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La guerra en Irán, hacia un punto de inflexión

"Cuatro o cinco semanas", fue el rango que, pleno de confianza, definió Donald Trump el 28 de febrero, primer día de la "excursión" bélica lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, buscando dar una señal no sólo sobre cuánto duraría el conflicto, sino especialmente sobre cuánto se prolongaría una disrupción financiera peligrosa para el mundo y para sus propios intereses políticos. Pues bien, el rango inferior de aquel pronóstico se cumple hoy y quedan apenas siete días para que analistas y traders decidan si siguen creyendo en aquellas palabras o si, en cambio, asumen las consecuencias de ingresar en territorio desconocido.

El jefe de la Casa Blanca es un hombre que sabe negociar aprovechando el poder que tiene: en concreto, canta falta envido en todas las manos ante rivales que saben que él y nadie más que él mezcla el mazo.

Así ocurrió con los aranceles impuestos a casi todo el mundo y también con el secuestro de Nicolás Maduro, con lo que no buscó desalojar al chavismo del Palacio de Miraflores, sino someterlo y poner fin al envío de petróleo subsidiado a Cuba. Esta última movida fue una carambola de billar destinada a que el régimen comunista de la isla tambalee en medio de apagones masivos, repetidos y desestabilizadores. Acaso esta sea una historia que haya que contar pronto.

Sin embargo, Irán es otra cosa.

Para que una de las partes de una guerra ondee bandera blanca es necesario que se reconozca como derrotada, cosa que parece más difícil en el caso de la República Islámica. Por eso, mientras esta resiste y Trump inventa cada día una excusa nueva para sostener la idea de que hay negociaciones promisorias en marcha, las partes escudriñan cuán cerca está el enemigo de llegar al punto de fractura.

Las urgencias de Trump y las de Milei

Vale repasar brevemente qué se juega la Argentina en esta ruleta rusa global.

Entre otras cosas, una guerra larga en el golfo Pérsico podría llevar la cotización internacional del crudo muy por encima de los alrededor de 100 dólares actuales. Sería una pesadilla.

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Más allá de una mejora de la balanza comercial, para el proyecto de Javier Milei eso significaría presiones inflacionarias mayores a las que ya se expresan este mes a partir del aumento de los combustibles; un alejamiento de la meta de regreso al mercado voluntario de deuda en un contexto de "vuelo a la calidad" de los capitales; una exigencia mayor para mantener al día la deuda pública; encarecimiento ulterior del crédito interno y mayor enfriamiento de la actividad; menos y peor trabajo, y un clima político más deteriorado que hace que venalidades que en otro momento pasarían con menos ruido le peguen al Gobierno más duramente por debajo de la línea de flotación.

El tictac del petróleo suena de nuevo

La idea, aireada por el republicano, de que estaba a punto de conseguir que la teocracia capitulara le dio en el inicio de la semana una tregua a Wall Street. Sin embargo, la evidencia de que las "negociaciones" no eran más que recados transmitidos por vías indirectas –Egipto, Turquía y Pakistán– y de que la supuesta aceptación de Teherán de "15 exigencias" de Washington era apenas una expresión de deseos volvió a pegar en el ánimo de inversores.

Los principales índices bursátiles revirtieron ayer los rebotes de ruedas previas y sufrieron la mayor caída desde el inicio de la guerra.

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Fuente: MarketWatch.

En tanto, el petróleo de Brent –mar del Norte, de amplia referencia internacional y en especial para la Argentina– recuperó parte de lo perdido en los días de optimismo y se sostuvo por encima del umbral crítico de los 100 dólares por barril.

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Fuente: Investing.com

¿Trump negocia o prepara un infierno?

Hoy vencía la primera prórroga decidida por Trump para cumplir su amenaza de destruir todo el sistema eléctrico de Irán si ese país no libera el paso por el estrecho de Ormuz.

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Como las gestiones diplomáticas no van, por ahora, a ningún lado, el veleidoso republicano extendió el plazo por diez días más. Mejor así: en caso de que el ataque aliado tomara ese cariz, la Guardia Revolucionaria golpearía toda instalación petrolera, gasífera y eléctrica en la otra costa del Golfo, lo que convertiría en realidad la profecía de un crudo en valores de locura.

