29|11|2021

06 de diciembre de 2020

06 de diciembre de 2020

Cuando dejó el traje anti-K y volvió con Cristina, Massa planchó su sueño presidencial. Hoy, apuesta a conquistar al kirchnerismo: nuevos vínculos y lealtad.

Nadie tiene una necesidad más grande de transformar una alianza de gobierno como el Frente de Todos (FdT) en una estructura con aspiraciones de hegemonía política que Sergio Massa. Eso al menos piensa Sergio Massa. Cuando el año pasado reunió a su equipo de colaboradores más íntimo y le anunció que iba a colgar su traje de anti K para desandar el camino hacia un peronismo con Cristina Fernández de Kirchner, también se estaba sacando el traje de candidato a presidente. Con esa decisión, sabía, dejaba de lado la persecución de la zanahoria inmediata para poner la mira un poco más allá del mediano plazo. Ahora, viene el turno de acumular poder, gestar confianza, dar muestras de lealtad para borrar fantasmas y esperar. Sobre todo, esperar.

 

Otra forma de ver el escenario que el FdT le ofrece a Massa es que, si la unión del PJ y el kirchnerismo con la avenida del medio del Frente Renovador no diera el salto de acuerdo táctico a plan estratégico, el presidente de la Cámara de Diputados sería el que peor parado saldría, ya que le resultaría muy complicado explicar un nuevo vaivén a su electorado. Por eso, después de la aparición rutilante en las legislativas de 2013, el 21% en las presidenciales de 2015 y el desinfle a los 11 puntos en la provincia de Buenos Aires en 2017, Massa entendió que era el momento de jugar una carrera de fondo y ya no los cien metros llanos que tienen como línea de llegada el sillón de Rivadavia.

 

Si bien quienes lo conocen descontaban que, con su capacidad y sus relaciones, podía transformar un cargo generalmente gris, como el de presidente de la Cámara de Diputados, en un lugar de alta exposición, pasar del Congreso a protagonizar inauguraciones de obras –siempre consiguen alguna televisación en vivo y en directo- fue una jugada que tomó a mucha gente por sorpresa. Por eso, hasta en su propio entorno, a Massa empiezan a decirle “el ministro”. Su presencia en actos es también un despliegue de sus activos hacia adentro de la alianza de gobierno. El jefe de la cartera de Transporte, Mario Meoni; la titular de AySA, Malena Galmarini; algunas segundas líneas como el titular de Trenes Argentinos, Martín Marinucci. Massa siempre consigue quién le preste un escenario para capitalizarlo.

 

En esa mesa donde cada jugador de peso en el FdT pone lo que tiene para ofrecerle a la alianza, Massa también ofrenda gobernadores. Anota al salteño Gustavo Sáenz como propio y también al chubutense Mariano Arcioni, aunque la gestión de Chubut hoy sea algo más para meter debajo de una alfombra que para regodearse.

 

Pero, pese a la híper actividad en materia parlamentaria y hasta de “gestión”, un sector importante del peronismo esperaba de Massa un rol clave como vocero del oficialismo que nunca terminó de ocupar. El massismo explica esta decisión de dos formas. Una es que, al ser el primer año de gestión de Alberto Fernández, ese era un lugar que tenía ocupar el Presidente; la otra, que su rol en el Congreso lo convirtió en un mediador permanente y que, muchas veces, para sumar votos hay que administrar silencios. Igualmente, esto no le impidió, por ejemplo, improvisar una conferencia de prensa para casi confirmar el acuerdo con los tenedores de bonos en el extranjero antes que el propio ministro Martín Guzmán, uno de los funcionarios con quien mantiene un lazo muy cercano. El zorro pierde el pelo, pero no las mañas.

 

Lealtad peronista 

Así como Horacio Rodríguez Larreta sabe que no puede ser presidente si no mantiene adentro de Juntos por el Cambio al macrismo ultra, Massa sabe que sus sueños presidenciales no pueden concretarse si no logra convencer al kirchnerismo de que, en algún momento, él puede ser su candidato. Por eso viene, ya desde el año pasado, anotándose pruebas de lealtad al ala más K del FdT porque, en sus cálculos, para llegar a la primera magistratura necesita dos cosas: tener los votos suficientes para ganar la elección y, antes, conseguir que sus aliados quieran que él sea su candidato.

