OPINIÓN

Argentina y la disrupción de la normalidad

El exgobernador de San Juan y precandidato presidencial del peronismo plantea que volver al sentido común puede ser un acto revolucionario.

Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que ser disruptivo. En Argentina y en el mundo La política, la comunicación, las ideas y hasta las formas de relacionarnos. Romper con lo establecido se convirtió casi en una obligación. Como si lo nuevo fuera necesariamente mejor y como si la capacidad de sorprender tuviera más valor que la capacidad de transformar.

Pero hace tiempo que me hago una pregunta: ¿y si lo verdaderamente disruptivo en la Argentina fuera volver a la normalidad?

Parece una contradicción, pero no lo es.

Recuperar el sentido común en Argentina

En nuestro país nos acostumbramos a vivir situaciones que en cualquier sociedad deberían ser excepcionales. Nos acostumbramos a las crisis económicas recurrentes, a la incertidumbre, a la confrontación permanente y a que millones de familias tengan que hacer esfuerzos extraordinarios para resolver necesidades básicas.

Nos acostumbramos a que trabajar no siempre alcance para llegar a fin de mes. A que los jóvenes se vayan del país. A que producir sea una carrera de obstáculos. A que la educación, la salud y la infraestructura sean motivo de disputas permanentes y no prioridades compartidas.

Y quizás lo más preocupante sea eso: hemos naturalizado tantas cosas que no deberían ser normales, que recuperar el sentido común empieza a parecer una idea revolucionaria.

Lo urgente y lo importante

Creo que la Argentina necesita recuperar algo que fue perdiendo entre tantas discusiones: la capacidad de distinguir lo importante de lo urgente, lo esencial de lo accesorio y las soluciones reales de los discursos que simplemente generan impacto.

No estoy en contra de los cambios. Todo lo contrario. Estoy convencido de que nuestro país necesita transformaciones profundas. Pero transformar no significa necesariamente destruir lo anterior, ni gobernar a través de la confrontación, ni convertir cada decisión en un espectáculo.

La verdadera transformación no se mide por cuánto ruido hace, sino por cuánto mejora la vida de las personas.

Gobernar implica tomar decisiones difíciles, administrar recursos limitados, escuchar incluso a quienes piensan distinto y entender que detrás de cada decisión hay proyectos de vida. En mis años de gestión aprendí que el equilibrio de las cuentas públicas es indispensable, pero que ningún resultado económico puede considerarse exitoso si las familias no logran llegar a fin de mes. Que la inversión es necesaria, pero debe traducirse en producción y trabajo. Que la infraestructura no es cemento, sino la posibilidad concreta de que una comunidad pueda desarrollarse.

Eso, para mí, es aplicar el sentido común a la política.

La importancia del diálogo

El sentido común nos dice que un país no puede gastar indefinidamente más de lo que tiene, pero también que no puede desarrollarse si destruye su capacidad productiva. Que necesitamos estabilidad económica, pero también salarios que permitan vivir dignamente. Que debemos integrarnos al mundo, pero sin renunciar a nuestros intereses nacionales. Que el Estado tiene que ser eficiente, pero que su eficiencia debe medirse también por su capacidad de resolver problemas.

No son ideas incompatibles. Son condiciones que deben convivir para construir una Argentina que funcione.

Para lograrlo necesitamos recuperar otra normalidad: la del diálogo. La de los dirigentes que pueden sentarse a conversar sin necesidad de pensar igual. La de los acuerdos que sobreviven a los gobiernos. La de una política que vuelve a discutir proyectos de país en lugar de dedicar toda su energía a descalificar al adversario.

Una economía para todos

Desde el interior sabemos que las cosas se construyen de otra manera. Que el desarrollo requiere planificación, continuidad, trabajo y esfuerzo compartido. Que los resultados no aparecen de un día para el otro y que las soluciones no siempre son espectaculares, pero pueden cambiar profundamente la realidad de una comunidad.

Por eso creo que la Argentina necesita recuperar la normalidad de las cosas que funcionan. Que una familia pueda organizar su economía y llegar a fin de mes. Que un comerciante pueda abrir cada mañana con la expectativa de vender más. Que una industria pueda producir, competir y generar empleo. Que un joven pueda estudiar y encontrar oportunidades sin tener que abandonar su provincia. Que una persona mayor pueda vivir con tranquilidad después de toda una vida de trabajo.

Que vivir con dignidad deje de ser una aspiración extraordinaria y vuelva a ser una posibilidad cotidiana.

Tenemos que modernizar nuestra economía, transformar nuestra infraestructura, generar empleo privado y hacer del conocimiento y la educación los grandes motores del desarrollo. Necesitamos un país que vuelva a crecer desde cada una de sus provincias y que convierta su enorme potencial en oportunidades concretas.

La Argentina no necesita elegir entre orden y crecimiento, entre estabilidad y justicia social, entre inversión y soberanía. Necesita encontrar un equilibrio que le permita avanzar con todos esos objetivos.

Coraje para construir acuerdos

Sé que en tiempos donde predominan los extremos, hablar de equilibrio, diálogo y sentido común puede parecer poco novedoso. Pero no confundo moderación en las formas con falta de firmeza en las convicciones.

Se necesita mucho coraje para construir acuerdos cuando todo empuja a la confrontación. Y mucha decisión para sostener el sentido común cuando parece que lo razonable ha dejado de estar de moda.

Estoy convencido de que nuestro país puede volver a funcionar. No a partir de soluciones mágicas ni de liderazgos que prometen resolverlo todo por sí solos, sino recuperando la confianza, el valor de la palabra, la planificación y la capacidad de trabajar juntos.

Quizás haya llegado el momento de entender que lo disruptivo no siempre consiste en romper con todo. A veces, la mayor transformación es conseguir que aquello que debería ser normal finalmente suceda.

En la Argentina de hoy, volver al sentido común puede ser el acto más revolucionario de todos.

Supermercados hackeados en Francia y dudas en Argentina
El Chiqui Tapia.

También te puede interesar