Hay cierto progresismo nacional que se prepara para rendirse a los pies de León XIV, el nuevo papa bueno, con el argumento de que, por la prédica presuntamente incómoda para el Gobierno con la que el sucesor de Jorge Bergoglio cebará a su feligresía multitudinaria, será útil para combatir a la ultraderecha, que gobierna a través de Javier Milei.
Sería una suerte de instrumentalización del mal menor, como si la Iglesia católica fuese tal cosa. Como si fuera menos autoritaria y oscurantista que Milei. Como si para zafar de Guatemala fuese razonable refugiarse en Guatepeor. Como si no hubiese alternativas mejores, como demostraron las elecciones celebradas el mes pasado en Brasil y el martes pasado en Estados Unidos.
Río de Janiero, un carnaval. Simpatizantes de Luiz Inácio Lula da Silva festejan el batacazo de la leyenda.
Razonablemente presa del estupor que le produce un presidente cruel, violento, represivo, censor, homofóbico, machista y misógino, ese progresismo se resigna a arriar sus banderas y entregarse al monarca que gobierna sostenido por una camarilla de unas cuantas decenas de señores que se arrogan la representación de unos 1.400 millones de personas que no tienen voz ni, mucho menos, voto: del cónclave -ultrasecreto- que encumbró al jefe del Estado vaticano tomaron parte, en abril de 2025, unos 135 cardenales.
Ese progresismo rendirá tributo y legitimará al rey de una monarquía ultraconservadora que sigue pretendiendo -con notable éxito, a esta altura del partido- someter a la humanidad al imperio de unas normas morales escritas hace más de dos mil años. Es el gobierno del miedo: si te portás como nosotros decimos, vida eterna en el paraíso; si no, infierno por los siglos de los siglos; un poder fáctico que actúa como una superestructura que, autoproclamada reserva moral de la Patria, se arroga el derecho a sermonear a personas que, con sus luces y sus sombras, acceden a los cargos que ejercen después de someterse a un escrutinio público regido por leyes de la democracia y reciben el respaldo explícito y comprobable de porciones importantes de sus comunidades.
Javier Milei se dispone a recibir el sermón del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, que lo retará desde el altar.
Captura de redes
En ese colectivo renunciante se cuentan integrantes de la marea verde feminista que logró torcerle el brazo al lobby religioso para la legalización del aborto durante el reinado de Francisco, el anterior papa bueno.
Son activistas que fingen demencia frente a la proscripción que la Iglesia mantiene sobre las mujeres, a las que les niega el acceso a la carrera sacerdotal y, entonces, a sus estructuras de poder. Es una discriminación que no cambió en el reinado del reformista Jorge Bergoglio, que había reconocido que el asunto no estaba en su agenda, y no hay indicios de que vaya a cambiar ahora, con el segundo papa que terminó con más de 20 siglos de conservadurismo, según se animan a sostener quienes encontraron motivos para adorarlo -o para instrumentalizarlo en la lucha contra la ultraderecha-.
Hay mujeres progresistas que celebran la visita del jefe de una organización que lleva más de dos mil años discriminando a sus congéneres, condenándolas a la sumisión bajo el yugo masculino, y se ha apropiado de sus cuerpos para reducirlos a meros sistemas de reproducción.
León XIV versus la inteligencia artificial
El progresismo se rinde ante el papa que endulzó sus oídos con la encíclica que advierte sobre las consecuencias de la aplicación sin regulaciones de la inteligencia artificial, un poder opaco y concentrado en poquísimas manos que opera sobre las personas como un mecanismo peligroso de control social, como si la Iglesia no fuera, desde hace más de dos mil años, sino un poder opaco y concentrado en poquísimas manos que opera sobre las personas como un mecanismo peligroso de control social. Acaso sea una puja por la botonera.
Negar los avances de la Iglesia bajo el mando del argentino y el peruano estadounidense es una necedad, igual que omitir que se trata de progresos absurdamente desfasados de las transformaciones que la sociedad laica ha producida en las últimas decenas de años.
¿Cuánto tiempo más llevará que se aggiorne en serio?
¿No hay otra manera de enfrentar a la ultraderecha?
Las lecciones de Brasil, Estados Unidos e Israel
La remontada histórica que protagonizó Luiz Inácio Lula da Silva demostró de lo que son capaces las fuerzas progresistas de una sociedad, en esta región del mundo, cuando se organizan en torno a ideas claras y a un liderazgo democrático.
Lo mismo ocurrió el martes pasado en Estados Unidos, donde el Partido Demócrata noqueó al ultraderechista Donald Trump -la versión estadounidense de Milei- después de elaborar estrategias que le permitieron salir del aturdimiento y retomar la iniciativa, en contraste con la oposición progresista de Argentina -el peronismo, en buena medida- que, tres años después de la derrota ante Milei, no tiene conducción, menos un nombre que lo encolumne, todavía menos un plan para arruinarle la reelección al libertario, aun menos una propuesta para presentarle a un electorado que pide a gritos una palabra de esperanza y, entonces, mientras tanto, se aferra a los hábitos del papa.
Como señaló Marcelo Falak en Letra P, lo ocurrido en Brasil, Israel y Estados Unidos -antes, también en Hungría- "demuestra que la ola ultra está lejos de ser imparable y que puede hacer agua cuando falla en mejorar desde el gobierno las condiciones de vida o, desde la oposición, en dar con una narrativa que haga verosímil esa expectativa".
La historia argentina está plagada de ejemplos dramáticos de cómo los dogmas fiscalistas y los modelos basados en el ajuste, como el de Milei, fracasan inexorablemente, más temprano que tarde.
La historia de los dos últimos milenios, en tanto, demuestran que los gobiernos pasan y, además de los artistas, siempre quedan los curas, un mal para nada menor.