LA CIENCIA, BAJO ATAQUE

Conicet: cómo frenar la destrucción de la ciencia argentina

Las campañas de odio y la necesidad de una nueva comunicación para derribar estereotipos. Un embate de dimensiones y violencia inéditas.

El sistema científico y tecnológico argentino está bajo ataque, pero no se trata solamente (como si esto no fuera ya una catástrofe) de un desfinanciamiento y vaciamiento brutales, como bien ya han descripto mis colegas en otras columnas, sino que existe también un ataque moral, producto, sin dudas, de la campaña de odio que lleva adelante la derecha. ¿De dónde sale este inaudito nivel de violencia contra los científicos y científicas de las universidades nacionales y, especialmente, del Conicet? ¿Por qué se atacan instituciones que en el mundo se valoran muy positivamente? Es el emergente de la campaña generalizada de odio de la que somos objeto como sociedad, cuyo desenlace más agudo fue el gatillazo en la sien de la entonces vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner. Referentes de los partidos políticos de derecha vienen realizando un trabajo de minado del prestigio de la ciencia local ante la opinión pública, que es replicado luego por los medios y periodistas afines. Para ilustrar esto –literalmente– podemos recordar la viñeta de Horacio Altuna publicada en junio de 2023 en uno de los principales diarios argentinos, donde su personaje presenta la idea de que los trabajadores del Conicet son parásitos del Estado y, además, ganan mucho dinero.

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Semanas después, en agosto, dos científicas becarias del Centro de Investigaciones Geológicas (CIG, CONICET- UNLP) fueron perseguidas y hostigadas por el centro de La Plata por circular en un vehículo con el logo de la institución, en un episodio que pudo haber terminado en un accidente. El mismo mes, una investigadora fue agredida por tres pescadores cuando hacía trabajo de campo en una reserva natural en Mar del Plata. En los últimos meses, como nunca antes, han ocurrido situaciones de agresión que pusieron en riesgo la integridad física de colegas durante sus actividades laborales o particulares. Linchamiento similar recibimos por redes sociales, especialmente en X (ex-Twitter), donde cada día nos llaman parásitos, ñoquis y otras lindezas.

¿Será que es esa la postura de la sociedad argentina sobre la ciencia y sus trabajadores? No parece serlo entre los jóvenes, quienes tienen una buena imagen de la ciencia y los científicos, según un estudio realizado en 2022 y los resultados preliminares de una encuesta de 2023. No lo es tampoco entre los adultos, al menos según el estudio más completo y reciente del que se dispone: la Quinta Encuesta de Percepción Pública de Ciencia y Tecnología, realizada en 2021, ubica a los científicos en la cima del prestigio y la confianza.

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Si bien hoy la campaña de desprestigio del sistema de ciencia y tecnología es traccionada mediante un accionar (¿coordinado?) de una minoría (casi siempre sin identificarse), resulta preocupante sobre todo porque el hostigamiento suele ser convertido en noticias por los medios masivos de comunicación, recibiendo así una atención y difusión desproporcionadas, que crean la ilusión de un apoyo mayor al real. La mala noticia es que ya sabemos que el bombardeo mediático fomenta que la idea se vaya instalando, y la imagen de la ciencia y la tecnología iría cayendo. La buena es que hay cómo prevenir que esto suceda: más y mejor comunicación pública de ciencia y tecnología.

La madre del borrego

La campaña de odio contra la clase política tiene como piedra angular las acusaciones de corrupción y, dentro de ellas, una por excelencia: el robo de los fondos públicos. ¿Cómo se construye la campaña de odio hacia la ciencia? ¿Por qué las consignas resuenan en algunos sectores? ¿De qué se acusa a los científicos y a las científicas? Nuestro pecado parece ser no apegarnos a las reglas sobre lo que una persona de ciencia debe ser. El problema es que este “científico de bien” se corresponde con una visión estereotipada que responde a un marco teórico epistemológico ingenuo y perimido.

El experimento de la pandemia

La pandemia por COVID-19 fue un gran experimento en tiempo real, con el mundo entero como observador. El ejemplo perfecto de un problema de la ciencia posnormal: hechos inciertos, pluralidad de actores y valores, riesgo muy elevado y decisiones urgentes.

