Estado en términos de un artificio complejo, una pieza de relojería o, para usar la expresión de Lewis Mumford, una “mega máquina”. Existe una tercera corriente, que agrupa a Thomas Hobbes, a Friedrich Nietzsche y al cineasta Andréi Zvyaguintsev, que atribuye al Estado rasgos a la vez divinos y monstruosos. La imagen señera en este caso es la del Leviatán, esa criatura terrible que creamos para lograr vivir los unos al lado de los otros. Ninguna de estas simbologías es inocua. Por supuesto, pueden inspirar en nosotros temor, fascinación o perplejidad. Pero no parece haber nada allí que suscite desprecio.

La clave que buscamos quizás esté en sus orígenes más prosaicos. El concepto del Estado nace de un debate entre abogados medievales a quienes se les ocurrió pensarlo como una “persona jurídica”, con derechos, responsabilidades y, sobre todo, con la capacidad de endeudarse. Pero incluso esta versión del Estado-persona dominada por letrados esconde una metáfora (también los abogados pueden hablar en lenguaje figurado). Persona en latín significaba “máscara”. Puesto que en la antigüedad quienes entraban a escena portaban una máscara, el sentido de persona terminó extendiéndose a “personaje de teatro”. Esa es la razón por la que muchas piezas de teatro tienen un apartado inicial que lista las dramatis personae, es decir, los personajes del drama. Podemos inferir entonces que el Estado ha sido desde sus orígenes un personaje.

Cuando concebimos al Estado como una persona o un personaje, le damos una forma concreta a ese tinglado enrevesado de leyes, firmas, despachos y resoluciones. Esa es la idea detrás de figuras como la Mariana republicana en Francia o el Tío Sam en Estados Unidos. Al conferirle una máscara al Estado, el vínculo emocional se intensifica. “Entonces se vuelve algo personal”, como dice Michael Jordan. No es casual que la personificación de los estados haya tenido su momento icónico en un contexto de guerra, a través de afiches de reclutamiento que llamaban a los ciudadanos a dar la vida por la patria.

También Milei, aunque con otra finalidad, personifica insistentemente al Estado. Lo hace para acusarlo de pedófilo o de mafioso. Para poder “despreciarlo”. El Presidente crea un personaje aberrante que nadie querría defender, pero lo hace a expensas de obsesionarse con su antihéroe. En efecto, el Estado es el protagonista de su narrativa de gobierno. La Libertad, en cambio, quedó relegada a la tercera letra del acrónimo (VLLC) con el que culmina su firma. Muy a pesar suyo, Milei resulta ser más estatista que los infamados “colectivistas”, otorgándole omnipresencia a un Estado que a duras penas “hace presencias”, como patentó Alejandro Galliano.

¿Qué sucederá, entonces, si el Presidente logra consumar la derrota de su enemigo, ya sea mediante la parálisis total o la privatización de sus funciones? Detrás de la sombra terrible del Estado evocada, existe el riesgo de descubrir a un Mago de Oz sin dientes al mando de una botonera de utilería. Para ese momento, será demasiado tarde. No quedará país del cual podamos decir, como Dorothy cuando vuelve a Kansas, “no hay lugar como el hogar”.

Guillermo Francos
Ente Nacional de Comunicaciones

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