ESPECIAL 24M | 50 AÑOS

Relato casi novelado sobre un periodismo bajo las botas de la dictadura

La noche del golpe en una redacción. Una ciudad sitiada. El arte de gambetear la censura. Cubrir Malvinas bajo amenaza. Crónica del terror en primera persona.

Algunas advertencias necesarias. Mi experiencia como periodista durante la dictadura se sintetiza en el raro privilegio de no formar parte del trágico destino de los centenares de colegas secuestrados, torturados, asesinados, desaparecidos u obligados al exilio. Los desaparecidos son 30 mil, que quede claro.

Ingresé al oficio en los 60, cuando el periodismo todavía tenía algo de aventura bohemia. Cubrí huelgas, golpes, elecciones. Nada como la ferocidad de la dictadura.

Finalmente: los saltos de tiempo y de escenarios son deliberados, tanto como la elección del relato como recurso. Me duele, y mucho, recordar aquellos tiempos de miedo y tristeza.

La noche del golpe y los primeros sonidos de la dictadura

Diez de la noche. En la redacción se escucha el teclear de un puñado de Olivetti. El clima es tranquilo pero hay algo tenso en el módico grupo de periodistas que quedamos trabajando en las pocas notas que quedan antes del cierre. Es martes, así que sólo quedan por escribir unas pocas líneas de deportes y ampliar datos para una nota de mañana.

-Está todo muy tranquilo, demasiado, dice el jefe de redacción en voz suficiente para que lo escuchemos todos.

El cielo está nuboso pero no tanto como para presagiar lluvia. 15, 17 grados, humedad. Un marzo típico, algo ventoso, tranquilo. Con la ciudad recuperando su ritmo sin tantos turistas.

-Hay mucho silencio en la Rosada. Me acaban de llamar: atrasamos el cierre hasta que pase algo, porque algo va a pasar.

Las palabras del jefe caen sobre la redacción como un baldazo de plomo líquido. Algo va a pasar.

Y pasa en la madrugada del miércoles 24: a las 3.21, las radios de todo el país emiten un texto único: “Comunicado número uno: se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas…”. Diez minutos antes, el general Jorge Villarreal le había informado a María Estela Martínez de Perón que su gobierno cesaba y que quedaba detenida.

-Cerremos con lo que hay, ordena el jefe.

La edición está lista y sólo quedan abiertas la tapa y un espacio interior no muy grande.

El diario saldrá a la calle a las cinco, Su título de portada será frío, sólo informativo. sin matices: Cayó el gobierno de Isabel Perón.

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María Isabel Martínez de Perón, detenida tras el golpe del 24 de marzo de 1976 que dio inicio a la última dictadura.

María Isabel Martínez de Perón, detenida tras el golpe del 24 de marzo de 1976 que dio inicio a la última dictadura.

No hubo detalles en esa primera crónica del matutino marplatense. Casi con la llegada del diario a los kioscos, la teletipo de la agencia Télam, muda durante un par de horas, volvió a vomitar con el Comunicado Número 19, primeras líneas de la censura: prohibida la difusión de cualquier información que no fuera suministrada por las fuentes oficiales de las Fuerzas Armadas, el concepto de normalidad, según el cual se obligaba a los medios a resaltar que las actividades se desarrollaban con "absoluta normalidad". Y “castigo ejemplar: cualquier "desviación" sería considerada un acto de sabotaje.

La crónica publicada el jueves 25 relataba que el intendente socialista Luis Nuncio Fabrizio llegó temprano a su despacho en Avenida Luro e Hipólito Yrigoyen, frente a la plaza San Martín. Lo acompañan, solidarios, sus conmilitones y antecesores Teodoro Bronzini y Jorge Lombardo. Hay más silencios que palabas y hasta las 9.30 “sólo ha sido entrevistado por un teniente que se presentó como encargado de la seguridad de la municipalidad, abierta pero casi inactiva porque el asueto decretado por la Junta Militar no alcanza a la administración pública”, relata en un artículo el historiador y periodista Gustavo Visciarelli. Agrega: “En los accesos hay fuerzas militares que permiten entrar a dos personas por vez luego de palparlas de armas. Algunos concejales salen portando carpetas”.

