28|2|2021

La insoportable necesidad de poner a Lousteau

03 de enero de 2021

03 de enero de 2021

Mirado de reojo por el PRO, destratado por parte de la UCR, el senador es el principal activo de un partido en baja. El acuerdo macro con Larreta y Nosiglia.

Martín Lousteau es nada más y nada menos que un activo electoral. Objeto de desconfianza para el macrismo, foráneo para el radicalismo y hasta centro de broncas y repudios por parte de un grupo de sus ahora correligionarios y correligionarias, se mueve en las aguas de Juntos por el Cambio (JxC) con la tranquilidad que le da saberse poseedor de un puñado de votos que nadie más en la UCR es capaz de conseguir y de los que Horacio Rodríguez Larreta no puede prescindir si quiere ganar la presidencia en 2023. En medio de toda esa telaraña, quedan los vínculos personales, muchos de ellos desgastados o basados estrictamente en necesidades confluyentes, las que hoy pueden ser pan y mañana, hambre.

 

Entre Rodríguez Larreta y Lousteau no hay un acuerdo político ni electoral sellado ni definido. Entre ellos respiran necesidades que, por el momento, son complementarias. Mientras eso se sostenga así, habrá paz; cuando los objetivos de uno se superpongan con los del otro, el pacto habrá conocido su fin. Ninguno de los dos lo aclara, pero los dos lo saben. Por ahora, disfrutan de una alianza que hasta acá lleva una convivencia amena y se atrinchera en los límites de la Ciudad de Buenos Aires. Mientras eso siga así, los hilos del plan Larreta Presidente y los del plan Lousteau jefe de Gobierno se mantendrán atados.

 

Ese contrato tácito hoy está presente en cada conversación de gestión ejecutiva o parlamentaria que se tome en la Ciudad. Es un objetivo común y latente para el que, todavía, falta muchísimo.

 

Un pacto para vivir

El senador y el jefe de Gobierno porteño se ven al menos una vez por semana e interactúan a diario. En esos almuerzos, que en general se dan en la sede del Gobierno porteño de la calle Uspallata, Larreta le abre a Lousteau los libros de la Ciudad, le revela los números de la gestión e intercambian ideas y consultas. Incluso en el PRO miran con recelo ese vínculo, que nació de un susto: el que el economista le dio al jefe de Gobierno porteño en 2015, cuando lo llevó al ballotage más ajustado que enfrentó el PRO desde que gobierno la capital y que el heredero de Mauricio Macri en la ciudad ganó por poco más de tres puntos y pidiendo la hora.

 

Un ejemplo de ese accionar unificado se dio en la pelea con la Casa Rosada por los recursos coparticipables. Lousteau no solo fue quien llevó la voz cantante cuando la ley pasó por el Congreso, sino que fue parte de la estrategia política y comunicacional del larretismo. La última persona con la que habló Larreta antes de anunciar la demanda ante la Corte Suprema por la Coparticipación porteña fue su aliado radical.

 

 

Este pacto de convivencia tiene un tercer y silencioso actor: Enrique Nosiglia. Quien vea en el “Coti” un jefe político de Lousteau se equivoca. Hay entre ellos una sociedad. ¿Qué gana cada pata de esta mesa? El histórico operador radical pone su aparato a disposición del plan político del exministro de Economía y este se deja mencionar en mesas de rosca como parte del portfolio de jugadores del empresario y exministro del Interior de Raúl Alfonsín. Por su parte, Larreta mantiene a raya a un competidor de riesgo en la Ciudad y Nosiglia se queda con la hegemonía de la UCR Capital para colar legisladores, diputados y funcionarios. Así, cierra la posibilidad de un arreglo del jefe de Gobierno porteño con su rival en la mesa de operaciones, Daniel Angelici. Un acuerdo win-win-win.

 

Nadie que conozca la política desde adentro cree la versión que afirma que Larreta le va a entregar en bandeja la Jefatura de Gobierno de la Ciudad en 2023 a Lousteau. En el larretismo solo admiten que lo pactado es que, si hay más de un candidato o candidata, se habilitarán internas y no habrá postulantes únicos puestos a dedo. Un hombre muy cercano al jefe de Gobierno reconoce una única posibilidad de que el hoy senador se transforme en el heredero único, natural y con la bendición divina del alcalde: que esa candidatura sea un cláusula necesaria para mantener unida a la alianza opositora y que de esa candidatura dependan las posibilidades del plan presidencial de Larreta. Si ese escenario no se da, Larreta priorizará siempre dejar las llaves de Uspallata en manos de alguien de su confianza. De ser posible, lo más parecido a un delfín.

