La generala Victoria Villarruel y el subsuelo de la patria verde oliva agazapada
En la trinchera por la guerra con Milei, espera una crisis. Disputa por el voto militar. Las jinetas del indulto. Red de lealtades castrenses. Proyección 2027.
En el subsuelo del poder, Victoria Villarruel no desapareció: se replegó a las trincheras. La guerra interna con Javier Milei le quitó centralidad en la superficie, pero no la expulsó de los márgenes donde mejor se mueve: la familia militar, el negacionismo del terrorismo de Estado de la dictadura y una red de lealtades que todavía la observa como reserva.
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Ese fue su capital de origen y también su límite. Villarruel llegó al poder como traducción electoral de una agenda que durante años orbitó entre la “memoria completa”, la reivindicación de víctimas de las organizaciones armadas y el reclamo apenas velado de alivio judicial para condenados por crímenes de lesa humanidad. Pero el mileísmo empezó a disputarle esa bandera y a tensionar su liderazgo en los cuarteles.
"Vicky se la banca y va por más. Su proyecto político está intacto, pese al ninguneo presidencial y a los intentos por arrebatarle tropa propia. Tiene más apoyo del que sale a la luz", dijo a Letra P un militar retirado allegado a la vicepresidenta que acompaña su movida en los cuarteles.
El voto castrense y el asedio de Javier Milei
En fuentes del mundo militar, el diagnóstico es fuerte: Milei empezó a disputarle a Villarruel el voto uniforme. La hipótesis de un eventual indulto presidencial a represores no sólo funciona como provocación en la antesala del 24 de marzo. También opera como un movimiento para arrebatarle a la vice su marca identitaria y abre una disputa por quién se queda con las jinetas de esa gestión.
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La generala Victoria Villarruel
Si ese giro prosperara, el mérito dejaría de ser suyo. La dirigente que durante años quedó asociada a la defensa de militares presos correría el riesgo de ver cómo el Presidente le quita la causa, la iniciativa y hasta el puente emocional con un sector de retirados, familiares y entornos castrenses que antes la sentía propia.
Aun así, su estructura no quedó vacía. En el entorno de Villarruel siguieron gravitando nombres de peso específico. Uno es Claudio Gallardo, su virtual jefe de Gabinete, un militar retirado del área de inteligencia del Ejército que trabajó con el general César Milani y que, según distintas fuentes consultadas por Letra P, volvió a tallar en su esquema de confianza.
El otro vector sensible asoma en la Armada, fuerza clave para entender su biografía política y familiar. Allí persiste la sombra del Gato González, referencia formativa y puente con una memoria naval endurecida, reacia a los consensos democráticos construidos desde 1983.
Una guardia pretoriana como sostén
Para quienes caminan los pasillos del Senado, la presencia de Gallardo no es un dato administrativo. A su lado opera Jorge Vives, también militar retirado de Inteligencia, y se suma una constelación de cuadros con pasado en seguridad, doctrina y espionaje. Ese núcleo funciona como sostén político y operativo de la vicepresidenta.
En la lógica villarruelista, no sólo ordenan la seguridad: expresan una cultura. El regreso de estos perfiles a su mesa chica refuerza la idea de una dirigente que, acorralada por la Casa Rosada, volvió a recostarse en cuadros que hablan su idioma.
Ese repliegue convive con otra tensión: la de La Libertad Avanza frente al desembarco de militares -activos y retirados- en áreas sensibles. La disputa no es sólo personal entre Milei y Villarruel: también es por quién administra el vínculo con ese universo verde oliva.
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Las posiciones de Javier Milei, Victoria Villarruel y Luis Petri sobre la dictadura militar
En paralelo, la vicepresidenta sostiene su refugio en la “historia completa”, un concepto que busca correr el eje de la responsabilidad estatal en el terrorismo de Estado. Esa mirada enlaza con un clima de época, con expresiones de ultraderecha, sectores religiosos conservadores y una sociabilidad católica que le ofrece cobijo cuando el poder libertario la empuja al margen.
“Le encanta que la subestimen porque así no la ven venir”, resumió la periodista Emilia Delfino en su libro La Generala.
La frase sintetiza -dicen en su entorno- a una dirigente que, herida por la interna oficial, "no se retira: queda agazapada, a la espera de una crisis ajena".
Libragate, revisionismo y apuesta a 2027
En ese tablero, el escándalo del Libragate y el affaire de Manuel Adorni pudieron abrirle una hendija. No porque la fortalezcan de manera directa, sino porque exponen grietas en la autoridad del oficialismo. Como segunda en la línea de sucesión presidencial, Villarruel sigue siendo una amenaza latente para un gobierno que buscó degradarla, pero no pudo borrarla.
Sus chances hacia 2027 quedan atadas a una pregunta más profunda que su interna con Milei: si existe en la Argentina posterior al ajuste libertario una nueva demanda de orden, nacionalismo y reacción cultural que no se reconozca del todo en el anarcoliberalismo presidencial. Allí -aseguran sus allegados- la vice conserva una oportunidad, aunque menor que la que tenía cuando integraba la fórmula sin guerra abierta.
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El problema es doble. Por un lado, el Presidente le captura parte del electorado militar con gestos, retórica y una avanzada sobre los consensos de derechos humanos. Por otro, su propia identidad sigue demasiado asociada a un pasado revanchista, a vínculos incómodos y a un revisionismo que activa alarmas democráticas. En esa frontera se mueve su futuro.
Lazos políticos, peronismo de derecha y usinas católicas
El sostén de Villarruel no se agota en los cuarteles. Su armado combina peronistas como Claudia Rucci y Pato Russo, operadores políticos con llegada territorial y académicos católicos -el llamado Grupo de Geopolítica- vinculado al lefebvrismo, la línea cismática ultracatólica.
Ese entramado articula relaciones con gobernadores, intendentes y sectores del peronismo antikirchnerista, mientras refuerza una identidad ideológica anclada en el nacionalismo católico y la batalla cultural de derecha.
Lo que queda, entonces, es una figura menos dueña del centro y más aferrada al subsuelo. Villarruel ya no aparece como heredera natural de una épica castrense en ascenso, pero tampoco como cadáver político. Entre militares retirados, capillas ultraconservadoras, operadores de inteligencia y viejas lealtades, mantiene una base: no es un ejército, sino una guardia en espera.