El general de brigada Adolfo Sigwald asume por la mañana la intervención militar de la provincia y envía su “circular número 1” a los intendentes, ordenándoles presentar la renuncia en 24 horas y permanecer en sus cargos custodiando la documentación hasta que su situación sea resuelta. Fabrizio acata por telegrama. Los militares ocupan desde la madrugada las dos radios, LU6 y LU9, y los dos canales de televisión, 8 y 10.

El diario La Capítal del 25 de marzo describe el primer día del golpe como “una jornada tranquila en la ciudad”. Y destaca la sorpresa de los desinformados que al salir de sus casas encuentran “una discreta presencia de tropas” que “los arrojó a la realidad”. Los comercios atienden, hay trasporte público y las escuelas cierran por obligado asueto. Los empleados bancarios trabajan a puertas cerradas ya que el feriado alcanza a esa actividad. Acatando órdenes difundidas en sucesivos comunicados, se suspenden las actividades que signifiquen reunión de gente, incluyendo espectáculos, bailes, conferencias y hasta un Magistral de Ajedrez que se disputa en el Hotel Provincial. Rigen ya el estado de sitio y la pena de muerte.

La redacción del diario está más poblada que de costumbre este 24. “¿Qué vamos a hacer?”, es la pregunta colectiva.

-Todo igual, pero no vamos a comer vidrio -advierte el jefe de redacción-. Esto ya lo hemos vivido. Veremos cómo hacer para que resulte menos duro o peligroso para nuestro laburo.

Palabras más, palabras menos. “Con Lanusse también tuvimos censura. ¿Hasta dónde llegarán éstos?”, me pregunto. Con el paso de las horas la situación se hace más clara: en la sede de la Unidad Regional IV de la Policía bonaerense instala su despacho el nuevo jefe supremo de la ciudad, Pedro Barda. Un coronel que será juzgado y condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad. Morirá en 2011, preso en su domicilio.

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Primeras gambetas

Algunas detenciones concretadas el primer día del golpe aparecen en el diario del 25 con el eufemismo “averiguación de antecedentes”, una trampita a la censura. Ejemplos: el abogado laboralista Norberto Centeno y el ferroviario Nicolás Candeloro, a quien confundieron con su hijo Jorge, también letrado de gremios. Centeno y Candeloro serán dos de las víctimas de “la noche de las corbatas”, redada de 1977 que hizo desaparecer a seis profesionales y cuatro allegados.

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Varios dirigentes gremiales son también “detenidos”, pero uno de ellos fuerza un desafío a la censura: “En la edición del sábado 27 –registra el artículo de Visciarelli- trascienden datos concretos de una detención clandestina”. Y reproduce: “Se procura establecer la situación de Amílcar González, secretario general del Sindicato de Prensa local y de exterior de la Federación Argentina de Prensa (Fatpren), detenido en la tarde del jueves en el Ministerio de Trabajo de Luro al 3400, cuando se encontraba realizando un trámite. González fue llevado del lugar por un grupo de personas fuertemente armadas que tripulaban un Fiat 125 celeste, un Fiat 1500 familiar y un Ford Falcon color crema”. Nadie sabe su paradero.

No resulta gratuita la mención en el diario con tales precisiones: los administradores judiciales de La Capital (hoy propiedad de Florencio Aldrey Iglesias, un amigo estrecho del jefe de la Marina, Emilio Massera) fueron convocados al despacho de Barda, abofeteados de palabra y despedidos con una advertencia: “No habrá segunda oportunidad”. El jefe de redacción recibió un reto mayúsculo, pero la nueva gambeta ya estaba consumada.

