El tiempo y ciertas gestiones reservadas determinarán si la confesión hecha por Manuel Adorni de haber sido un evasor contumaz y de haber mentido sobre su patrimonio multiplicado en nada menos que 22 declaraciones juradas consecutivas lo salva del cargo más pesado de enriquecimiento ilícito.
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Sin embargo, de lo que no zafó con esos dichos es del repudio amplísimo de la ciudadanía, constatación de la dolorosa derrota de Javier Milei en un aspecto decisivo de la "batalla cultural" que libra para convertir a la Argentina en un país desquiciado.
El –inexplicablemente– todavía jefe de Gabinete cometió ese sincericidio o, acaso, añadió una mentira más a las ya vertidas ante la opinión pública y hasta ante la Cámara de Diputados para ocultar verdades todavía más oscuras en la última entrevista con la que pretendió mejorar su situación en La Nación +.
En ella no sólo confesó haber evadido impuestos durante un cuarto de siglo junto a su esposa Bettina Angeletti, sino que presentó ese hecho como algo moralmente irreprochable y común a la totalidad de los argentinos, argumentos alineados con la prédica de Milei sobre el evasor y fugador "héroe".
En su abstruso afán de admitir que le robó persistentemente a toda la sociedad para negar que se lo deba considerar un chorro –algo insólito–, el también vocero hizo una de más: al reivindicar moralmente sus actos y calificar lo falseado en 22 declaraciones juradas –incluidas dos ya en la función pública, lo que equivaldría al delito de omisión maliciosa– no hizo más que dejar asentado su dolo, por más que salga a su auxilio la nueva presunción de inocencia fiscal.
No hay en eso "un error", como pretendió señalar en referencia a haber "copiado" las declaraciones fraudulentas anteriores y no haber enmendado el engaño en su presentación patrimonial de inicio ante la Oficina Anticorrupciión (OA) al ingresar como funcionario a un gobierno que, por alguna razón que no explicitó, supone ético.
Apología de un delito
En la entrevista del escándalo, el apropiador de ingresos públicos señaló que "toda mi vida, desde los 18 años e incluso antes, trabajé en el sector privado (…). Mi mujer también se dedicó toda la vida al sector privado. Y lo cierto es que, bueno, toda la vida, por supuesto, ahorramos. Lo hicimos en negro como lo ha hecho seguramente la mayoría de los argentinos que tuvo la suerte de ahorrar". Adorni tiene 46 años.
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"Ahí me explica el abogado: 'Mirá, es hasta de segundo orden si el ahorro lo tuviste en negro. Lo que vos tenés que demostrar, porque te están acusando de chorro, es que el ahorro lo conseguiste o lo hiciste o lo generaste previo a tu función pública, ¿no?'", añadió en un descuidado desnudo de su estrategia judicial.
¿Podría ayudarlo para ese fin la convivencia en París entre el ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, y el juez que lleva su causa, Ariel Lijo, quienes acudieron, vaya paradoja, a la reunión del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), que vela por la lucha contra el lavado de activos?
Ese "error", continuó el evasor claustrofóbico, "no lo aclaramos porque la manera de escaparte de la política, de la vieja política, antes era ¿ ahorrar en negro. Esto lo sabe el 99% de los argentinos que tuvieron la suerte de poder tener un ahorro. No se me hubiese nunca ocurrido ahorrar en blanco, menos aun en aquellos años", tapó su fosa argumental, que no suscribiría ningún pagador de IVA por la compra de un paquete de fideos. Tampoco lo harían los miles de empleados en relación de dependencia obligados en estos días a demostrar que no inflaron sus deducciones del impuesto a las Ganancias ante ARCA, el ente dirigido por un hombre también acusado de evasión, enriquecimiento ilícito y lavado de activos como Andrés Vázquez.
Con sus dichos, Adorni añadió a su proceder la admisión de premeditación.
Según él, el evasor es una persona de bien que se defiende de una agresión, esto es de los impuestos. No le importa que los mismos sean imprescindibles para la vida en sociedad, sociedad de la que él mismo, de hecho, extrae sus rentas. Falso: no todo el mundo es como él.
