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El primer festejo, con la barra de la lealtad

Son sus históricos compañeros del PJ porteño, los que primero lo vieron candidato. En esta nota, retrato de los incondicionales que brindaron con Fernández a minutos del cierre del comicio.
Por 17/10/2019 15:29

“Yo me sumo a los postres”, dijo Alberto Fernández. Entonces, Eduardo Valdés propuso que el encuentro se hiciera en el “Café Las Palabras”, el museo que el ex embajador en el Vaticano levantó en el barrio de Almagro. En la recta final de la campaña, la charla y las risas entre los viejos compañeros del peronismo porteño duró hasta pasadas las tres de la mañana. De lo importante que se habló, si es que alguien lo recuerda, sólo saben Fernández, Valdés, Jorge Arguello, Alberto Iribarne, Guillermo Oliveri, Julio Vitobello, Claudio Ferreño, Carlos Montero y el único radical aceptado, Miguel Pesce. Antiguos compañeros en la Facultad de Derecho, muchos integraron el Grupo Calafate que apostó por el proyecto de Néstor Kirchner, todos fueron funcionarios durante los largos años kirchneristas y varios quedaron a la deriva en los días de fantasía del Patio de las Palmeras.

 

Montero, Fernández, Olivieri, Vitobello, Ferreno y Valdés. Abril. Cumpleaños del ahora candidato. 

 

LÍNEA FUNDADORA. Militantes de un PJ porteño habituado durante décadas a la derrota, el grupo que posó con el dedito en alto en las páginas de Clarín es el primero que pensó en la alocada idea de convertir a Fernández en candidato a presidente. Puertas adentro le atribuyen a Argüello, el ex embajador en Washington, haber sido el valiente que planteó la necesidad de postular a Alberto cuando la mayoría se reía, entre la incredulidad y la indiferencia. Corría febrero de 2018, Cristina Fernández de Kirchner venía de una derrota resonante en la provincia de Buenos Aires, el liderazgo en el peronismo estaba en discusión y el macrismo se soñaba invencible. Justo Fernández acababa de retomar el diálogo con la responsable del deplorable cristinismo final después de una década de distancia y rencor mutuo.

Puertas adentro le atribuyen a Argüello haber sido el valiente que planteó la necesidad de postular a Alberto cuando la mayoría se reía, entre la incredulidad y la indiferencia. Corría febrero de 2018.

Sin embargo, el primer obstáculo para la candidatura presidencial del ex jefe de Gabinete era el propio Alberto. Después de haber probado sin éxito con Sergio Massa y Florencio Randazzo, Fernández había regresado a la esfera de Cristina y les aseguraba que los votos de la senadora eran intransferibles. El 18 de mayo todo cambió, la ex presidenta hizo su mejor jugada y el profesor de Derecho Penal decidió festejarlo con sus amigos. Los encuentros habituales no se interrumpieron: Novecento, El Histórico y Il Gran Caruso fueron algunos de los sitios elegidos. Ahora los porteños que integran uno de los pocos grupos de WhatsApp de los que participa Fernández exhiben el título de “albertismo línea fundadora”.

Los miembros del albertismo fundacional son amigos del candidato que volvió a enamorar al Círculo Rojo. Compiten por la atención del ex jefe de Gabinete, pero, a diferencia de otros espacios que -también- buscan entornarlo, no le reclaman nada. Juran que, con ellos, Fernández se permite distenderse y dejar a una lado, por un rato, el drama de la pesada herencia que deberá asumir si el 17-O repite el resultado de agosto. En ese grupo, la mayoría está dispuesto a colaborar en la gestión de un nuevo gobierno peronista, aunque cada uno tiene una situación específica.

 

Ferreño, Vitobello, Pesce, Montero, Fernández, Olivieri y Valdés.

 

VOLVER MÁS GRANDES. Para no atarse de manos o para evitarles el fuego de amigos y adversarios o porque todavía duda, Fernández no quiere confirmar a nadie antes de tiempo.

Candidato cantado para ser canciller, Argüello resulta postergado por el profesor de Derecho Penal, quien parece haberse inclinado por el no siempre diplomático Felipe Solá. El ex representante argentino ante las Naciones Unidas y actual secretario de Estado para la cuestión Malvinas de Tierra del Fuego podría ocupar algún otro cargo, pero para eso debería dejar de lado el proyecto Embajada Abierta que puso a andar hace algunos años. La semana pasada, Argüello fue a C5N para defender a Solá en la polémica con el “pequeño provocador” Jorge Faurie: cuestionó al ministro de Macri por el retroceso en la causa Malvinas, lo definió como “buen embajador” en Portugal y “uno de los peores cancilleres de la historia argentina”.

 

 

Para el gabinete, Fernández podría optar por dos o tres más de los peronistas que se reúnen en forma periódica y mantienen -pese a los años- un alto componente de política en sangre.

Con un perfil bajo que cotiza alto, Olivieri, ex secretario de Culto de Néstor y Cristina Kirchner, tiene un puente celestial que lo une con el Vaticano. Es uno de los responsables del encuentro del candidato con el papa Francisco.

Iribarne y Vitobello también cuentan con la absoluta confianza del ex jefe de Gabinete. El primero lo acompañó en la aventura dentro del Frente Renovador y es uno de los candidatos para ocupar un lugar en la ex SIDE. En su tiempo como secretario de Seguridad Interior, durante las transición Duhalde-Kirchner, Iribarne se concentró en crear un grupo de analistas en inteligencia criminal, un modelo que ahora Fernández tiene sobre la mesa. Algunos lo ven en un rol político, casi como el “Anzorreguy de Alberto”, en el caso de que la estrategia no sea, como se insiste últimamente, avanzar con una proyecto para detonar la cueva del espionaje criollo. Pero el ex ministro de Justicia no muestra demasiado entusiasmo en agarrar una de las brasas calientes que tendrá que dominar el próximo gobierno.

 

La barra del PJ porteño. No pide nada, pero puede volver.

 

LA RECONCILIACIÓN. Otro candidato a ser parte del organigrama es Vitobello. Aguerrido volante en los partidos de Olivos en vida de Kirchner, estuvo a cargo de la Oficina Anticorrupción en un tiempo en el que el Frente para la Victoria no mostraba grandes inclinaciones por investigarse a sí mismo. En el Café Las Palabras, están convencidos de que Laura Alonso empequeñeció su obra en tiempo récord.

Con asiento en el búnker de la calle México, Ferreño es un albertista incondicional que figura como candidato a legislador porteño, pero puede también regresar a la Casa Rosada.

Fogueado en la batalla, cercano a Cristina y de diálogo con herejes del cristinismo puro, Valdés, ex embajador en el Vaticano, figura como quinto candidato a diputado nacional y tendría un lugar destacado si lograse ingresar con la boleta de Fernández.

Ex vice del Banco Central y actual presidente del Banco de Tierra del Fuego, Pesce podría ocupar un lugar importante en el área más sensible, donde el albertismo no termina de encontrar una orientación clara y donde no habrá demasiado espacio para risas. Es uno de los pocos sobrevivientes de aquella escuadra de los radicales K que se cobijó en el sueño transversal de Julio Cobos y no terminó abrazado al proyecto de Macri.

Con la experiencia de los errores cometidos, con el prestigio que les devuelve la gestión Cambiemos, el albertismo fundacional se prepara para reconciliarse con el poder. Cuatro años del ex presidente de Boca en la Rosada alcanzaron para convertir al peronismo porteño en aspirante a la victoria.