González –periodista de La Capital y corresponsal de Télam- fue torturado casi hasta la muerte en centros clandestinos de detención, luego blanqueado y finalmente obligado al exilio hasta el retorno de la democracia.

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Amílcar González, periodista de La Capital de Mar del Plata, secuestrado y torturado por la maquinaria represiva de la dictadura.

Amílcar González, periodista de La Capital de Mar del Plata, secuestrado y torturado por la maquinaria represiva de la dictadura.

Como cruel ironía, en la misma página donde figura su secuestro hay un comunicado de Barda, que dice: “Ante versiones interesadas circundantes respecto a que grupos de personas vestidas de civil y armadas en la ejecución de actos de secuestro contra personas diversas serían integrantes de las Fuerzas Armadas o policías, esta Jefatura Militar aclara en forma expresa y terminante que el personal a sus órdenes ejecuta actividades cuando corresponde, identificadas con el uniforme que los identifica y prestigia”.

El secuestro de González pone a la redacción en estado de asamblea. El jefe define: “Vamos a hacer enroques de funciones. Los más expuestos van a secciones menos comprometidas. Los menos ocupan sus lugares. Al menos, por ahora”.

Me toca reemplazar a González en Espectáculos. A partir de ese momento, mi cabeza estalla en un catálogo de eufemismos, subtextos, maneras de engañar a la censura. Serán, en mi caso, cuatro años en los que entrevistaré a artistas censurados, jugaré con las palabras para meter bocadillos incómodos en mis críticas de cine, teatro, danza, música. ¿Muestras de valentía? Lejos de ello: recursos de supervivencia sin granedes riesgos. Algunas notas que pude escribir y editar:

* Pugliese: un apasionado defensor de lo argentino (enero de 1977, entrevista al prohibido Osvaldo Pugliese).

* Reportaje a Pepe Soriano otro censurado (enero de 1977).

* El universo de China Zorrilla (febrero de 1978).

* Atahualpa Yupanqui: la sabiduría de un artista alimentado de humanidad (enero de 1979).

Mirábamos con admiración lo que Robert Cox hacía en el Buenos Aires Herald con sus listas de desaparecidos. Buscábamos, sin internet, fuentes de medios extranjeros. Queríamos burlar a los censores.

Más gambetas

Un año después del golpe sumé la corresponsalía de la revista La Semana. También apliqué en muchas de mis notas (la mayoría, en temporadas de verano) la táctica de la palabra subterránea, del texto tramposo. No importaba si entrevistaba a Moria Casán, a Susana Giménez, a Luis Federico Leloir o a Ernesto Sábato. Así, hasta 1982, cuando una entrevista a César Menotti, técnico de la selección de fútbol, cercana a su Mundial abre la crítica abierta hacia la dictadura, la censura, la represión. La Semana vende toda la edición y repite la nota una semana después en abierto desafío al dictador Galtieri y su corte.

Fue entonces cuando Jorge Fontevecchia me ofreció algo que no pude (no quise) rechazar: mudarme a Buenos Aires, unirme a la redacción.

Ingresé a La Semana el 1 de abril de 1982. Unas vísperas de lo que será mi testimonio ante la agonía del régimen. Cubriré la tragedia de Malvinas en Tierra del Fuego, con la tristeza de ver cómo despegaban de Río Grande cuadrillas nocturnas de cuatro aviones y cómo regresaban dos, tres, a veces uno. Tristeza sumada a la frustración de no poder contarlo porque la censura, allí, era feroz y su violación (lo intenté, y en un caso logré burlarla) era la cárcel militar en Ushuaia.

La dictadura fue muriendo cuando capituló. No hubo un final explícito de la censura, pero se corrieron los límites y volvió a respirarse un aire de cierta libertad periodística. Quedaron al descubierto algunos de los más aberrantes actos del régimen, se podía hablar con voz alta.

Los compañeros de oficio que ya no están son los héroes indudables de aquellos años.

Patricia Bullrich, en el Senado. 
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