Una mirada sobre el hundimiento del centro

El segundo semestre del año será el laboratorio de las ideas que se verán en la cancha política en el 2027 electoral, cuando Javier Milei buscará su reelección y el peronismo, algún tipo de ordenamiento para ser capaz de darle pelea. En ese sentido, llama la atención el modo en que las alternativas pretendidamente centristas pierden terreno una vez más, lo que, a tono con la experiencia internacional reciente, señala un camino de polarización. ¿Será ese un camino inevitable?

¿Para ganarle a Milei hay que ocuparle el centro, como dirían los viejos manuales?

Primero lo primero: ¿por qué Milei llegó al gobierno? De la mano de eso, ¿por qué a las alternativas "del medio" les cuesta tanto y tan persistentemente afianzarse como opciones de poder viables? Asimismo, por tomar un caso posiblemente paradigmático, ¿el perfil cada vez más ultra de Jorge Macri representa hoy algo más que una expresión municipal y, en cambio, dice algo sobre la política grande por venir?

Los resultados y sus sesgos

¿Por qué ganó Milei? A esta altura, la ciencia política ha fatigado ciertos casilleros explicativos que ya son parte del paisaje: que el mundo no se hizo de golpe de derecha, sino que asiste a alternancias pendulares –de ida y de vuelta, de los demócratas de Joe Biden a Donald Trump, de Jair Bolsonaro a Luiz Inácio Lula da Silva, de Gustavo Petro a Abelardo de la Espriella…–, y que las redes sociales operan como vectores que validan y congregan comunidades en torno a ideas maximalistas que antes eran marginales. Se tata de diagnósticos conocidos. El error, si es que existe, está en leer esa radicalización como un fenómeno eminentemente doctrinario, cuando la causa subyacente sería más pedestre.

Es sabido que la política realmente existente hace tiempo ha dejado de dar respuestas a inquietudes comunes a muchas sociedades, en especial en sus segmentos medios: la persistente declinación de las condiciones materiales de vida, las modalidades cada vez más precarias del trabajo, el acceso a la vivienda y la calidad de los servicios públicos.

Esa falta de respuestas de la política mainstream llevó a los segmentos oscilantes de los electorados a buscar opciones en los extremos, entendidos como lo nuevo.

No es que Milei haya sido votado porque le gustaba pegarle palazos a maquetas del Banco Central o porque la venta de niños u órganos le parecieran ideas extraordinarias. Con independencia de eso, el hombre prometió con éxito una vía diferente para la solución de problemas al parecer irresolubles.

Lo mismo podría decirse de Trump respecto del costo de vida, de Keiko Fujimori ante la ingobernabilidad de Perú, de De la Espriella sobre la seguridad y la persistencia de guerrillas y bandas armadas, o del alcalde socialista Zohran Mamdani bajo el concepto de la asequibilidad de la vida en Nueva York.

El politólogo y especialista en comunicación política Mario Riorda viene trillando esa senda al señalar que lo que prima es la convergencia entre el voto ciudadano y la respuesta política efectiva a situaciones de crisis sostenidas en el tiempo. El votante busca, ante todo, un resultado.

Sin embargo, que la demanda prioritaria sea de gestión no significa que las ideologías hayan muerto o que sean elementos secundarios. Al contrario: son los envases narrativos que contienen, justifican y dan forma a las promesas de dar soluciones.

Ciertos errores de enfoque parecen vincularse con la insistencia en usar lo ideológico como paquetes cerrados con candados, sin pasarlo por el baño de humildad de asumirlo como un sistema de valores apto para alumbrar soluciones que se reclaman.

Por supuesto que nada gira en el vacío: la tradición de las sociedades capitalistas periféricas está formateada en torno a situaciones en las que los Estados han ido perdiendo posiciones frente a mercados cada vez más informales –e incluso clandestinos–, y en las que las ideas de comunidad han ido claudicando ante formas extremas de individualismo.

Si todo, empezando por el trabajo, se ha hecho líquido, por qué no lo serían las opciones políticas. Pero eso no mata los sistemas de valores que, dogmas aparte, son la savia de lo ideológico.

El laboratorio porteño

El caso de Jorge Macri en la Ciudad de Buenos Aires es ilustrativo de esta tensión entre la búsqueda de resultados desde una derechización ideológica usada como escudo.

Entrar a su cuenta de X resulta pasmoso: palmo a palmo con Milei, probablemente no hay otro dirigente en la Argentina actual que desgrane con tanta persistencia un discurso de ultraderecha.

