El papa León XIV llega este domingo a la Argentina.
Recibir a un papa es un acontecimiento extraordinario. Escuchar lo que tiene para decirnos puede ser todavía más importante. La llegada de León XIV a la Argentina nos ofrece una oportunidad que va mucho más allá de una visita histórica: preguntarnos si somos capaces de construir un país donde las diferencias no nos impidan reconocernos como parte de un destino común.
Registrate para continuar leyendo y disfrutando de más contenidos de LETRA P.
Más allá de las convicciones religiosas de cada uno —que en una república son asunto de la conciencia de cada ciudadano—, esta visita es una oportunidad para el país entero. No para sacarse fotos, ni para que cada sector busque en las palabras del papa una bendición para su propia trinchera.
El legado de Francisco
Durante doce años, Jorge Bergoglio nos habló desde Roma, y muchas veces los argentinos preferimos discutir sus gestos antes que escuchar sus palabras. Lo metimos en la grieta: unos lo reclamaban como propio, otros lo miraban con sospecha. Mientras el mundo lo reconocía como una de las voces morales más influyentes de su tiempo, nosotros lo encerrábamos en una disputa doméstica.
Su legado, sin embargo, está escrito y es enorme. La cultura del encuentro. La opción por los “descartados “. El cuidado de la casa común. Y, sobre todo, la idea de que la fraternidad no es solo una virtud privada sino una categoría política: en Fratelli tutti, Francisco nos invitó a recuperar "la mejor política", la que se pone al servicio del bien común y construye amistad social en lugar de sembrar enemigos. En la plaza de San Pedro vacía, en lo peor de la pandemia, nos dejó una frase que todavía nos interpela: nadie se salva solo.
Francisco murió el 21 de abril de 2025 sin haber regresado. Muchos se preguntaron por qué. Quizás la respuesta más incómoda sea que nunca terminamos de ofrecerle un país capaz de recibirlo sin usarlo. Honrar su memoria no es colgar su foto: es hacer lo que nos pidió.
TRIBUNA LETRA P
La llegada del papa León XIV es una oportunidad para reencontrarnos con un mensaje de Francisco que sigue vigente: la dignidad humana debe estar en el centro de cualquier proyecto de sociedad
El lema elegido para la visita es "Bienvenidos todos, vayan y anuncien". Todos es todos. No algunos, no los propios, no los que piensan igual. Es una palabra sencilla que, en la Argentina de hoy, suena casi contracultural.
Concordia viene de cum cordis: corazones que laten juntos. No significa unanimidad ni ausencia de conflicto. Significa reconocer al otro como parte del mismo proyecto común, aunque discrepemos con él. Por eso la concordia no es tibieza. Es la forma más exigente del coraje político: sostener las propias convicciones sin convertir al adversario en enemigo.
Los radicales conocemos bien ese camino. Las dos veces que un papa pisó el suelo argentino lo hizo con la paz como mensaje: en 1982, en medio de la guerra de Malvinas, y en 1987, ya en democracia. Entre una visita y otra, la mediación de la Santa Sede permitió a Raúl Alfonsín cerrar el conflicto del Beagle con el Tratado de Paz y Amistad con Chile, después de una consulta popular en la que los argentinos elegimos, por amplia mayoría, la paz. Fue una decisión que tuvo detractores y costos, pero que demostró algo que no deberíamos olvidar: los grandes acuerdos son posibles cuando la política se anima a liderar en lugar de agitar.
Una paz desarmada y desarmante
Desde el primer día de su pontificado, León XIV habla de una paz "desarmada y desarmante". La fórmula vale para un mundo atravesado por guerras que parecían cosa del pasado, pero también vale para nosotros. Porque la paz no es solo la ausencia de enfrentamientos: es una tarea, una construcción cotidiana que requiere personas dispuestas a trabajar por ella.
También hay que desarmar las palabras. En la Argentina, la violencia verbal se volvió moneda corriente: en las redes, en los medios, en el propio Congreso. El insulto reemplaza al argumento, la descalificación al debate, la sospecha a la confianza. Y cuando el lenguaje se vuelve trinchera, la convivencia democrática se resiente. Ningún país construye futuro si cada discusión se plantea como una guerra de exterminio.
Pero la paz tiene además una dimensión social que no podemos eludir. No hay paz duradera en una sociedad donde un chico termina la primaria sin comprender lo que lee, donde un joven no encuentra un empleo genuino o donde una familia del conurbano siente que nadie la escucha. La paz social se llama igualdad de oportunidades. Y la igualdad de oportunidades empieza en el aula: el principal commodity de un país es la educación de su gente.
No es casual que el papa haya elegido detenerse en los márgenes: el Pequeño Cottolengo Don Orione en Claypole, una cárcel, los lugares donde la dignidad humana se pone a prueba todos los días. Es una agenda que nos marca prioridades. Ninguna estabilidad macroeconómica —que es necesaria y hay que cuidar— se consolida si deja afuera a quienes no llegan a fin de mes. Necesitamos superávit fiscal, pero también superávit social y educativo.
El mensaje llega, además, en un tiempo en que los autoritarismos ganan terreno en el mundo. Ya no se presentan con tanques. Las democracias hoy se erosionan desde adentro, cuando se pierde la tolerancia mutua y se abandona la contención en el uso del poder. La polarización es el combustible de ese proceso. Divide a la sociedad en bandos, transforma al que piensa distinto en una amenaza y termina reclamando un salvador. La Argentina no necesita salvadores: necesita instituciones que funcionen y dirigentes capaces de ponerse de acuerdo.
Respetarnos no es una cortesía. Es la condición para trabajar juntos. Respetar la división de poderes, respetar al que perdió una elección y al que la ganó, respetar al que reza y al que no. Sobre ese piso se puede construir inclusión e integración: integración territorial, en una provincia de Buenos Aires que no puede seguir pensándose desde un solo centro; integración social, para que el lugar donde nace un chico no defina su destino; e integración regional, porque un papa que recorre Uruguay, la Argentina y Perú nos recuerda que tampoco los países se salvan solos.
Lo que nos toca
Pienso en mi ciudad, Mar del Plata. En las parroquias, los clubes, las cooperadoras y los comedores de los barrios, donde la cultura del encuentro no es una consigna sino una práctica de todos los días. Ahí hay vecinos que no se preguntan a quién votó el otro antes de darle una mano. Esa Argentina existe. Es la que sostiene al país cuando la política no está a la altura.
A quienes tenemos responsabilidades públicas nos toca algo más que aplaudir la visita. Nos toca traducir el mensaje en hechos: políticas de Estado que sobrevivan a los gobiernos, acuerdos básicos en educación, en desarrollo, en reglas claras. Desde el Senado vengo insistiendo en la convocatoria a un nuevo Congreso Pedagógico Nacional, precisamente porque creo que la educación es el terreno donde los argentinos podemos demostrar que todavía somos capaces de ponernos de acuerdo en lo importante.
La visita de León XIV durará apenas unos días. Lo que hagamos con ella, en cambio, puede durar mucho más. Bienvenido, León. Ojalá que esta vez, además de recibirlo, sepamos escucharlo.