LA QUINTA PATA

Democracia blanda en la América polarizada

Las elecciones decaen como fuente de legitimidad. Polarización, empate y llamados a la "resistencia". Perú y Colombia. ¿Brasil? ¿La Argentina de Javier Milei?

Las últimas elecciones celebradas en América Latina, que consagraron a Keiko Fujimori en Perú y a Abelardo de la Espriella en Colombia, derivaron en un desconocimiento de los derrotados y en llamados a la "resistencia patriótica" y a la "desobediencia civil", respectivamente. ¿Esas crisis delinean un futuro posible para la Argentina en la que Javier Milei peleará por su reelección?

La tendencia se advirtió en procesos comiciales en los que terminó primando la polarización ideológica derivaron en escrutinios asombrosamente parejos y en discusiones sobre ciertos recuentos, sobre todo de los votos emitidos en el exterior.

Esos elementos de crisis política, con todo, derivan ahora en algo más serio: en una crisis ya de tipo institucional, toda vez que los candidatos de izquierda vencidos desconocieron los resultados y buscan liderar rechazos sociales amplios a las respectivas legitimidades de origen de los ganadores.

Salvo algún dicho trasnochado, los procesos electorales argentinos nunca generaron denuncias creíbles de fraude y permitieron victorias de todos los signos políticos, incluso de outsiders totales y sin aparato como Milei. Sin embargo, algunas condiciones peculiares de la coyuntura podrían asemejar el caso argentino a los mencionados.

Una democracia que cruje

En Perú, la hija de Alberto Fujimori, la ultraderechista Keiko, se impuso sobre el izquierdista Roberto Sánchez por apenas 49.641 votos sobre un padrón de más de 27,3 millones de electores y 22,6 millones de votos emitidos. Increíblemente estrecho.

Las elecciones en Perú se definieron por un margen llamativamente acotado de votos. El derrotado, Roberto Sánchez, denunció fraude y llamó a la

Las elecciones en Perú se definieron por un margen llamativamente acotado de votos. El derrotado, Roberto Sánchez, denunció fraude y llamó a la "resistencia patriótica".

El seguidor del expresidente preso por un intento de autogolpe Pedro Castillo, a quien había prometido indultar como primer acto de su eventual gobierno, reprochó el recuento de los votos emitidos en el exterior –especialmente en Estados Unidos–, denunció fraude y, en representación "de los más de nueve millones de ciudadanos" que optaron por su postulación, llamó a "una lucha democrática en el marco de la ley y de la Constitución".

"Apelaremos a la lucha de resistencia patriótica popular democrática en base a la normativa y en base a nuestros derechos constitucionales", añadió.

Democracia y mercado, ¿asuntos separados?

¿En qué consistirá la "resistencia patriótica" que prometió? En formas de lucha pacíficas, una oposición intransigente en el Congreso, activación de movimientos sociales y políticos, y una ola de manifestaciones y reclamos ante organismos internacionales. Eso en principio, aunque, para solaz de Toto Caputo, la estabilidad económica parezca a salvo por el momento.

Al revés de sus conatos antidemocráticos del pasado, Fujimori respondió esta vez con cautela, conocedora de que la inestabilidad institucionalidad crónica del país, de la que su partido ha sido protagonista principalísimo, no da para excesos cuando no se trata de llegar al poder, sino de conservarlo.

Así, sobre las protestas anticipadas por Sánchez, señaló que "es importante que los ciudadanos que participen estén siempre alertas y no se dejen llevar por narrativas o comentarios que, en realidad, buscan generar más odio y división entre los peruanos."

Estados Unidos, un factor de irritación

Aunque menos agónico, en Colombia también se dio un resultado muy apretado: apenas 251.854 votos a favor de De la Espriella por sobre el delfín de Gustavo Petro, el senador Iván Cepeda, sobre un total de 26,34 millones de sufragios.

Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia. Su condición de aliado de Donald Trump y, sobre todo, de ciudadano estadounidense provoca controversias inacabables.

Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia. Su condición de aliado de Donald Trump y, sobre todo, de ciudadano estadounidense provoca controversias inacabables.

Tras la espera de la la noche del ballottage, Cepeda reconoció el veredicto del escrutinio definitivo.

Eso, que conspira contra la legitimidad de su giro de los últimos días, cambió cuando puso sobre la mesa un tema que, de hecho, había sobrevolado toda la campaña: la condición del presidente electo de ciudadano de Estados Unidos, trámite que obliga a quien jura a privilegiar la lealtad al país de adopción por encima de cualquier otra. ¿También por encima de la que le debe a la Colombia que gobernará?

"Si De la Espriella no renunciara a su condición de ciudadano estadounidense, y probablemente también de miembro de una agencia de seguridad estadounidense, no debería posesionarse como presidente de la República. De hacerlo, su posesión estará viciada sin lugar a dudas y será ilegal e ilegítima", dijo.

Más allá de eso, añadió otras condiciones ante lo que la izquierda colombiana teme tanto por el carácter autoritario del electo como por su alineamiento total con la administración de Donald Trump: que no haya persecuciones judiciales contra Petro, que nadie ose levantar cargos en su contra que lleven a una extradición a Estados Unidos y que no se produzca ningún hostigamiento a la oposición en general, entre otras.

Si ocurriera lo contrario, Cepeda, como jefe de la oposición, lideraría "el camino de la desobediencia civil pacífica, que implica no reconocer la autoridad de alguien que no responde a la defensa de la soberanía nacional", dijio.

Una vez más: ¿qué implicaría eso? En palabras del propio legislador, un desconocimiento pacífico "de cualquier orden, cualquier disposición o mandato de alguien que no responde a la condición de guardián y garante de nuestra Constitución política".

Próxima escala: Brasil

Como Perú, Colombia, la cuarta economía de América Latina, emprende un camino resbaladizo y sinuoso. Sin embargo, el problema no se limita a esos países.

Brasil votará a su próximo presidente el primer domingo de octubre y, seguramente en segundo turno, el último domingo del mismo mes.

La última encuesta de la consultora Atlas Intel, una de las más seguidas, arrojó una intención de voto del 48,8% para Luiz Inácio Lula da Silva y una de 42,3% para el senador Flávio Bolsonaro, hijo de Jair, el expresidente preso por golpista, y hermano de Eduardo, condenado y prófugo por extorsión a los jueces del Supremo debido a sus gestiones para que Trump les impusiera sanciones por la pena aplicada al exmandatario.

Eduardo, Jair, Flávio y Carlos Bolsonaro: el clan de la ultraderecha de Brasil.

Eduardo, Jair, Flávio y Carlos Bolsonaro: el clan de la ultraderecha de Brasil.

Sin embargo, los sondeos siguen impactados por un escándalo por presunta financiación ilegal de la campaña del extremista de derecha de parte de un banquero preso por fraude, Daniel Vorcaro.

Antes de que ese caso se conociera, los estudios demoscópicos arrojaban una pelea voto a voto, y ahora surgen indicios que vinculan a Vorcaro con algunas figuras del Partido de los Trabajadores (PT). ¿Volverá el escenario de paridad cuando el caso progrese o, por el contrario, cuando sus fuegos se apaguen?

De ese modo y teniendo en cuenta la existencia de un Brasil partido por la mitad que reflejó el resultado de los comicios de 2022, no es posible descartar una puja cerrada y, habida cuenta de los antecedentes antidemocráticos del bolsonarismo, un llamado, ahora por derecha, a desconocer el resultado. A fin de cuentas, eso es lo que intentó hacer, asalto a las sedes de los tres poderes en Brasilia y agitación en los cuarteles mediante, hace casi cuatro años.