El jefe de Gobierno reacciona a una realidad electoral que ya le demostró que La Libertad Avanza (LLA) le come electorado por derecha. Eso, sumado al ahogo al que Milei somete al PRO de Mauricio Macri, lo ha convencido de ocupar con esmero ese lugar extremo.

Los operativos policiales, la detección de extranjeros sin papeles, el tributo continuo a la serie La ley y el orden y el desprecio a todo lo que se vincule con el conurbano bonaerense son sus marcas en el orillo. Es su manera de ofrecer un "resultado" visible y rápido, el orden público, envuelto en un encuadre ideológico explícito.

Esta semana, por alguna razón, se viralizaron unos dichos del alcalde en los que no sólo embistió contra las personas en situación de calle y contra "el conurbano" sobre el que manda Axel Kicillof, sino contra la propia Iglesia.

Fuentes cercanas a al jefe de Gobierno no abjuraron de esos dichos, aunque sólo precisaron que ocurrieron el año pasado en una reunión con vecinos.

Según dijo entonces, "cuando te doy una opción, no podés vivir en la calle. Y damos muchas opciones (…). Como una de las excusas es 'yo tengo un animal, no tengo dónde dejar la mascota', bueno, también tenemos un parador con canil. Un montón estamos haciendo, nos cuesta un montón de plata. La mitad de esa plata la gastamos en gente que viene de la provincia", señaló. Raro: no debe ser fácil determinar el domicilio que les correspondería a personas que, justamente, carecen de ello.

Agregó que "acá hay una discusión que (…) también tengo con la Iglesia en general, porque la lógica de darles comida y abrigo afuera, porque nunca los meten en la iglesia, sólo hace que vengan más y cada vez queden más dependientes de eso (…). Por supuesto que hay que dar de comer, nosotros no queremos que a nadie le falte comida. De hecho, damos 475 mil raciones de comida por día en la Ciudad de Buenos Aires, pero no es solución vivir en la calle".

Fuentes de la Iglesia consultadas por La Nación expresaron sorpresa ante esos dichos virales.

"'Nos llama la atención esta manifestación', expresó Facundo Fernández Buils, director de Comunicación Institucional del Arzobispado de Buenos Aires", según el artículo mencionado.

"No es sólo un plato de comida. Tenemos una red de personas que acompañan a personas que no quieren ir a hogares o paradores; no fomentamos que se queden en la calle", agregó.

También referentes políticos cuestionaron a Macri, peronistas y no solamente peronistas.

"Emmanuel Ferrario y Guadalupe Tagliaferri, legisladores porteños que forman parte del espacio del exjefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta, resaltaron el rol de la Iglesia ante la gente en situación de calle. 'En lugar de colaborar con la Iglesia y las organizaciones que ayudan a las personas que están en la calle, Jorge Macri se enoja porque denuncian lo que el gobierno de la Ciudad no hace: sacar a la gente de la calle', escribió Ferrario" en X, según recogió La Nación.

¿El fin de la ideología?

Este tipo de narrativa excede la mera táctica de cerrar filtraciones de votos por derecha; responde a un modo específico de prometer resultados desde un paquete de valores muy específico.

Antes de ser el "gobernador" porteño, Jorge Macri había sido intendente de Vicente López, un partido del conurbano norte acomodado, pero de ninguna manera carente de bolsones de pobreza. Es como si él se despegara de ese pasado o, por otra vía, como si buscara en el manodurismo respuestas a los problemas de una metrópoli que, en virtud del modelo económico vigente en la era Milei, también se conurbaniza.

Ahí es donde lo ideológico se vuelve inseparable del resultado: el desmantelamiento de la sensibilidad social se ofrece como un modo de hacer más eficientes los recursos públicos.

La pregunta, entonces, no es si la ideología aún importa, sino qué narrativa progresista o popular en un sentido amplio podría abordar la sed social de soluciones reales, el hartazgo con la "casta" y la percepción de que la política es un lugar de acomodados y de adornis, sin caer en la moderación abstracta de un centro que ya no contiene a nadie.

En ese sentido, tal vez el fracaso persistente de las terceras vías radique en concebir el centro como una referencia programática, de moderación chirle –para peor, fingidamente institucionalistas–, y no como un espacio geográficamente político, habitado por personas de encuadre lábil y ávidas de respuestas a sus problemas existenciales.

El framing de 2027 va tomando forma.

Que tengas un excelente fin de semana. Hasta el lunes, cuando desPertar ya habrá cumplido cuatro años. Vaya satisfacción.

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