 

En ese plan, construyó un puente invisible pero sólido con la vicepresidenta. Si bien el vínculo no trasciende lo institucional, la agenda parlamentaria los convoca a un cruce de mensajes casi permanente y hasta, incluso, a algunos encuentros presenciales. Cuatro o cinco durante la pandemia de 2020. Esto puede parecer poco, pero, en retrospectiva, alcanza para dar por superada una etapa importante, la de la desconfianza.

 

Claro que su link más directo con el corazón del kirchnerismo lo liga de forma más cercana a Máximo Kirchner y Eduardo de Pedro. Con ellos, conforma el trío que se adjudica la gestación del embrión del FdT en una serie de asados en la Mercedes natal del ministro del Interior, mitología del acuerdo que nació para derrumbar al macrismo. “Tenemos un acuerdo político que todos venimos cumpliendo, sin baches”, grafican en las entrañas del massismo.

 

Alguien que vivió en carne propia ese voluntarismo de mostrar lealtad fue Santiago Cafiero. Cada vez que surgían cuestionamientos mediáticos a su tarea y algunos sectores olían en eso una operación de desgaste por parte de Massa para volver al cargo que ocupó entre 2008 y 2009, el propio tigrense se encargó de aplacarlas. “Ni loco vuelvo ahí, eso es una silla eléctrica”, suele bromear sobre la Jefatura de Gabinete, para descomprimir. Ceremonioso, lo invitó a un almuerzo mano a mano en la Cámara de Diputados, allá por agosto, cuando el runrún se puso más álgido.

 

Identidad reservada

En el complejo ejercicio de ganarse el amor del kirchnerismo sin perder identidad, Massa encuentra obstáculos. Muchos y diversos. Algunos terminaron en broncas que no trascendieron la intimidad, como cuando salió a diferenciarse y definir las tomas de tierras en Guernica como “un delito”.

 

La agenda lo llevó a desmarcarse en otros temas: pidió clases presenciales cuando el ministro Nicolás Trotta batallaba contra la oposición subrayando que no estaban dadas las condiciones, respaldó a las pistolas Taser de las que reniega la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, y hasta buscó sintonizar con el campo con un proyecto para tipificar en el Código Penal el “vandalismo rural” cuando el ruralismo más radicalizado denunciaba un sabotaje kirchnerista en los ataques que sufrían sus silobolsas.

 

El enojo más grande de Massa hacia el interior del FdT no fue por algún error de gestión sino de comunicación y tuvo como protagonista al Presidente. La madrugada del 2 de septiembre, Massa y el bloque del FdT batallaron durante horas con la oposición hasta conseguir la aprobación de la ley de promoción del turismo en una sesión escabrosa que Juntos por el Cambio desconocía como válida. Ese mismo miércoles, un par de horas más tarde, Fernández encabezó un acto con industriales donde lamentó que la Cámara de Diputados no hubiera podido, el día anterior, sancionar la ley. Con su error, avalaba la denuncia opositora. La confusión molestó tanto, que el titular de la Cámara baja y el Presidente estuvieron varios días sin hablarse, ni siquiera por WhatsApp. El enojo pasó y nunca llegó a tormenta.

 

Rodeado de su grupo de trabajo habitual, que componen Santiago García Vázquez como su principal asesor en comunicación y prensa, con Juan Manuel Cheppi y Eduardo Cergnul en la diaria del Congreso, el consultor catalán Antoni Gutiérrez-Rubí para la dimensión comunicacional y estratégica e históricos operadores del Frente Renovador como Raúl Pérez, Massa sabe que su alianza con el PJ y con Cristina implica postergar por tiempo indefinido sus pretensiones presidenciales. En su entorno, hay quienes se entusiasman con una vuelta de las cosas que obligue a la coalición de gobierno a un candidato distinto en 2023 y que ese turno se anticipe. Para esa definición, hoy falta una vida. Seguirá, por ahora, en el banco de suplentes.