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La Sociedad Peña-Ritondo de Socorros Mutuos

La Sociedad Peña-Ritondo de Socorros Mutuos

05/03/2019 16:55

 

El jefe de Gabinete y Campaña de la Nación, Marcos Peña, está intratable. Decidido a correr del medio del camino hacia las reelecciones PRO a todo elemento que perturbe el desarrollo de sus planes, maneja con severidad el poder delegado y mil veces refrendado por el presidente Mauricio Macri. Para eso, tiene brazo ejecutor nuevo: el killer -que trabaja para serial- Cristian Ritondo.

La semana pasada, en cumplimiento de un decreto de necesidad y urgencia dictado en caliente por Peña, el ministro saliente de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, ungido presidente stand by de la Cámara de Diputados -ad referéndum de las urnas-, salió a reventar el grano de pus que fastidiaba al macrismo amarillo fuerte: la orden fue sacar de la cancha de una vez por todas a Emilio Monzó, eterno en su gira de despedida. “Tenemos reemplazo”, fue el mensaje al que le siguió un rebencazo disciplinante rayano con el sadismo: el monzosímo tuvo que salir a recular en chancletas y anunciar -nunca públicamente, siempre desde el búnker del off the record- que el jefe se queda porque el Presidente no lo deja irse. Rebeldía light no autorizada.

 

Ritondo se despide de su tropa de uniformados para salir a las rutas con gala de candidato.

 

Este martes de carnaval, el jefe de Gabinete y Campaña emitió otro decreto que difundió en el Boletín Oficial de La Nación: hay una silla para Ritondo en la mesa chica de decisiones proselitistas del oficialismo.

Peña está intratable e insaciable. Ya lo había noqueado a Monzó con la designación de Ritondo como su reemplazante a cuenta de los votos. Pero no le alcanzó con ver groggy a su enemigo íntimo. Con esta nueva resolución, el primer ministro se saca el gusto de pegarle en el piso.

Se ve, con todo, la admisión de una debilidad en el trasluz de la decisión de Peña: el más puro del PRO puro necesita un peronista en el barro de la provincia de Buenos Aires. En 2015, la campaña que llevó a Mauricio Macri a la Casa Rosada y a María Eugenia Vidal al palacio platense de la Gobernación -o a sus sucursales porteñas, para no tironear de la realidad- había contado con los buenos oficios de armador experto en lo bonaerense de Monzó. Esos menesteres le han sido encargados, ahora, al todavía Taquero General de la provincia.

 

Cabeza gacha. Monzó, casi fuera de cuadro en la foto del macrismo.

 

ATRÁS, RADICALES. El horno ya no estaba para bollos. Sin embargo, lejos de producir -al menos- unos gestos de concordia, el macrismo duro echó más leña a esa hoguera que pone la relación del PRO y la UCR -los dos socios mayores de Cambiemos- al rojo vivo y pisotea aún más un contrato que nunca terminó de pasar del estatus primario de alianza electoral.

La Sociedad Peña-Ritondo de Socorros Mutuos hizo ostentación de puntería y le acertó a dos pájaros de un tiro: al sentar -apostando un pleno a la reelección de Mauricio- sus reales en el sillón al que Monzó ya le sacó una nalga y media, bloqueó el acceso de la UCR a un espacio institucional que le hubiera dado, al partido de Alem, un volumen político inédito en la corta historia de desencuentros del matrimonio mal avenido que mantiene por conveniencia -acaso por miedo al limbo- con el partido gobernante.

Los radicales vienen hace rato salando las heridas abiertas en una relación regida por el desprecio y la obturación de espacios de poder real. En el amanecer del año electoral, han decidido -algunos de ellos, al menos- mostrar los dientes, parase de manos frente a la la Casa Rosada y amenazar con plantarle batalla al mismísimo Mauricio en las primarias de agosto. El comodín Lousteau asoma en el mazo del radicalismo flexible.

La cesión de la presidencia de la Cámara de Diputados hubiese tenido efectos de corto, mediano y largo alcance que, en el marco de una relación sana -simbiótica, de confianza- habrían sido ponderados por los estrategas de Balcarce 50:

 

  1. Hubiese sido un ansiolítico eficaz para bajar la ansiedad de los socios de boina blanca.
  1. Le hubiera permitido al jefe de Gabinete y Campaña de la Nación exigir mayor compromiso proselitista a los aliados en un proceso electoral que, dicen las encuestas, se presenta cuesta arriba para el oficialismo.
  1. En el hipotético caso de un segundo mandato de Macri en la Casa Rosada, hubiera aportado a la construcción de gobernabilidad, intangible que, según advierte el macrismo sensato, será un bien aún más escaso que ahora en el río picado del parlamento.

 

“Menos PRO y más Cambiemos”, reclamó recientemente el presidente del Comité Nacional de la UCR, Alfredo Cornejo, uno de los lanceros -tira y guarda, tira y guarda, pero tira- de los revoltosos del partido centenario.

La maniobra que eyecta a Ritondo del gabinete de Vidal y lo para en el umbral incierto del trono parlamentario termina de confirmar que en el macrismo hegemónico impera la vocación contraria: “Más PRO (y no cualquier PRO) y menos Cambiemos” es la consigna. Y que sea lo que Dios quiera, diría el ex compañero Duhalde.