Adorni y la verdad: un oxímoron
"La controversia ya no se debe solamente a una cuestión moral y/o de corrupción. Irrumpe además una 'indigencia conceptual' por parte de Adorni respecto de sus explicaciones para defender su condición y razonar sobre sus cuentas. Tratándose de un jefe de Gabinete, aquel déficit parece por momentos inconcebible. ¿Cómo alguien tan poco dotado intelectualmente llegó a aquel lugar de poder?", se preguntó Carlos Pagni en La Nación.
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Como dice el colega, Adorni es un hombre de facultades intelectuales recortadas. Pero además es un hombre mentiroso y cínico que en 2021 afirmaba en calidad de asesor de inversiones desde el micrófono de Radio Mitre que el bitcoin "es una moneda virtual, que no tiene papel y no la podemos tener en la billetera, pero sí la podemos tener en una billetera virtual en lo que se llama nube, o sea, en Internet. Tiene la ventaja de que es anónima, de que nadie puede perseguir las transferencias y que los Estados no pueden seguirle los movimientos ni perseguirlos. La verdad, el bitcoin es una buena opción". Tal vez a esa imposibilidad de rastrear, que no debería ser tal si sus operaciones fueran las que dice, sea lo que lo ilusione hoy con zafar de la acusación de enriquecimiento ilícito.
No mucho después, ya funcionario y mientras hacía lo que ahora cuenta –para despejar sospechas mayores, vale insistir– se permitía pontificar que "la gente tiene que asumir que la plata que el que gobierna gasta sale del bolsillo de la gente. Hay que justificarlo, hay que auditarlo, hay que controlarlo y si no estás dispuesto a hacerlo, te tenés que ir".
Él no se va.
La venalidad como política de Estado
Hay, sin embargo, algo todavía más importante que la falta de inteligencia, honradez y ética de Adorni. Lo suyo en La Nación + no fue una declaración descolgada, sino que se desprende de uno de los puntos del decálogo de la revolución de los inmorales.
Se vincula, en verdad, con dichos reiterados del Milei candidato y –más grave– del Milei presidente que, entre otras cosas, debe recaudar impuestos para hacer sustentable el país que gobierna. El mismo que, fuera de sí, le organizó a su subordinado de peor imagen una tribuna de funcionarios que dio –y ahora da más– vergüenza ajena durante el informe curado por abogados en la Cámara de Diputados.
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En abril de 2024, en un discurso ante empresarios en el Foro Llao Llao, el ya primer mandatario impactó con una defensa encendida de la figura del evasor y del fugador de divisas.
"Es un héroe, el que fuga es un héroe: logró escaparse de las garras del Estado. Ustedes se ríen, pero yo lo veo así. ¿Qué le recomendarías a tu cliente? Me pongo el traje de economista: comprá dólares. Eso después figura como fuga. Y la verdad que, si lo compran en negro, mejor porque así no tienen que pagar un montón de impuestos estúpidos que hay, todo para financiar a los que levantan la manito y al que lo hace de queruza, para financiar a esos inútiles", aseveró, según la transcripción oficial del discurso.
"La frase dice que 'ladrón que roba a otro ladrón tiene cien años de perdón'. Digo, con lo que han robado los políticos argentinos tenemos la eternidad ganada", insistió, asumiéndose personalmente uno de esos "héroes".
Ese tipo de desvarío, un llamado irresponsable a la rebelión fiscal –más irresponsable aun por provenir de un gobernante– y hasta una apología del delito no fue una excepción.
Hace poco más de un año, Milei declaró en A24 que "al narcotráfico usted lo combate con el Ministerio de Seguridad, con el Ministerio de Defensa. Usted no utiliza la economía, digamos, para combatir el otro delito".
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¿Qué otro delito? El que supone la circulación de dinero negro. Sobre eso, Milei sostuvo que "OK, el que no se pudo escapar, lo lamento, digamos. El otro no hizo nada malo [y quejarse por ese proceder] es una declaración de envidia. El que pudo zafar, genial; no lo tengo que castigar porque pudo huir del ladrón", es decir del Estado.
