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CON LA SOGA DE MILEI AL CUELLO

La motosierra libertaria dejó a la Iglesia al frente de la emergencia social en los barrios

Recorte en programas clave. Comedores saturados. Clase media en fila por comida. Viviendas frenadas. El repliegue estatal impactó en territorios vulnerables.

El recorte de Javier Milei sobre programas de alimentos, vivienda e integración dejó a la Iglesia y a Cáritas Argentina frente a una demanda social creciente. El ajuste impactó en la red comunitaria que contenía a los sectores vulnerables y empezó a arrastrar también a franjas de clase media hacia parroquias y comedores.

La secuencia no fue aislada. Primero se interrumpió el envío de alimentos a comedores; después, se desfinanció el Fondo de Integración Socio Urbana (FISU). Más tarde se frenaron programas de vivienda articulados con organizaciones religiosas. Finalmente, el cierre del plan Volver al Trabajo terminó de completar el cuadro.

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Javier Milei eliminó el Fondo de Integración Socio Urbana (FISU)

El argumento oficial se apoyó en la reorientación del gasto. El Ministerio de Capital Humano, a cargo de Sandra Pettovello, defendió un esquema de asistencia directa, sin intermediarios, y destacó subas en la Tarjeta Alimentar y la Asignación Universal por Hijo (AUH). En los barrios, sin embargo, la ecuación se mide en platos de comida y puertas abiertas.

Parroquias desbordadas y nueva pobreza

El dato más incómodo emergió en el territorio. La pobreza dejó de ser un fenómeno encapsulado: en comedores comunitarios de todo el país comenzaron a aparecer familias de clase media que ya no logran sostener su nivel de vida: entre dos y tres hogares nuevos por día se acercan en busca de alimentos.

En Cáritas Argentina detectaron ese cambio de perfil. Ya no se trata sólo de asistencia estructural, sino de acompañamiento a sectores que cayeron en pocos meses. La demanda también creció entre adultos mayores, que piden ayuda para medicamentos además de comida.

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Sandra Pettovello cambia la forma de ayudar a comedores

La red eclesial sostiene la emergencia con voluntariado y colectas. La organización moviliza a más de 44 mil personas en todo el país y mantiene presencia en miles de barrios. Sin embargo, el repliegue estatal dejó un vacío difícil de cubrir con donaciones.

Ese punto marca una diferencia clave. Referentes eclesiales consultados por Letra P aclaran que el fin de las asignaciones a obispos no implicó una ruptura total con el Estado. Muchos programas sociales administrados por Cáritas aún dependen de financiamiento público, lo que vuelve más visible el impacto de los recortes.

Cáritas, entre la colecta y el ajuste

La colecta anual de 2025 reflejó el esfuerzo social. Cáritas Argentina reunió más de $3.034 millones, un incremento significativo respecto del año anterior. Pero la cifra también expone un límite: la solidaridad no alcanza para reemplazar políticas públicas desmanteladas.

La entidad sostiene programas educativos, de primera infancia, trabajo digno y asistencia alimentaria. También acompaña a personas con adicciones y participa en procesos de integración urbana. Esa “maquinaria de la ayuda” quedó tensionada por la caída de recursos estatales.

El impacto se sintió en proyectos concretos. El programa de autoconstrucción de viviendas quedó paralizado y se frenaron obras en barrios populares. La eliminación de la Subsecretaría de Integración Socio Urbana generó críticas dentro de la Iglesia, que la consideraba una herramienta eficaz.

El titular de Cáritas Argentina, arzobispo Gustavo Carrara (La Plata), definió esa política como “una presencia inteligente del Estado”. La frase sintetiza el enfoque eclesial: sin articulación pública, la asistencia resulta insuficiente y el deterioro social se acelera.

Jorge Macri y el giro en la Ciudad

El escenario se tensó aún más con la decisión del alcalde porteño Jorge Macri de eliminar planes sociales en la Ciudad de Buenos Aires y frenar la construcción de viviendas en villas. La medida implicó un quiebre con la lógica de integración urbana que había marcado la gestión porteña durante años.

El discurso oficial planteó terminar con intermediarios y fomentar el empleo. Sin embargo, organizaciones sociales y sectores eclesiales advierten que el cambio dejó sin herramientas a miles de personas en situación vulnerable.

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La motosierra de Javier Milei dejó a la Iglesia al frente de la emergencia social en los barrios

La discusión no queda ahí. La integración de barrios populares había sido impulsada en tiempos de Jorge Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires, con fuerte impronta territorial. El giro actual pone en cuestión ese modelo.

Discapacidad, tregua parcial

En medio del conflicto, surgió un punto de negociación. Tras el reclamo de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), el Gobierno acordó regularizar pagos a instituciones que trabajan con personas con discapacidad.

El encuentro con funcionarios del Ministerio de Salud abrió un canal de diálogo y permitió descomprimir una situación crítica. Hogares y centros asistenciales habían advertido riesgo de cierre por deudas y costos crecientes.

El acuerdo fue leído como un gesto de pragmatismo. Mostró que, pese a la tensión, el vínculo entre el Gobierno y la Iglesia no está completamente roto. Pero también dejó en evidencia que los conflictos emergen cuando el ajuste impacta en áreas sensibles.

La Matanza, donde el vacío se llena

El diagnóstico más crudo aparece en Puerta de Hierro, en La Matanza. Allí, el sacerdote Nicolás Angelotti, conocido popularmente como padre Tano, describió un escenario en el que el retiro estatal deja lugar a la violencia y al narcotráfico.

“Las villas y barrios populares o se integran o se entregan”, afirmó. Y agregó: "El Estado nacional eligió correrse de la integración. La frase condensa el núcleo del conflicto: no se trata sólo de presupuesto, sino de presencia.

El episodio que expuso ese límite fue el ataque a una niña de 13 años en medio de una balacera durante una celebración comunitaria. La escena reflejó el nivel de deterioro en territorios donde la contención social se volvió frágil.

En contraste, el cura villero destacó que la intervención del gobierno bonaerense de Axel Kicillof, a través del Organismo Provincial de Integración Social y Urbana (OPISU), mantiene políticas de integración urbana. En el territorio, esa diferencia se percibe como relevante, aunque insuficiente frente a la magnitud del problema.

OPISU La Matanza Buenos Aires

El OPISU dice presente en una barriada popular de La Matanza

El trasfondo es más amplio. Cuando el Estado se retira, no deja un vacío neutral: en muchos barrios, ese espacio es ocupado por economías ilegales que organizan la vida cotidiana desde la violencia.

El conflicto, entonces, deja de ser sólo fiscal. Se convierte en una disputa por el control del territorio, la contención social y el sentido de comunidad en la Argentina del ajuste.

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