 

El forastero

Nadie en el radicalismo ve en Lousteau a un radical. Allegados al senador lamentan que en el partido centenario sigan exigiendo el boletín completo de la “escuelita” de la UCR, con una militancia juvenil, con paso por la Franja Morada y la Juventud Radical, hasta pasar horas y horas consumiendo mate y café en algún comité. “El peronismo es más pragmático –reconocen-: donde ve un candidato taquillero, lo abraza y le dice ‘compañero’ a los cinco minutos.”

 

Lousteau es hoy la carta de presentación de la UCR porteña, una pata clave en la historia del partido, que venía perdiendo mucho terreno y que hoy atraviesa su proceso de mayor empoderamiento. Tiene representantes en el Congreso y en la Legislatura, conduce el Banco Ciudad y administra muchas cajas del Ejecutivo porteño. El senador, además, cobró bien y de rebote el acuerdo que surgió de la interna entre Mario Negri y Alfredo Cornejo en la Cámara de Diputados.

 

Cuando el mendocino desembarcó en la Cámara de Diputados, desafió los mandatos vigentes e intentó quedarse con la conducción del interbloque. Negri propuso someterlo a votación y la ganó por amplia diferencia: lo respaldaron 33 de las 47 bancas que tenía el bloque radical en ese momento. Con esos resultados en la mano, Negri se quedó como presidente del interbloque en Diputados, Luis Naidenoff asumió la presidencia en el Senado y Cornejo le consiguió al economista, como parte de este acuerdo macro, la vicepresidencia de la Cámara alta, un cargo que le da caja y presencia en el recinto cuando las sesiones son mixtas, pero que lo mantiene afuera de todas las negociaciones con el oficialismo.

 

Con Negri no tiene diálogo; con Naidenoff terminó a los gritos cuando el formoseño acordó con Cristina Fernández de Kirchner las condiciones para que el Senado funcionara en remoto; el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, no puede verlo ni en figuritas; hasta con Cornejo, su socio en la interna grande del partido contra el ala que hizo más macrismo durante el macrismo -así la identifican en la UCR porteña-, mantiene una línea tensa: al exgobernador de Mendoza no le cayó bien que en la sesión en la que se aprobó la legalización del aborto cuestionara que el partido no hubiera sentado posición a nivel institucional. Sus compañeros y compañeras de bloque repudian sus actitudes rayanas con el show y lejos de las tradiciones parlamentarias de la UCR y, salvo por el radicalismo porteño, en el resto del país hay poquísimos dirigentes con peso en las estructuras provinciales del partido que se referencien en él.

 

Martín Lousteau no es líder ni referente, su perfil y su personalidad lo exponen permanentemente al choque con los propios y los ajenos y su tono, entre elocuente y pedante, no le ayuda a ganar amistades. Así y todo, tiene una diferencia con respecto al resto: mientras las figuras más rutilantes del radicalismo nacional, con mucha suerte y viento de cola, podrían aspiran a ser compañeras de fórmula de Larreta en 2023 –algo que no consiguieron ni en 2019, zarpados en el tramo final de la campaña por Miguel Pichetto-, Lousteau esgrimió en él un candidato con serias posibilidades de gobernar la Ciudad de Buenos Aires y hasta con aspiraciones de alcance nacional, conocido en todo el país, con presencia mediática y hasta en revistas del corazón.

 

Ambicioso, Lousteau no solo quiere ser el referente electoral de la UCR: quiere gobernar el partido. Se activa en las internas provinciales, como ocurre en la disputa por la conducción del radicalismo bonaerense, donde juega a perdedor, pero juega, y, cuando se expande, lo que se expande es, en realidad, la UCR porteña. Por eso, sus desembarcos son tan ruidosos en el resto de las provincias. Habla de “modernización” y “rejuvenecimiento” de las estructuras de un partido achanchado y sin ambición de poder desde la catástrofe de la Alianza. Mientras se acerca a Larreta en la Ciudad, busca resucitar ese esqueleto con presencia en cada pueblo de todo el país llamando Unión Cívica Radical.

 

Tanto en un plan como en el otro, el objetivo es siempre el mismo: dotar de músculo y sustento sus ambiciones políticas personales, esas que, por el momento, miran un horizonte aún lejano.