La Sociedad Peña-Ritondo de Socorros Mutuos

 

El jefe de Gabinete y Campaña de la Nación, Marcos Peña, está intratable. Decidido a correr del medio del camino hacia las reelecciones PRO a todo elemento que perturbe el desarrollo de sus planes, maneja con severidad el poder delegado y mil veces refrendado por el presidente Mauricio Macri. Para eso, tiene brazo ejecutor nuevo: el killer -que trabaja para serial- Cristian Ritondo.

La semana pasada, en cumplimiento de un decreto de necesidad y urgencia dictado en caliente por Peña, el ministro saliente de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, ungido presidente stand by de la Cámara de Diputados -ad referéndum de las urnas-, salió a reventar el grano de pus que fastidiaba al macrismo amarillo fuerte: la orden fue sacar de la cancha de una vez por todas a Emilio Monzó, eterno en su gira de despedida. “Tenemos reemplazo”, fue el mensaje al que le siguió un rebencazo disciplinante rayano con el sadismo: el monzosímo tuvo que salir a recular en chancletas y anunciar -nunca públicamente, siempre desde el búnker del off the record- que el jefe se queda porque el Presidente no lo deja irse. Rebeldía light no autorizada.

 

Ritondo se despide de su tropa de uniformados para salir a las rutas con gala de candidato.

 

Este martes de carnaval, el jefe de Gabinete y Campaña emitió otro decreto que difundió en el Boletín Oficial de La Nación: hay una silla para Ritondo en la mesa chica de decisiones proselitistas del oficialismo.

Peña está intratable e insaciable. Ya lo había noqueado a Monzó con la designación de Ritondo como su reemplazante a cuenta de los votos. Pero no le alcanzó con ver groggy a su enemigo íntimo. Con esta nueva resolución, el primer ministro se saca el gusto de pegarle en el piso.

Se ve, con todo, la admisión de una debilidad en el trasluz de la decisión de Peña: el más puro del PRO puro necesita un peronista en el barro de la provincia de Buenos Aires. En 2015, la campaña que llevó a Mauricio Macri a la Casa Rosada y a María Eugenia Vidal al palacio platense de la Gobernación -o a sus sucursales porteñas, para no tironear de la realidad- había contado con los buenos oficios de armador experto en lo bonaerense de Monzó. Esos menesteres le han sido encargados, ahora, al todavía Taquero General de la provincia.

 

Cabeza gacha. Monzó, casi fuera de cuadro en la foto del macrismo.

 

ATRÁS, RADICALES. El horno ya no estaba para bollos. Sin embargo, lejos de producir -al menos- unos gestos de concordia, el macrismo duro echó más leña a esa hoguera que pone la relación del PRO y la UCR -los dos socios mayores de Cambiemos- al rojo vivo y pisotea aún más un contrato que nunca terminó de pasar del estatus primario de alianza electoral.

La Sociedad Peña-Ritondo de Socorros Mutuos hizo ostentación de puntería y le acertó a dos pájaros de un tiro: al sentar -apostando un pleno a la reelección de Mauricio- sus reales en el sillón al que Monzó ya le sacó una nalga y media, bloqueó el acceso de la UCR a un espacio institucional que le hubiera dado, al partido de Alem, un volumen político inédito en la corta historia de desencuentros del matrimonio mal avenido que mantiene por conveniencia -acaso por miedo al limbo- con el partido gobernante.

Los radicales vienen hace rato salando las heridas abiertas en una relación regida por el desprecio y la obturación de espacios de poder real. En el amanecer del año electoral, han decidido -algunos de ellos, al menos- mostrar los dientes, parase de manos frente a la la Casa Rosada y amenazar con plantarle batalla al mismísimo Mauricio en las primarias de agosto. El comodín Lousteau asoma en el mazo del radicalismo flexible.

La cesión de la presidencia de la Cámara de Diputados hubiese tenido efectos de corto, mediano y largo alcance que, en el marco de una relación sana -simbiótica, de confianza- habrían sido ponderados por los estrategas de Balcarce 50:

 

  1. Hubiese sido un ansiolítico eficaz para bajar la ansiedad de los socios de boina blanca.
  1. Le hubiera permitido al jefe de Gabinete y Campaña de la Nación exigir mayor compromiso proselitista a los aliados en un proceso electoral que, dicen las encuestas, se presenta cuesta arriba para el oficialismo.
  1. En el hipotético caso de un segundo mandato de Macri en la Casa Rosada, hubiera aportado a la construcción de gobernabilidad, intangible que, según advierte el macrismo sensato, será un bien aún más escaso que ahora en el río picado del parlamento.

 

“Menos PRO y más Cambiemos”, reclamó recientemente el presidente del Comité Nacional de la UCR, Alfredo Cornejo, uno de los lanceros -tira y guarda, tira y guarda, pero tira- de los revoltosos del partido centenario.

La maniobra que eyecta a Ritondo del gabinete de Vidal y lo para en el umbral incierto del trono parlamentario termina de confirmar que en el macrismo hegemónico impera la vocación contraria: “Más PRO (y no cualquier PRO) y menos Cambiemos” es la consigna. Y que sea lo que Dios quiera, diría el ex compañero Duhalde.