TRIBUNA LETRA P

Donald Trump, Javier Milei y Rossana Reguillo: la cartografía de las violencias en América Latina

La reconocida investigadora falleció este lunes. Su obra cobra relevancia en la era de las derechas extremas. La anomia y la desperación de la juventud.

Justo cuando en los portales periodísticos seguían las crónicas de la crisis escolar producida por las amenazas de atentados en las puertas de los baños, me llegó la noticia del fallecimiento, a los 70 años, de Rossana Reguillo, una de las investigadoras más relevantes dentro del campo de estudios en comunicación, cuya obra, en gran parte, abordó el problema de la violencia y las juventudes.

Mientras recordaba su primera visita a la Argentina, a propósito de su libro La construcción simbólica de la ciudad. Sociedad, desastre, comunicación, en 1996, en el que estudió las consecuencias simbólicas de una catástrofe urbana en Guadalajara como consecuencia de las explosiones de un ducto subterráneo, con más de 200 muertos, pensé qué inoportuna era otra vez la muerte.

Digo inoportuna porque toda la obra de esta brillante investigadora se concentró en buscar explicaciones a una violencia que comenzaba a ser constitutiva en nuestra América. Ya no en clave ideológica, como la de los setenta, sino en apariencia gobernada por un sinsentido.

Quizás desde que ella escribió Las Bandas Juveniles. Identidad urbana y usos de la comunicación, en 1991, había de su parte una intuición. El neoliberalismo estaba inoculando una creciente desafección por los más débiles. Así, volvía el “espiral de violencia” que había profetizado Dom Hélder Cámara, el famoso obispo de Recifes, en una región en la que crecía simultáneamente la conectividad algorítmica y la pobreza crónica.

En sus últimos libros, Reguillo se concentró en explorar esa violencia creciente. En Paisajes insurrectos, jóvenes, redes y revueltas en el otoño civilizatorio, publicado en 2017, lo hizo analizando las protestas de Occupy Wall Street, el movimiento antiglobalófilo que se instaló en el bajo Manhattan para denunciar que el 1% más rico de la humanidad acaparaba el 43 % de la riqueza mundial.

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En Necromáquina. Cuando morir no es suficiente, de 2021, Reguillo analizó el narcotráfico y la complicidad político-empresaria en el estado de Michoacán, Ciudad Juárez y Tijuana.

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En ese texto, una de sus observaciones anticipaba gran parte de lo que hoy vivimos. La violencia contemporánea tiene una dimensión expresiva que va más allá de los fines. Esta violencia se articula con una retórica de la seguridad que no hace más que sumar leña al fuego. Lejos de resolver las causas de una desigualdad creciente, el poder explota el miedo, invisibiliza la complicidad del establishment con el negocio narco y proyecta en otros (el otro que mejor convenga según el caso) el problema.

Si Javier Milei lo hace con cualquiera que lo contradiga, Donald Trump replicó el guión con Cole Tomas Allen, el atacante que intentó asesinarlo en el marco de la gala de corresponsales realizada el sábado en el hotel Hilton de Washington, aludiendo a un supuesto odio anticristiano.

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El pistolero que disparó en el Hotel Hilton de Washington, al momento de ser detenido, según una foto difundida por el propio Donald Trump.

El pistolero que disparó en el Hotel Hilton de Washington, al momento de ser detenido, según una foto difundida por el propio Donald Trump.

El negocio de la vigilencia en la era de Donald Trump y Javier Milei

Lo cierto es que, como una paradoja, ante la situación de anomia y desesperación de los más vulnerables, las respuestas políticas de gobiernos, medios de comunicación y ciertos intelectuales es mayor represión, mayor exclusión. ¿O para qué se vieron la semana pasada Milei y Peter Thiel, empresario de la vigilancia e ideólogo de la ultraderecha global, que sostiene que el progreso tecnológico es incompatible con la democracia?

Pareciera que el problema no es la realidad, sino las formas en que interpretamos o narramos lo que ocurre. Por si faltara un botón, la reunión que mantuvo el director de La Nación con el Presidente despeja cualquier duda. No es que ya no le gusten las noticias, sino que quiere es eliminar a los que las hacen. ¿Por qué se sintió Milei con derecho a pedirle la cabeza de Hugo Alconada Mon, Jorge Fernández Díaz y Carlos Pagni? No tengo dudas de que Peter Thiel lo felicitó por eso.

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Enseguida me pregunté qué hubiera pensado Rossana Reguillo. Los jóvenes pasan la mitad de su vida en la escuela y la otra mitad en su casa o en la calle, sumidos al mismo tiempo en las pantallas de sus celulares. ¿Dónde creen que es más probable que estallara la angustia de una generación que parece condenada a trasegar por las ciudades en bicicleta para obtener unos mendrugos o ser parte de las huestes del narcotráfico como soldaditos o dealers?

En el caso de Trump, no me sorprende tanto, porque hace pocos días amenazó con hacer desaparecer la civilización persa y en lo que va de su mandato ya cuenta con seis intervenciones militares directas en siete países distintos. Y en su lenguaje de lo único que habla es de bombardear, eliminar, destruir, en una sociedad que, según chequeado.com, registró un promedio de 44 atentados escolares por año.

En el caso de Milei, ya abruma. Según FOPEA, en lo que va de su mandato, el presidente Milei posteó 16.806 tuits insultantes o despectivos. En ese marco no se privó de apoyar la guerra de Ucrania, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la intervención norteamericana e israelí sobre Irán.

Por eso, nada podría ser más pertinente hoy que la voz de Rossana Reguillo para analizar la violencia de los jóvenes contra otros jóvenes como se da en estos días en las escuelas argentinas, para estudiar por qué muchos de ellos se ven atrapados en el discurso de odio y la discriminación o para pensar qué lleva a las nuevas generaciones a buscar en el mismo engranaje digital que los encadena una libertad que se niega en la propia lógica del sistema técnico.

Lamentablemente se fue el sábado, pero están sus libros para escucharla con los ojos.

Peter Thiel, el tecnoextremista fan de Javier Milei.
Peter Thiel y Alexander Karp, los ingenieros del caos de Donald Trump y Javier Milei

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