10|8|2022

Es la inflación, Gato

04 de febrero de 2021

04 de febrero de 2021

De ella dependen los salarios, las tarifas y el dólar. Dólar y precios… fresco y batata. Los planes de Guzman y el enigma del 29 o del 50. A cruzar los dedos.

El problema de la inflación y la vocación oficial por reducirla con un enfoque diferente del ortodoxo, fallido por enésima vez durante el gobierno de Mauricio Macri, cruzó la interesante entrevista que le realizó el periodista Gustavo Sylvestre al ministro de Economía, Martín Guzmán, el miércoles a la noche en C5N. La centralidad del fenómeno en los dramas argentinos, el modo en que el Gobierno piensa combatirlo, todas las variables que están atadas al éxito o el fracaso de esa misión y, sobre todo, el punto ciego de esa estrategia surgieron con nitidez. Tanto es así, que no puede pensarse la economía de 2021 sin prestar especial atención a ese indicador sensible.

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Para comenzar, el funcionario estableció la reducción paulatina y sostenible de la inflación como uno de los principales objetivos de la política económica, junto al restablecimiento del crecimiento y la mejora del empleo y de los ingresos de la clase trabajadora. Asimismo, la definió como un problema macroeconómico, algo que podría parecer una tautología, pero no lo es. La contraposición se da con economistas de pelo desordenado que vociferan en TV que John Maynard Keynes fue un inútil. En fin… Para esa farándula, la inflación es "siempre y únicamente un fenómeno monetario", algo así como decir que el calor es uno térmico. He ahí la tautología.

 

Lo contrario, señalarlo como macroeconómico, implica asegurar que surge de varios factores, desde una estructura productiva poco competitiva hasta los vinculados al crecimiento de los costos, el déficit fiscal y la emisión monetaria que alimenta las corridas cambiarias… Dólar e inflación, especialmente, que en la Argentina son algo así como Starsky y Hutch, Simon y Garfunkel, Thelma y Louise o fresco y batata, todo junto.

 

Para el ministro, "el Presupuesto 2021 es el corazón de la política económica", por lo que, como punto de partida, corresponde atenerse a las proyecciones que constan allí. La inflación, se sabe, debería ser del 29%, con cuatro puntos porcentuales de dispersión posible. Problema: el corazón bombea raro… un marcapasos allí.

 

Para el consenso de las consultoras privadas de economistas –también, para el receloso Fondo Monetario Internacional–, la inflación del año oscilaría en torno al 50%. Aquellas y el FMI suelen errar, se sabe, igual que los gobiernos, pero esta vez tienen un punto a favor: si la inflación de 2019 fue de 53,8% y la parálisis pandémica la derrumbó a 36,1%, ¿cuál sería la razón, después del container de pesos que el Gobierno debió volcar para paliar los efectos de la cuarentena, que con una actividad normalizada los precios no retornasen a su anterior velocidad crucero?

 

El propio Guzmán admite –"demasiado ortodoxo, demasiado", dirían las Chiqui Legrand K– que la emisión de dinero "termina yendo en parte al dólar" y que las devaluaciones son el principal combustible de la inflación.

 

La diferencia de entre 15 y 20 puntos porcentuales entre las previsiones oficiales y privadas no es menor, sobre todo cuando el Gobierno promete –tanto por vocación propia como por exigencia de Cristina Kirchner y por imperio de la realidad de una economía que se mueve al ritmo del consumo– que, este año, los salarios deberían ganarles a los precios.

 

Para evitar una carrera nominal entre salarios e inflación que rompa los relojes, el Gobierno vuelve a su vieja y siempre incumplida promesa de un acuerdo de precios y salarios, pero los empresarios ponen condiciones, conscientes de que el año electoral tenderá a inclinar la balanza hacia el lado de los ingresos y que, llegado ese caso, remarcar siempre es un recurso a mano. Allí deberá aparecer la mano visible del Estado para, tal vez, sugerir paritarias con procesos periódicos de revisión que permitan realizar una sintonía fina. Se trata de un camino complejo, según muestra la historia.

 

En este punto se encuentra una disputa conceptual entre cristinistas y albertistas: para el primer equipo, hacen falta más controles de precios y limitación de los ajustes tarifarios; para el segundo, heterodoxo más moderado, los acuerdos de precios son una herramienta, pero que no pueden ni deben aplicarse manu militari, mientras que las tarifas, antes o después de las elecciones, deberán ajustarse.

 

Eso sí, los cuadros tarifarios ya no serán ni macristas ni dolarizados y la ambición es que, en el promedio, como indica el Presupuesto, se ajusten conforme a la inflación, de modo que la relación entre subsidios y PBI no crezca. La porción más rica pagará aumentos superiores al índice de precios y la más pobre, menores, pero aumentar subsidios no es una opción porque, con los mercados crediticios solo abiertos –y con límites– en pesos, hacerles frente implicaría emitir más pesos y poner en riesgo de nuevo la ecuación cambiaria. En ese punto reaparece el fantasma de una inflación creciente.

 

Una vez más, lo hace cuando el ministro expresa a viva voz su idea de que el tipo de cambio oficial debe evolucionar a la par del índice de precios de modo de evitar un atraso cambiario que sería letal para un superávit comercial del que depende la provisión de dólares que necesita la economía. Por eso, el Banco Central, en línea con el Presupuesto, acaba de alinear su pauta mensual de devaluaciones periódicas con la inflación estimada del 29% anual… ¿pero qué pasará si los privados tienen razón y esta trepa 15 o 20 puntos más? Fácil: se queman los libros y el dólar se atrasa aun a riesgo de acumular un desequilibrio más o el tipo de cambio se suma a la lista de los precios que participarán en los 100 metros llanos de una carrera nominal que suele terminar con los corredores más frágiles en el piso.

 

En síntesis, la inflación y, en especial, los cálculos divergentes del Gobierno y consultoras privadas serán las grandes variables a seguir en este 2021 enigmático. De ello dependen la marcha de la actividad productiva, el humor social, el resultado de las elecciones de octubre y, más importante que todo eso, niveles de pobreza e indigencia que insultan la memoria histórica del país.

 

Cuando de economía se trata, esa ciencia social que presume de dura, lo mejor es cerrar los ojos y cruzar los dedos.