Lejos de ser “la verdad”, en acuerdo con las visiones ingenuas que aún imperan, la ciencia se mostró desnuda y exhibió sus idas y vueltas, incertezas y contradicciones a ojos que la miraban por primera vez. Quedó así a la vista que la figura de “el experto” había sido reemplazada por una multiplicidad de voces, a veces incluso opuestas, y estos hallazgos hicieron que la ciencia resultase tal vez menos reconfortante para algunas personas, pero les proporcionó una imagen más realista.

No podemos desconocer que también hay quienes quedaron desencantados, esperando que los científicos, por ejemplo, no sólo desarrollaran un producto sanitario innovador, sino que garantizasen el stock y toda la cadena comercial. O esperando que los tiempos de desarrollo de nuestros laboratorios fueran los mismos que los de las grandes corporaciones farmacéuticas en vez de pensar en términos de autonomía.

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Promesas sobre el bidet

Otro de los ejes de ataque lo constituye la supuesta baja productividad, pero, ¿cómo puede la ciencia argentina vibrar alto en los rankings de productividad si está formada por ñoquis? Lo que esconde esta acusación parece ser un reclamo de más resultados tangibles que mejoren la vida de las personas que “nos pagan el sueldo con sus impuestos”. ¿Y por qué los resultados parecen pocos? En parte, porque el objetivo principal de la ciencia es generar conocimiento sobre ese recorte del mundo que es su campo disciplinar, sin perseguir necesariamente una respuesta a un problema cotidiano o un producto. Por ese motivo esta ciencia, la básica, es difícil de contar al público, mientras que la ciencia aplicada es mucho más “noticiable”. La comunicación de la ciencia está, entonces, llena de promesas de aplicaciones, cura de enfermedades y desarrollos que generan grandes expectativas, pero nunca llegan. Uno de los motivos principales es que, aunque se ha avanzado bastante, falta fortalecer la vinculación tecnológica que acerca los desarrollos de la ciencia al mundo productivo.

La grasa de la militancia (no se banca más)

Otro punto central es la violación de la supuesta neutralidad de la ciencia por parte de las investigadras y los investigadores. Que manifiesten sus opiniones políticas y apoyen explícitamente un modelo de país, candidatos o partidos, entra en contradicción con el cientificismo de lo que sería el Modelo Houssay. Sin embargo, gran parte del sistema científico abraza miradas más cercanas a la propuesta de la corriente de Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo, donde la ciencia y sus protagonistas están profundamente comprometidos con la política. Quizá Houssay nos hubiera escupido, pero probablemente Varsavsky estaría orgulloso.

Las y los investigadorxs y becaries

Pocas cosas generan tanta irritación a la derecha como el lenguaje inclusivo, en cualquiera de sus variantes: el uso de las y los, x o e provocan descalificación, burla o rechazo en aras de la pureza del idioma. Tanto así, que fue recientemente prohibido en el manual de estilo para quienes informan en Diputados TV. Pero, justamente, el lenguaje inclusivo caló hondo en el sector científico. Tanto, que los manuales de estilo de las revistas científicas, por el contrario, exigen el uso de lenguaje no sexista. Gran parte de las personas que integran el sistema científico, especialmente las más jóvenes, sostiene y defiende su uso como una herramienta para sentar posición.

Quienes tenemos un cierto recorrido hemos visto crecer el movimiento feminista en institutos y universidades. A partir de la primera marcha #NiUnaMenos, en 2015, comenzó a aumentar la participación en las actividades por el #8M, reforzada por la instauración por la UNESCO del #11F como Día internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

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Comenzamos, así, a escuchar con más frecuencia sobre el “techo de cristal”, la invisibilización de las mujeres en ciencia y el sexismo y a cuestionar, luego, las profundas desigualdades que signan el quehacer científico en Argentina y en el mundo. En pocos años, se logra impactar un ambiente -hay que decirlo- bastante rancio: comisiones, observatorios, asambleas y espacios autoconvocados de género florecieron en facultades y centros. Algunas universidades se declararon feministas, el Conicet cumplió con la ley que establece un cupo laboral para disidencias y en algunos Centros Científicos Tecnológicos (CCT) se organizaron actividades.

