LOS SUPLENTES DEL PERONISMO I

Es la economía, Massa

En esta nota de diciembre pasado, parte de la saga "Suplentes del peronismo", el periodista Sebastián Iñurrieta contaba por qué el ministro de Economía podía ser candidato presidencial.

Empezaba 2019, faltaban meses para las presidenciales, el segundo turno que espera Sergio Massa para cumplir su sueño de llegar a la Casa Rosada, aspiraciones que no disimula desde que jugaba picados en la quinta de Olivos con Néstor Kirchner. Quien le planteó como inevitable un reencuentro con Cristina Fernández de Kirchner fue el catalán Antoní Gutiérrez-Rubí, el último consultor que había contratado el tigrense para intentar revertir la tendencia a la baja de su Frente Renovador, que se alejaba del éxito de su debut en 2013, cuando había llevado como bandera, precisamente, el freno a la reelección de la expresidenta. Meses después llegaría el acting de Alberto Fernández, su exjefe de campaña, de pedirle tomar un cafecito por C5N mientras él estaba en Chubut celebrando el triunfo del gobernador Mariano Arcioni. Su suerte estaba atada a CFK, como vuelve a estarlo en la previa de 2023, pero su principal escollo es una tabla de excel.

En sus cálculos, económicos y electorales, noviembre le dio la mejor noticia para cerrar el año al ministro de Economía: la inflación fue del 4,9%, 1,4 puntos menos que el mes anterior, según la medición del INDEC, que conduce el renovador Marco Lavagna. Lo positivo del número solo se explica con el contexto de un IPC que amenaza bordear el 100% anual.

Con su renunciamiento, la vicepresidenta pateó el tablero y tiró todas las piezas al piso. Si bien lo natural sería que un presidente peronista con reelección habilitada fuera por ella, desde su génesis el Frente de Todos fue una rara avis de las coaliciones electorales. Massa, como líder del segundo espacio en cantidad de votos, terminó como titular de la Cámara de Diputados. Desde allí alimentó a su FR, que había sufrido deserciones con el correr de los años y los comicios. También se quedó con la potestad de ubicar a su tropa en un puñado de oficinas, pero todas ellas con caja. Las principales, Transporte y AySA, donde recaló Malena Galmarini.

La reconciliación con CFK fue inevitable, un salvavidas. ¿Cómo sería visto por su electorado? El mote de "Ventajita" con el que lo bautizó Mauricio Macri caló hondo. Massa podía tener las mejores propuestas de campaña, el mejor equipo, un discurso sólido, pero la mayor parte de la opinión pública, de un lado y del otro, no le creía y hasta no lo tomaba en serio con su "tajaí". La ancha avenida del medio a la que apostó resultó más angosta que una bicisenda.

Si bien la militancia K supo mirarlo con desconfianza, la novela entre ambos Fernández le permitió a Massa mostrarse como un cardenal Samoré. "Siempre apostó a la armonía; sabe que, si nos peleamos entre nosotros, gana el macrismo", resumían en los meses más turbulentos de 2022. La pirotecnia política lo habilitó a seguir promocionando su postura de gestión a pesar del delirio que crecía a su alrededor: el único cuerdo en el manicomio. Mientras la presidencia Fernández dilataba las medidas, incluyendo las que le reclamaba el kirchnerismo, Massa se vendía desde Diputados como el "Señor de los alivios" y lograba la aprobación de exenciones fiscales para la clase media, su histórico núcleo duro electoral, misma pecera en la que pesca Juntos por el Cambio.

Massa se refugió en la gestión para escapar de los enojos. No pudo. La sorpresiva renuncia de Martín Guzmán lo llevó a negociar un desembarco plenipotenciario en el gabinete que quedó trunco. Su plan era volver a la Jefatura de Gabinete y tener el control de la botonera con otras dependencias. Fernández sólo quería un nuevo ministro de Economía que no fuera vetado por CFK.

-¿Vos confías en Sergio?- dicen en la Casa Rosada que le preguntó el Presidente a su vice ese domingo en el que, por la crisis, habían vuelto a hablar. No hubo respuesta del otro lado del teléfono y asumió Silvina Batakis.

El batakismo duró poco. En menos de un mes, el mercado seguía sin confiar y clamó por Massa, que había masticado su bronca en un respetuoso silencio, algo que después destacarían albertistas y cristinistas. Generar confianza, el mantra massista, para adentro de la alianza y para afuera, en el electorado.

"Gestión, gestión, gestión" es el nuevo ABC desde que entró al Palacio de Hacienda. Como activo, destacan a su lado ahora otra palabra que intentan pegar a su figura: estabilidad. En medio de la escalada de precios, frenarla la mueven como un logro, aunque sea una victoria pírrica. "Si en marzo la inflación no es de 3 puntos, no hay 2023 para nadie del FdT", suele repetir un importante funcionario. Lo que no necesita aclarar: si el IPC baja, será mérito de Massa.

Líder de un espacio, extitular de Diputados, con una apuesta para que en su hogar vuelva a vivir el intendente de Tigre (en este caso intendenta, con Galmarini), para evitar como mensaje el menospreciar la gravedad de la crisis que lo depositó en Economía, Massa se distanció de la política en público y también en privado. Fue Carlos Achetoni, de la Federación Agraria, quien cometió la infidencia de contar que, en una reunión con la Mesa de Enlace, el ministro les admitió que mira recién a 2027. En una conferencia, de la nada, deslizó que está "dando sus últimos pasos” en su carrera. Y frente a la presión de su hijo Tomás en una charla streaming, reveló que su familia le pide un respiro.

Tres revelaciones registradas y una en privado: "Decimos en público que no estamos pensando en elecciones, pero si remonta la economía, es un candidato potente". En el calendario está marcado marzo como el punto de inflexión. Massa lanzó su plan "pasar el verano" con una serie de acuerdos de precios para congelar la economía hasta entonces.

La economía no es la única variable. Cristina, siempre es Cristina. En el peor momento de la relación con Fernández, que se cansó de repetir que nunca habilitó la construcción del albertismo, cerca de la vicepresidenta repetían los elogios a Massa que parte de su tropa declaraba en medios, con dirigentes de lenguas filosas como Andrés Larroque y Juliana Di Tullio. Llegaron a resaltar que, a diferencia del Presidente, el tigrense se animó a romper y hasta a enfrentar al cristinismo (y ganarle) en las urnas. Por esos días, Máximo Kirchner destacó que el renovador tomó una papa caliente. La metáfora se volvió habitual en el camporismo para esquivar las preguntas dirigidas al hueso del rumbo económico que propone el ministro, con un norte no muy distinto al expulsado Guzmán.

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