Mientras, para desesperación de Trump, el estrecho de Ormuz, recodo del golfo Pérsico por el que en tiempos normales pasa el 20% del petróleo que circula por el mundo, sigue cerrado, y ni siquiera su amenaza de destruir la infraestructura de la isla iraní de Kharg disuade a Teherán.

Ese enclave, un territorio de apenas 25 kilómetros cuadrados, es a la vez el motor de la economía iraní y un talón de Aquiles insólito para un régimen que se preparó durante muchos años para esta guerra: allí se concentra el 90% de la actividad exportadora de hidrocarburos del país.

Las idas y vueltas del presidente estadounidense intrigan.

Algunos analistas piensan que responden a un intento –un tanto desesperado y desprolijo– de forzar un cese del fuego que le permita ponerle fin a una "excursión" cara en términos económicos y políticos.

En tanto, otros creen que sólo gana tiempo para que lleguen al teatro de operaciones mil efectivos aerotransportados más, lo que le permitiría conformar una fuerza de 10.000 combatientes de élite para encarar una invasión terrestre limitada. Sería el "infierno" que promete en sus raptos de furia.

El tabú de las boots on the ground

Nadie quiere saber nada con eso en Estados Unidos, ni demócratas ni republicanos. El trauma de las guerras en Afganistán e Irak está demasiado fresco.

Trump fue en su primer mandato –2017-2021– un aislacionista y uno de los presidentes recientes con menor propensión a la guerra. Prometiendo lo mismo volvió a la Casa Blanca, aunque desde ese momento no ha dejado de desatar violencias.

En el caso de Irán, sus incentivos para violar el tabú y poner boots on the ground son básicamente tres.

Por un lado, dar con los 440 kilos de uranio enriquecido al 60%, una excelente base para refinarlo a más del 90% necesario para acceder a "la bomba" o, en caso de caos, carne de contrabando para que algún grupo terrorista lo use para armar una bomba sucia. El paradero de ese material y su nivel de protección militar es por ahora un misterio.

Por el otro, generar algún sacudón en el terreno capaz de desatar una dinámica diferente, que le dificulte al régimen islamista mantener, como lo ha hecho hasta ahora, el control sobre el país.

Tercero, si la hipótesis del asalto a Kharg se concretara, darle a ese operativo lo que simples bombardeos no pueden lograr.

El drama de Trump es que parece haberse lanzado a esta guerra con una definición difusa de objetivos, y seguramente empujado o convencido por Benjamín Netanyahu, a quien sólo le importa que Irán deje de ser una "amenaza existencial" para Israel con sus programas nuclear y misilístico. Para el Estado judío, que el petróleo se dispare o que el mundo se hunda en una recesión son costos menores en comparación con el objetivo estratégico que persigue.

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Donald Trump y Benjamín Netanyahu rompen los delicados equilibrios internacionales, según el arte de Soumydip Sinha en The Hindu.

Esa falla de origen hizo que el norteamericano no haya ponderado debidamente el riesgo económico del cierre del estrecho de Ormuz –para cuya reapertura acudió, sin éxito, a los exsocios europeos que hasta ahora humillaba– ni la resiliencia iraní para seguir respondiendo, pese al castigo sufrido, con misiles –algunos de alcance superior a 4000 kilómetros, capaces de golpear ciudades europeas– y drones.

El secreto mejor guardado de Irán

El uso de drones guiados por GPS y cargados de explosivos merece una breve referencia.

El costo de cada uno de ellos promedia los 20.000 o 30.000 dólares, lo que permite el lanzamiento de oleadas muy numerosas sobre los objetivos. Cada misil que se usa para derribar uno de esos aparatos cuesta, digamos, cinco millones de dólares.