El empoderamiento de género se percibe entonces en las aulas, pero también en el discurso público de las mujeres de ciencia más visibles como Andrea Gamarnik, Dora Barrancos o Ana Franchi. Se ve claramente en movimientos tectónicos como el de Científicas de Acá, que viene realizando un trabajo enorme y logró hechos de gran valor simbólico como el renombramiento del ex Salón de los Científicos de la Casa Rosada. Y nada de eso cae bien en los sectores más conservadores. Por un lado, al igual que con la política, la militancia de género está totalmente fuera de contrato en el imaginario social mayoritario de lo que un científico debe ser. Y por otro, cómo podría no irritar que ampliar los derechos de las minorías pueda merecer políticas de Estado, “cuando hay tantas otras cosas más importantes y urgentes”.

Las Sociales

¿Qué fracción de la población piensa en ellas al escuchar la palabra ciencia? ¿Y dentro del propio sistema científico? Dado que existen, ¿cuál es el rol que debieran tener las Ciencias Sociales en una institución de ciencia y tecnología? Esta discusión, que sospecho no está del todo saldada puertas adentro, nunca fue abordada con la comunidad extraacadémica. En la divulgación tradicional, casi nunca las noticias científicas vienen de las Sociales. Tampoco son las preferidas por los nuevos profesionales de la comunicación científica. Tal vez porque es mucho más difícil identificar el objeto de estudio y menos espectacular el resultado.

Aquí nuevamente tenemos un problema: para la inmensa mayoría del público, un “científico de bien” nunca es un licenciado en literatura o un sociólogo. Es un biólogo, un físico, un astrónomo… hasta un antropólogo podría ser, en las mentes más elásticas. Por supuesto, es varón, heterosexual, blanco, con lentes y guardapolvo, despeinado, apolítico. Así, la campaña del odio juega con esta incomodidad y las producciones de las Sociales son directamente vilipendiadas, como en el caso de la investigación sociológica sobre el concepto de familia en El Rey León o el más actual “ano de Batman”.

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Sabemos que el modelo del déficit no funciona: llenar a las personas con información, datos y evidencia no logra más confianza y más apoyo a la ciencia. Sabemos que las actitudes se desarrollan, además, en base a intuición y emoción y, eventualmente, luego se aceptará la evidencia que las sustente.

Necesitamos una comunicación de ciencia y tecnología que no sea sólo resultadista, que muestre los procesos de producción de conocimiento y sus contextos y que colabore en derribar estereotipos para dar lugar a una imagen de científico más real, más compleja, más política.

Quienes llevamos unos años dentro del sistema científico sabemos que otras veces se ha intentado desfinanciar la ciencia local, dejando a los grupos sin recursos. Sabemos de años en que las becas eran escasas y los ingresos estaban congelados. Hemos visto institutos de investigación ahogados, sin fondos para pagar no ya insumos de investigación sino la limpieza, la seguridad o el mantenimiento. Hemos visto perder su rango al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación y, por lo tanto, su representación en la política nacional. En esos casos, hemos salido a la calle, visibilizando la situación, buscando el apoyo de la sociedad. “Toque bocina por la ciencia argentina”, rimaban los carteles que durante el macrismo se exhibían en los cortes contra el ajuste en el sector, consiguiendo que motos, camiones autos y colectivos se sumaran. Festivales, muestras y ciencia en las plazas fueron las herramientas.

Este nuevo embate, dos veces inaudito por la magnitud del recorte y de la violencia, también encuentra al sistema científico organizando acciones de resistencia.

Dos ataques brutales requieren, entonces, dos luchas contundentes. Una, urgente, para frenar la destrucción de la ciencia argentina. La otra, menos urgente pero igual de importante: generar más puntos de encuentro, más creativos, más diversos. Las instituciones de ciencia argentina seguimos teniendo el apoyo por parte de la sociedad y eso debe inspirar nuestra lucha, que es desde luego por nuestros salarios y lugares de trabajo, pero también por un proyecto de país mejor para todos sus habitantes.

Marchas en apoyo al Conicet. (FOTO: Telam).
la ciencia, bajo ataque

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