La militancia de Fuerza Patria festeja la derrota de Javier Milei en el búnker de Axel Kicillof.
Mientras en la Casa Rosada se preguntan quién tuvo la culpa por la paliza del domingo, las elecciones de la provincia de Buenos Aires son un buen pretexto para reflexiones de más largo plazo. Javier Milei no tiene otro horizonte que el del 26 de octubre y no quisiera estar en sus zapatos (aunque usa zapatillas) si repitiese la performance.
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Por lo pronto, ya conocemos algunas hipótesis. La más difundida es la de Pablo Semán, el experto nacional en jóvenes reaccionarios, que ya anunció que están desencantados y no fueron a votar. Otros argumentaron que no hay plata en la calle y eso quebró las ilusiones del antiperonismo; Martín Becerra, en este mismo espacio, dijo que la violencia discursiva volvió como un búmeran y les llenó la cara de votos. Por supuesto, están los que se entusiasman con la vuelta del peronismo o los que eligen destacar el desempeño de algún dirigente. En El poder transformador del voto, Juan Rezzano hizo una buena síntesis.
A mí me interesa entrar por la cuestión comunicacional. En una nota reciente sostuve que la digitalización de la sociedad y, por consiguiente, de la política seguirá ahí cuando Milei se vaya y que las formas tradicionales de la política están en crisis, tanto en la representación como en la ejecución, y que la ola neoreaccionaria es más un síntoma que la causa del problema.
pagano lemoine
Duelo de celulares entre Marcela Pagano y Lilia Lemoine, dipuinfluencers de la Argentina de Javier Milei.
La política por medios digitales en la era de Javier Milei
La comunicación política, como toda la comunicación general, es un espacio/tiempo heteróclito. Allí se intersectan, como en el mar olas y corrientes, múltiples discursos sociales. Los de los medios de comunicación tradicionales, los de las redes sociales, los portales de noticias; en otro nivel se expresan las instituciones políticas, las religiosas, las educativas, tanto en espacios públicos (ceremonias, recitales, canchas de fútbol), como en las oficinas o ámbitos de trabajo. Pero, a su vez, también sabemos de los intercambios inmediatos, los cara a cara, los grupos de amigos, las parejas, los referentes personales, esa suerte de comunión (finalmente en su etimología comunicar viene de “poner en común”) íntima y personal.
Este ecosistema comunicativo se enmarca en un contexto donde se inscribe un sinnúmero de rituales definidos por distintas tradiciones políticas, por diferentes identidades sociales, por especificidades culturales, de género, etarias, religiosas, de clases, geográficas, laborales, profesionales. Estas, por lo general, son de más largo plazo, emergen del pasado y se actualizan, de pronto, en un meme, en un gesto, en una remera. Todo comunica y en esa comunicación social se disputan los sentidos dominantes y se construyen consensos, siempre precarios, sobre la verdad, lo legítimo, lo correcto, lo incorrecto, lo propio y lo extraño. En esta maraña de múltiples mediaciones, según decía el comunicólogo iberoamericano Jesús Martín-Barbero, se constituyen los sentidos sociales hegemónicos y los marginales en un lugar y una época determinados.
La diferencia es que la ola comunicacional dominante en la etapa tradicional iba de arriba hacia abajo. Hoy es a la inversa, por eso sorprende. Nadie la vio venir en 2023, cuando irrumpieron los libertarios, ni hoy que los castigan. La diferencia proviene de esa conversación intima, inmediata, que hoy replican reticularmente los dispositivos digitales. Si hace 18 meses rechazó el más de lo mismo, hoy rechaza la barbarie.
El peronismo, lo viejo que funcionó como refugio
Un amigo me recordó recientemente la frase de Rodolfo Walsh, aquella en la que el escritor y militante argentino cuestiona los vanguardismos setentistas advirtiendo que la gente, en situaciones de incertidumbre, vuelve a lo conocido, al lugar donde se siente segura, a su historia y sus raíces.
Así, para todos los que en este año y medio se sintieron agredidos, sumidos en el desamparo, angustiados por el presente, la boleta del peronismo fue una herramienta en defensa propia.