Repreguntado por la inequidad que sufre quien sí cumplió al pagar impuestos, el Presidente replicó: "Ese quizás no tuvo el talento o no tuvo las agallas o no tuvo lo que fuera como para no para salir del sistema".
A veces ocurre que algunos revolucionarios no entienden qué proceso encarnan. Milei ha sido y es –se verá si lo sigue siendo– un producto del dolor y la rabia, el impulso tanático de una sociedad que clama por condiciones de vida, si no mejores, al menos estables. Nadie le pidió que erija un "hombre nuevo", pero él no lo entiende.
El Estado, campo de la "batalla cultural"
La "confesión" de Adorni buscó apelar a lo que, presume, sabe o siente el 99% de los argentinos. Sin embargo, su argumento cayó mal. Porque mintió, porque lo hizo repetidamente y en la cara de la gente, a la que tomó de estúpida. Y porque, del modo que confesó u otro, le robó a toda la sociedad.
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En el fondo, Adorni y Milei –que, políticamente suicida, no deja de apoyarlo– refieren a aspectos de la "batalla cultural" que creían asentados en el inconciente colectivo, pero que no lo están. Ese tramo de la yihad de la extrema derecha puede ser menos revulsivo que la venta de órganos y el tráfico de niños –temas sobre los cuales Milei recomienda lecturas a sus ministros–, pero acaso resulta más concreto, más vinculado a las cosas que efectivamente ocurren.
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Lo que está en juego es toda una concepción sobre el Estado y sobre la relación entre la sociedad y él. Impropia de gente que pretende gobernar, pero que se deslegitima por hacerlo con angurria, sin pericia y sin empatía.
Si en ese terreno se disputó una batalla, el Gobierno la perdió, incluso cuando efectivamente hay mucho, demasiado dinero en negro en la economía nacional y fuera de ella. Lo que no cala es que comer estiércol esté bien sólo porque millones de moscas lo hagan y, mucho menos, cuando la mosca es un funcionario público que, encima, predicaba ética desde un atril que jamás mereció.
Entre la hegemonía y el eco propio
Los gobiernos empeñados en librar "batallas culturales" suelen confundir el ruido de su propio eco, potenciado por el uso del poder, con una hegemonía cultural que no es tal.
Como dijo el sociólogo y antropólogo Pablo Semán en el libro Está entre nosotros, que coescribió y compiló al inicio de esta distopía , "tanto la pretendida nueva hegemonía que asombra a los progresistas como la situación supuestamente minoritaria que indigna a los partidarios de las nuevas derechas son el reverso de una confusión entre la oficialización del punto de vista y la efectiva modificación de las relaciones de fuerza simbólica: ni el progresismo había avanzado tanto ni la nueva derecha estaba tan en soledad como para que su militancia fuese un grito en el desierto". Hoy, con la "batalla cultural" de la extrema derecha en pleno despliegue, pasa exactamente lo mismo, sólo que al revés.
La prueba de eso está dada por el reflejo del opoficialismo que se da vuelta –al final es lo que siempre hace– y que amenaza con someter a Adorni a una interpelación y, en un extremo, a una moción de censura inédita desde la entrada en vigor de la Constitución Nacional de 1994. Acaba de comenzar una semana clave para conocer ese futuro.
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Si una mayoría no hubiese condenado el pretendido "sentido común" paleolibertario, esos republicanos de oportunidad –ni, todavía más interesante, miembros del propio gabinete– no estarían pegando las piruetas en el aire que se ven en estos días.
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¿Será como anticipó en una nota publicada en Letra PMauricio Cantando que los destinos del jefe de Gabinete que no manda a ningún ministro y del vocero mudo oscilan entre la renuncia y la destitución?
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¿Sería un oportuno pedido de licencia un modo de amortiguar el daño que Milei, ya sea por lealtad, por convicción o acaso por una compincharía inconfesable ya se ha infligido asimismo?