23|7|2022

¿Cuánto más resiste el Frente con Todos?

13 de marzo de 2022

13 de marzo de 2022

El Presidente está furioso. Los halcones le piden que desaloje a La Cámpora. Retuits y relaciones rotas. Massa, en campaña. Toque de queda hasta el Senado.

“Cuando La Cámpora se quiere ir, hace como en Santa Cruz: una mañana, Daniel Peralta se levantó y se habían ido todos los funcionarios. No tenía con quién gestionar. Irse del Gobierno sería eso”.

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Un hombre con banca en el Congreso que forma parte de la agrupación de Máximo Kirchner grafica, con un relato sobre el pasado, el punto de tensión que atraviesa al Frente de Todos. Aunque en las filas de Alberto Fernández hay quienes hayan entendido que el último acto de una concatenación de episodios representa el fin de la relación entre el cristinismo y el Presidente, para La Cámpora, la ruptura todavía no está sobre la mesa. Sin embargo, después de la votación del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) en la Cámara de Diputados, no hay nadie en el oficialismo que el viernes no se haya preguntado: ¿Cuánto más aguanta la unidad de la coalición?

 

Las respuestas difieren según la tribu, pero todas coinciden en algo: no se verán reacciones a la votación de Diputados mientras el acuerdo con el FMI no haya sido aprobado por el Senado, donde las miradas estarán puestas en Cristina Fernández de Kirchner. En el equipo del Presidente hay quienes creen que, a tono con el rechazo en el recinto que ya expresaron Máximo Kirchner, otros diez diputados y 17 diputadas que militan en el cristinismo, la vicepresidenta no presidirá la sesión y le cederá el lugar a la presidenta provisional, Claudia Ledesma Abdala. Según pudo saber Letra P, en el grupo de bancas identificadas con los gobernadores peronistas reina la misma convicción.

 

El escenario del día después es completamente incierto. En el entorno del Presidente se escuchan, cada vez más fuerte, las voces de los halcones que le reclaman represalias contra La Cámpora. En concreto, le piden a Fernández que, a modo de “gesto de autoridad”, desaloje a la agrupación cristinista de todos los organismos en los que maneja cajas suculentas, esto es, ANSES, PAMI, YPF y Aerolíneas Argentinas. Se salva, en este operativo clamor, el ministro del Interior, Eduardo de Pedro. Eso ya sería, dicen, la ruptura total.  

 

“Todos están esperando un jefe. El gabinete está listo para seguir gobernando sin ellos ¿Qué más le tienen que hacer a Alberto para que reaccione?”, se pregunta un integrante del ala dura. El viernes, después de la votación, el Presidente escuchó el diagnóstico de un secretario de Estado. “Ellos ya rompieron”, le avisó. En la Casa Rosada, mientras el primer mandatario participaba en Chile de la asunción de Gabriel Boric, dirigentes con diferentes niveles de responsabilidad se ocuparon de transmitir el estado de ánimo de Fernández. Describieron: muy enojado, furioso, decepcionado.

 

Otras fuentes, más moderadas, pidieron la vuelta urgente al diálogo. “Estoy triste. No puedo creer el daño que nos hacemos”, describió, abatido, ante Letra P, un hombre de máxima confianza del Presidente. Insistió en que la lógica indicaría que Alberto no puede pelearse con Cristina ni Cristina puede pelearse con Alberto; que Fernández no puede gobernar sin el kirchnerismo y que el futuro de Cristina en soledad sería más que sombrío. Sin embargo, la situación ya escapó de cualquier análisis racional y el problema mayor, coinciden massistas, albertistas y cristinistas, es el nivel de desgaste que muestran las relaciones personales. “En política siempre se puede dialogar. El problema es cuando las relaciones están rotas y acá está todo muy deteriorado”, analizó el mismo interlocutor.

 

Las horas posteriores a la votación de Diputados escalaron el conflicto a niveles inverosímiles. Al rechazo en el recinto de La Cámpora se sumaron la publicación de un duro documento con las razones del voto negativo y el video en el que Cristina relató el violento ataque a su despacho durante la manifestación contra el acuerdo. Luego llegó el retuit que el Presidente le dio al periodista Bruno Bimbi, que afirmó que Néstor Kirchner hubiera votado a favor del acuerdo. La interpretación de la potencial voluntad del padre fallecido generó indignación en el camporismo.

 

La demora en las reacciones del oficialismo frente a los destrozos generó un malestar aún mayor. El repudio del bloque de Diputados, primero, y del Senado, después, resultó “tardío” incluso para los senadores y las senadoras no cristinistas. En lo público, la Casa Rosada brillaba por su ausencia. El secretario general de La Cámpora, Andrés Larroque, disparó, vía Twitter, contra “el silencio y la parsimonia” del Gobierno. La portavoz Gabriela Cerrutti  y el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, tuvieron que salir a aclarar que el Presidente se comunicó con la vice desde Chile en el mismo momento en que supo del ataque.

 

A la noche, Fernández redobló la apuesta con otro retuit, esta vez, de una nota que titulaba con un textual del diputado Leandro Santoro sobre La Cámpora: “Todos los funcionarios tienen la obligación de estar alineados con el Presidente”. Los trapitos sucios, lavados ante la mirada de toda la sociedad.