Argentina y las elecciones 2027

Como se nota, la institucionalidad pende de un hilo en países clave de América Latina y cunden los ejemplos de rechazo de los resultados electorales. Argentina nunca tuvo ese drama, seguramente por la seguridad de sus procedimientos y porque normalmente los escrutinios arrojan ganadores y perdedores claros. Así fue, por ejemplo, en 2023, cuando Milei venció a Sergio Massa por 56% a 44%.

Javier Milei y Sergio Massa, durante el recordado debate de 2023.

Javier Milei y Sergio Massa, durante el recordado debate de 2023.

Sin embargo, el pasado no deja garantías de reiteración y, cuando menos, debería llamar la atención la tendencia que se da en muchos países de comicios no sólo ideológicamente polarizados, sino también generadores de virtuales empates sociales.

La última encuesta de Atlas Intel volvió a registrar un repunte de la aprobación de Milei. El presidente herido del primer cuatrimestre del año ya no está tan débil y, al arrimarse a una aceptación cercana al 40%, se pone en carrera como posible favorito.

Por otro lado, si se presta atención, los niveles de imagen del mandatario y de Axel Kicillof –hoy, el único precandidato opositor verdaderamente instalado– aparecen prácticamente empatados.

Con todo, el tamaño del rechazo al jefe de Estado sigue muy elevado, por lo que tampoco parece que Milei esté para descollar, lo que lo pone en un pie de equivalencia con quienes confrontan con él.

Acaso el escenario de una presidencial peleada voto a voto sea lo que anime la obsesión oficial por cancelar o suspender las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) o, al menos, quitarles el carácter forzoso y limitarlas a los partidos o alianzas que presenten competencia interna, con los riesgos hipotéticos de manipulaciones externas que eso supondría.

Todo sea por dificultar la organización de la extraviada oposición peronista, dentro de la cual surgen mociones de ruptura y en la que, para aguantar los trapos de la unidad, el gobernador bonaerense hace una apuesta fuerte a ese instrumento. De paso, por cortarles la cabeza a algunos conatos de autonomía que protagoniza Mauricio Macri por momentos, con convicción endeble–, los que, de concretarse, podrían contribuir a emparejar la cancha a pesar de la economía que no arranca.

A Toto Caputo también le vendría bien que no hubiera primarias… solamente si se especulara con un resultado que no dejase a Milei como favorito descollante. Si, al contrario, el jefe de Estado saliera de ellas ampliamente fortalecido, ¿qué mejor que celebrarlas para que, como anticipó el propio ministro de Economía, quedara claro que la reelección debería darse por hecha y así terminar con toda incertidumbre?

Será que el escenario de unos comicios muy parejos no es, al menos en las mesas de arena del presente, ninguna locura.

El empate tan temido

Si el fifty-fifty aún es una especulación, la polarización –de ideologías, sensibilidades y modelos– está plenamente instalada. Lo que falta es la corporización del fantasma de un desconocimiento del resultado. ¿Tendría de dónde asirse?

¿Hasta qué punto llevará La Cámpora su convicción de que Cristina Fernández de Kirchner debe ser candidata a pesar de la condena judicial e inhabilitación que pesa sobre ella? ¿Se traduciría eso en la presentación formal de un binomio que la incluyera –incluso en primer lugar– para que el esperable "no" del Poder Judicial ayudara a instalar la idea de la proscripción? Al considerar que la democracia no rige plenamente por esa situación, ¿qué actitud adoptaría ese sector ante un resultado eventualmente adverso en las urnas?

 Cristina Fernández de Kirchner, precandidata del camporismo, sigue recluida en su departamento de la calle San José.

Cristina Fernández de Kirchner, precandidata del camporismo, sigue recluida en su departamento de la calle San José.

Así planteadas las cosas, el peligro de la conversión de las tensiones políticas propias de la época en crisis, incluso de tipo institucional, no puede descartarse.

Si la frase no recordara la conocida maldición china, hasta podría decirse que vienen tiempos interesantes.

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