08|11|2021

La fatiga del conductor designado

15 de enero de 2021

15 de enero de 2021

Tiene el volante, pero Todos le dicen a dónde ir. ¿A dónde va el Presidente? Entre el cepo de la mentora y los suplentes. El futuro, consuelo y enigma.

El futuro suele ser un consuelo, un punto de fuga, cuando el presente aprieta. Esa expectativa de alivio no parece muy disponible para el presidente Alberto Fernández. El gambito de dama con el que Cristina Fernández de Kirchner lo ungió como candidato de lo que sería el Frente de Todos reseteó el escenario político en mayo de 2019 y sentenció el resultado de las elecciones presidenciales, pero, ahora lo sabemos, también modeló la matriz de la dinámica interna del nuevo peronismo en el poder y parece haber fijado el rol del mandatario en la cima de la coalición.

 

Fernández es el moño de un paquete que contiene la “unidad en la diversidad”, un colectivo diverso que el gobierno de Mauricio Macri ayudó a amalgamar y que, después de cuatro años a la intemperie, aprendió a jugar a las internas de palacio mirándose el ombligo y en puntas de pie. “Para un peronista, lo único peor que la traición es el llano”, dicen que dijo alguien alguna vez. Para muchos, es tuit fijado.

 

En ese andar timorato de las partes para no romper nada en el bazar de Todos, el exjefe de Gabinete de Néstor Kirchner oficia de garante ante las fuerzas no siempre concordantes que lo depositaron en la Casa Rosada. No es poco. Se verá si es suficiente.

 

El albertismo nonato reforzó la condición de Fernández como conductor designado. Sus compañeros lo han elegido para que los lleve. Acredita experiencia de manejo, tiene las llaves y está al volante. “El sistema de decisión en el Poder Ejecutivo hace imposible que no sea el Presidente el que tome las decisiones de gobierno”, se despegó Cristina en octubre en su carta de los “funcionarios que no funcionan”.

 

Pero, ¿a dónde va Fernández? ¿Hay 2023? ¿Puede un presidente liderar la torva realidad argentina sin la expectativa de jugar por un segundo mandato? ¿O estos cuatro años son el precalentamiento de la serie final entre Sergio Massa y La Cámpora? Si el moño se afloja, ¿el paquete panperonista corre riesgo de romperse?

 

Como escribió el francés Charles de Talleyrand, repitió el italiano Giulio Andreotti y algunos nos enteramos hace 30 años por El Padrino III, “el poder desgasta a quien no lo tiene”. Por eso, el Gobierno sufre en tiempo real los vaivenes de la gestión y el presidente carrilero va y viene en la paritaria caliente de cada día. Se trate de la disputa por la economía, el maíz, las vacunas o las tarifas de servicios públicos.

 

En un salto de pantalla, el Ejecutivo incluso terceriza las decisiones cuando no consigue conducir los procesos y experimenta una versión abandónica del federalismo. Pasó con el manejo de la pandemia y se replicó ahora con la decisión del ministro de Educación, Nicolás Trotta, de dejar en manos de las provincias la fecha de inicio de clases en cada distrito.

 

La hoja de ruta de Fernández es una negociación permanente. Todos los pasajeros quieren llegar rápido a destino y están más preocupados por sus intereses sectoriales que por el conjunto. Él no puede delegar el comando ni dejar a nadie tirado. Tiene el volante, pero definir el rumbo es otra historia. Condicionada por la herencia cambiemista y la pandemia, en disputa con el poder económico a través de los medios y atravesada por los goles en contra de su equipo, la travesía se complica.

 

El conductor designado debe ir donde los otros le indican y encima pasa la fiesta sin probar ni una copa. ¿Bendición, condena o un acto de responsabilidad? Descular ese interrogante para que el límite de hoy se convierta en la fortaleza de mañana puede ser una de las claves para el oficialismo si pretende llegar a buen puerto en las próximas elecciones.