 

El enojo de Fernández también es el de otros dirigentes, como el jefe de Gabinete, Juan Manzur; varios gobernadores y el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Todos esperaron “un gesto” de Kirchner la noche de la votación, producto del operativo que se montó para que los propios mandatarios provinciales y las centrales obreras participaran del debate. Contaban con su posible abstención o con su ausencia. Hasta ahí llegaba el umbral de “tolerancia”. Nunca imaginaron 28 votos en contra y 13 abstenciones.

 

Como contó Letra P, hasta último momento tampoco lo supieron siquiera la propia tropa legislativa de La Cámpora, que fue convocada dos horas antes de la votación para enterarse del sentido del voto de Kirchner y del conjunto.

 

El Presidente estuvo a la par del resto de los mortales. Sus diputados de confianza, Santoro y Victoria Tolosa Paz, lo fueron teniendo al tanto del clima interno durante toda la jornada. También estuvo en contacto permanente con Massa, que se desayunó sobre la hora de que el núcleo de resistencia se había expandido de La Cámpora hacia otros satélites.

 

La hipótesis que indica que el cristinismo buscó contener, con sus votos en contra, al ala izquierda del electorado del FdT es “parcialmente cierta”, según el universo no camporista: podría llegar a verificarse en los hechos, pero no fue coordinada con el Presidente, que leyó el viernes, furioso, cómo los medios hablaron de la “debilidad del Gobierno”.

 

“Ellos hacen su juego. Le hablan a su electorado. No puede sorprender a nadie”, apuntó un asiduo interlocutor de Massa que, sin embargo, remarcó que al presidente de la Cámara le ofuscó descubrir que el cristinismo se había esmerado en sumar rechazos al proyecto mientras él intentaba reunir votos a favor. En el camporismo repiten que Kirchner avisó con claridad que rechazaba el proyecto cuando renunció a la presidencia del bloque. Desde entonces, todo siguió la misma lógica.

 

El albertismo hizo su propia lectura: entiende que así quedó blanqueado que el Presidente pudo alinear a dos tercios del bloque y que, contra viento y marea, logró sacar la ley más importante de su gobierno, una herramienta con considera fundamental para los tiempos que vienen.  “Alberto tiene que mirar quiénes lo ayudaron a mantener la gobernabilidad y quiénes ya abandonaron el Gobierno”, apunta un hombre que estuvo en la mesa chica de los inicios del FdT.

 

Massa, el juego individual y los laureles

En medio de la tempestad, Massa se quedó con títulos y laureles. Hábil, el titular de la Cámara de Diputados, que había salido golpeado de la sesión en la que la Cámara rechazó el Presupuesto, desplegó todas sus armas para conseguir los votos para el acuerdo. Aprovechó relaciones personales con Gerardo Morales, Horacio Rodríguez Larreta, Martín Lousteau, gobernadores y el peronismo no kirchnerista.

 

Convenció al Presidente de la necesidad de modificar la ley para conseguir un mayor consenso y encontró en Germán Martínez un socio prolijo y trabajador que le permitió lucir sus dotes de negociador, que explotó al máximo y se encargó de mostrar ante los medios. “Massa consiguió que, con 77 votos de su propia fuerza, el Gobierno aprobara con más de 200 votos la ley más difícil desde la llegada del FdT al poder”, se ufanaron en el massismo. Sin la sombra de Kirchner, quedó como el hombre fuerte de la Cámara y mostró que es “un profesional” de la política, según lo describe en el albertismo puro un dirigente que también le critica que “juega solo para él”.

 

Su objetivo es claro. “Sergio va a intentar ser candidato sin romper nada”, conceden en el massismo. El presidente de la Cámara de Diputados pretende ser “el Alberto de 2023”. Es decir, el moderado con capacidad de convocar al peronismo no kirchnerista que resulte tocado por la varita de Cristina, con quien mantiene un diálogo permanente. Para eso, precisa que Fernández se baje de la reelección, algo que, por ahora, no está en los planes del Presidente. En caso contrario, dicen, está dispuesto “a esperar su turno”.

 

Mientras tanto, pondrá en marcha la maquinaria. Tras mostrarse como el gran componedor, para este año proyecta una agenda que combinará semanas en la Cámara, viajes al interior y también al exterior. En su entorno le piden, además, que explote su perfil, que vuelva a hablarle al electorado no polarizado y que tome distancia discursiva de Fernández y de Cristina para volver al centro. También, conceden que es el más interesado en que el FdT no vuele por el aire: afuera, lo espera el desierto. 

 

Como publicó Letra P, Massa, Cristina y Kirchner esperaban que, una vez superada la instancia del FMI, la coalición rediscutiera el esquema de toma de decisiones. Reclamaban mayor protagonismo y el rearmado de una mesa política con mayor protagonismo de la vicepresidenta, accionista mayoritaria. También, claman por un cambio urgente de gabinete. Para el albertismo, esta última opción está sobre la mesa. Las cartas quedarán echadas después del tratamiento en el Senado.