Crecimiento y desarrollo, dos cosas distintas. El mercado solo no puede. Los caminos al bienestar y sus condiciones de posibilidad: tiempo y consensos.
"Solo un país cuyo crecimiento económico se traduce en bienestar general es un país desarrollado", advierte el autor y propone caminos para saldar las deudas con la democracia social.
Captura de redes
Se cumplen 50 años del golpe de Estado que dio inicio a la última dictadura cívico-militar de la Argentina. Los horrores vividos en ella y lo que pudimos conocer una vez recuperada la democracia generaron en los argentinos la conciencia de que nada hay más cruel y perverso que una dictadura.
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Sin perjuicio de reconocer que siempre es necesario pelear contra el olvido para impedir que esa conciencia se debilite, permítanme ahora referirme a las deudas de la política con la democracia social. Más concretamente, con la justicia social. No digo que no hayamos avanzado en este sentido. Digo que son muchas, aún, las deudas que tenemos con la justicia social.
COMBATIENTES ALIMENTO
La pobreza, una llaga abierta. La democracia debe producir consensos para que el crecimiento sea desarrollo en favor de la justicia social, plantea el autor.
En esta nota planteo -con una dosis inevitable de simplificación y esquematismo- algunas ideas acerca de lo que, a mi juicio, deberíamos hacer para avanzar en este sentido. No son demasiado novedosas, pero nunca las hemos realizado. Veamos.
Consensos para una Argentina del desarrollo
Crecimiento y desarrollo no son lo mismo. El primero es un concepto cuantitativo; el segundo, cualitativo. Para ir al grano: solo un país cuyo crecimiento económico se traduce en bienestar general es un país desarrollado. Esta es la ecuación que hay que resolver: conciliar crecimiento con bienestar general, con inclusión y justicia social.
Para Javier Milei, esta ecuación la resuelve el mercado. Pero la realidad lo desmiente. El mercado por sí solo no puede resolverla. Para conciliar crecimiento económico y bienestar general es necesario dotar a la economía de funcionalidad solidaria. Y ocurre que un mercado solidario es un absurdo: una contradicción en los términos.
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Dotar a la economía de funcionalidad es tarea de la política. Es ella la única instancia que puede lograr que se den las condiciones necesarias para conseguirlo. ¿A qué condiciones me refiero? Básicamente a dos. En primer lugar, a la necesidad de que las principales fuerzas políticas arriben a acuerdos o soluciones de compromiso sobre las cuestiones económicas y sociales más relevantes, o por lo menos sobre varias de ellas. Pero con esto no alcanza: también los sectores del trabajo y de la economía deben participar en la discusión, elaboración y aprobación de los mismos.
¿Cuáles serían esas cuestiones económica y socialmente relevantes? Podríamos citar varias, pero para no extender demasiado esta nota preferimos no hacerlo. Seguro todos coincidiríamos, pero serán las circunstancias y los actores mencionados quienes las definirán.
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Aun mediando los acuerdos aludidos, la satisfacción de las deudas que nos convertirían en un país desarrollado (en un país justo) no es algo que se logre de un día para el otro. Se necesitará tiempo, y hay que contar con la disposición de la sociedad a concederlo. Me parece que acuerdos de esta naturaleza no solo pueden contribuir a generar esa disposición, sino también a movilizar la energía social detrás de la realización de los objetivos que los motivaron.
Dirán que lo dicho resulta poco épico. Y puede ser: la intransigencia puede conmover más, pero también puede frustrar progresos. Hay ejemplos en la historia.
Dirán también que estas ideas son de difícil realización. Y sí: nada es fácil en política. El que quiera cosas fáciles que se dedique a otra cosa. Pero hay que intentarlo. Si no somos capaces de realizarlas, seguiremos pendulando “entre años de vacas gordas y años de vacas flacas”, pero sin salir del subdesarrollo. Es decir, acumulando deudas con la democracia social.