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Esa relación costo-beneficio le permitió a Irán realizar una operación de alto impacto el último fin de semana. Tras saturar el sistema de defensa Cúpula de Hierro con misiles y drones lanzados sobre Tel Aviv y Jerusalén, obligó a Israel a trasladar a esas ciudades proyectiles de intercepción desde localidades más pequeñas, las que quedaron indefensas. Eso permitió que sendos misiles cayeran, con libertad, sobre las ciudades septentrionales de Arad y Dimona, dejando casi 200 heridos. Dimona, además, es sede del complejo nuclear de Israel.

¿Irán no supo, no pudo o no quiso golpearlo? Eso, que habría generado una suerte de Chernobyl regional, quedó flotando como una inquietud que no se disipa.

Los significados de ganar y perder

Trump no miente cuando afirma que la Armada, la Fuerza Aérea y la defensa antimisiles de Irán han quedado destruidas. Tampoco cuando señala que las instalaciones atómicas han sufrido daños gravísimos, capaces de atrasar por años el programa nuclear militar. Sin embargo, como se acaba de señalar, la capacidad de respuesta no ha sido liquidada e Irán no llegó a su punto de fractura.

¿Qué es ganar y qué es perder? Todo depende de los objetivos. En el caso de Estados Unidos, la tarea se hace difícil por la confusa explicitación de los mismos.

Si Trump y Netanyahu dijeron el día uno que el objetivo era el "cambio de régimen", habría que concluir que eso no ocurrió hasta el momento y que, entonces, la represiva teocracia chiita por ahora puede cantar victoria.

Sin embargo, los aliados sí consiguieron degradar severamente la capacidad militar de Irán y provocaron graves daños a la infraestructura persa, lo que limitará la posibilidad del régimen de asistir con armas y dinero a sus proxies regionales: la milicia Hizbulá –intensamente golpeada otra vez por Israel en el sur del Líbano–, el grupo terrorista palestino Hamás, los rebeldes hutíes de Yemen y milicias chiitas del sur de Irak.

Con todo, mientras sobreviva a pesar de la destrucción, las 2000 muertes reportadas hasta el momento, la eliminación de su anterior líder supremo Alí Jameneí –reemplazado por su hijo Mojtaba– y de buena parte de su plana mayor, el régimen iraní, basado en una cultura de la resistencia y el martirio, tiene motivos para no percibirse vencido.

Cuando comienza la crucial quinta semana de conflicto, todo es incertidumbre.

¿Una negociación imposible?

Trump dice que Irán renunció a dotarse de armas nucleares, pero eso es lo que la teocracia argumentó por casi medio siglo, más allá de la evidencia de que sus palabras y sus actos transitaban vías divergentes.

La limitación en cantidad y alcance de los misiles iraníes no parece tampoco de fácil aceptación, así como la ruptura definitiva con sus proxies.

Ante el vacío de liderazgo, crece la influencia del líder del Parlamento Mohamad Bagher Qalibaf, un halcón que en su momento gobernó Teherán y comandó la Guardia Revolucionaria. El riesgo de matar a toda una camada de dirigentes es que tomen la posta otros aun más inflexibles.

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Las partes parecen lejos de pactar.

Como te dije desde el principio, tal vez esta de Irán sea otra "guerra inconclusa", una que, como en Gaza y en Venezuela, no desaloje a los enemigos del poder, sino simplemente degrade sus capacidades ofensivas.

También está latente otra especulación que compartí con vos: que ante la proximidad de las elecciones de mitad de mandato de noviembre, a las que los republicanos llegarían mal pisados en momentos en que las naftas se encarecieron más de un 30% y la popularidad de Trump cayó bien por debajo del 40%, el presidente se despierte un día con ganas de proclamar que ganó, de terminar con lo que empezó y de limitar su involucramiento a la defensa de un Israel que, tal vez, prefiera seguir en campaña.

Estados Unidos e Irán se tantean en busca de sus respectivos puntos de quiebre militar, económico y político.

Los próximos días nos darán claves valiosas al respecto. A nosotros y al atribulado Milei de estos días, que se arriesga, elecciones mediante en el norte, a perder buena parte de la atención de su garante de última instancia.

Que tengas un excelente fin de semana. Hasta el lunes.

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