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El espantapájaros oportuno para la unidad de Todos

Pelea externa, bálsamo interno. El contraataque que le gusta a la gente. Gobernar es otra cosa. Una política sin amigos. El consenso peronista.

Pelea externa, bálsamo interno. El contraataque que le gusta a la gente. Gobernar es otra cosa. Una política sin amigos. El consenso peronista.

Por 14/10/2020 13:49

La reaparición de Mauricio Macri el lunes en televisión jalonó un nuevo feriado de expresión callejera antiperonista y él, para estar a tono, le dio F5 con empeño a la tecla de la grieta hardcore. Como se sabe, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra: esa estrategia terminó la primera vez con Cristina Kirchner como vicepresidenta y ahora viene a sacar a Alberto Fernández de su trance más comprometido como cabeza institucional del Frente de Todos. La insistencia, en todo caso, se justifica en la política pequeña.

 

 

Será que el hombre no encuentra otro modo de salvar su legado, que es el mismo de Juntos por el Cambio en función de gobierno. Sin embargo, no debe llamar la atención que el Presidente haya salido al día siguiente a apalancarlo como en el yudo, subiéndose a lomos de ese potro endemoniado que es el conflicto argento-argentino para silenciar los ruidos internos. Así, convirtió a su antecesor en el espantapájaros perfecto para ahuyentar a las aves de mal agüero que sobrevolaban las fisuras de la alianza oficialista.

Su respuesta en C5N lo tuvo todo: tono alto, interpelación en segunda persona y hasta ratificación de la frase que solo ellos dos saben si el derechista pronunció: "Que mueran los que tengan que morir" con tal de que la economía permaneciera abierta durante la pandemia.

Si ese combo hubiese respondido solo a la calentura, allí habría quedado. Sin embargo, su posteo en la cuenta de prensa del jefe de Estado en Twitter y su RT desde la personal lo convierten en estrategia.

 

 

La interna del Frente de Todos venía agitada en medio de una política sanitaria que ya no evita que la Argentina sea uno de los países más castigados del mundo por el covid-19 en las últimas semanas, de una economía que no termina de dar señales de vida y de una saga cambiaria que amenaza con nuevos episodios. El reproche del ala izquierda de la coalición –tanto a nivel de dirigentes de relativa importancia como de simples militantes o hasta votantes– se hizo estridente tras el voto contra Venezuela en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. El mal, con todo, tiene remedio: nada une más lo diverso que la aparición de un rival en común.

El jefe de Estado se mostró duro, como le gusta al kirchnerismo ídem. Además, se permitió un gesto de autoridad y repitió la operación de la campaña exitosa que lo llevó al Gobierno: él, en el primer plano y Cristina, silente, pero que –como el sol de esa alianza– siempre está. En esos términos, Macri termina discutiendo con una sombra, al menos ante los ojos de esa Argentina acotada pero decisiva que oscila con sus preferencias y sus votos y que, si bien no ama a la vice, tampoco la odia.

Sin embargo, nada es ciento por ciento ganancia. En un sentido, Macri se granjeó el éxito de haber metido como nunca a Fernández en la grieta, una que no le sirve al Presidente para gobernar. "Tranquilizar la economía", tal el mantra del ministro de Economía, Martín Guzmán, es muy difícil en un contexto en el que los tackles se hacen a la altura del cuello.

 

 

Fernández siente ese dilema en carne propia: la grieta le facilita el frente interno, pero le complica el externo, que es el que va a definir el futuro del país y su propio lugar en la historia. Así, este miércoles abordó la cuestión en el 56º coloquio de IDEA, donde dijo que "esa Argentina dividida solo trae problemas (…) Estos días de marchas donde solo se hacen reclamos y hasta protestas en domicilios particulares; ese país no funciona más".

 

 

El Presidente considera la apuesta divisiva de quienes mandan en Juntos por el Cambio casi como un boicot que lo deja sin interlocutores en la oposición. Entonces, peronista al fin, juega a una política que excede los marcos partidarios y ensaya consensos con los representantes de intereses sectoriales –"las corporaciones", diría la tribuna "republicana"–. "Que no los confundan. Tenemos la oportunidad de levantarnos otra vez. Cuento con ustedes", les dijo a los empresarios. A su izquierda, la opinión K acaso califique de ingenuo ese intento, ¿pero cuál es la alternativa?

Aunque el intento de sustraer a la grieta al menos los aspectos más relevantes de la acción de gobierno valga la pena, es posible que, como dicen los duros, no haya con quién hacerlo. La calle se divide entre quienes ponen toda su energía en sobrevivir a una cotidianeidad muy compleja y quienes despiden espuma por la boca. De la política, se dijo, no hay mucho que esperar. Y algunos sectores empresariales, a diferencia de los turbulentos años 80 de Raúl Alfonsín y Juan Carlos Pugliese, hoy responden tanto con el bolsillo como con el corazón (antiperonista). El propio mandatario reconoció en la entrevista mencionada que el intento de inducir a los sojeros a liquidar mediante una baja de retenciones no viene bien.

 

 

¿Cómo que no hay con quien desengrietar la política? ¿Qué hay de Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y otros dirigentes reputados como moderados en Juntos por el Cambio?

Por un lado, la jugada de Macri minimiza al alcalde, pero las culpas no se agotan en el expresidente ya que Fernández ensayó con este un acercamiento en los momentos iniciales de la pandemia que se probó flor de un día, que se marchitó con cada incomodidad que el propio mandatario y el gobernador Axel Kicillof le generaban en aquellas recordadas conferencias de prensa tripartitas y que directamente feneció cuando la presión de la calle y la oposición contribuyó a desmantelar el aislamiento en el área metropolitana. Luego llegó la poda de la coparticipación.

 

Horacio Rodríguez Larreta, Alberto Fernández y Axel Kicillof.

 

Tampoco Larreta ayuda: nunca disputa espacios hacia adentro porque entiende que no es el momento. Cuando le llegue el turno de convertir imagen positiva en sufragios, la derecha dura, confía, se arrimará. 

Sin embargo, en el fondo, ¿qué puede aportar Larreta hoy en términos de conciliación de políticas de Estado?

Más allá de la importancia de gobernar nada menos que la Ciudad de Buenos Aires, poca cosa. Podría, sí, influir con esas postales de concordia que suelen pegar bien en encuestas efímeras. Sin embargo, sus recursos de poder para influir en votaciones legislativas, por caso, oscila entre lo escaso y lo nulo.

Consenso se busca, pero faltan socios. Entonces, queda hacer de la carencia, virtud: si no se lo encuentra afuera, por lo menos que no falte adentro. En eso anda el Presidente. Una vez más, Macri lo hizo.