09|5|2022

La CELAC, sus estigmas y el desafío de la unidad en la diversidad

07 de enero de 2022

07 de enero de 2022

Mal visto en el Norte, el foro evitó proclamas de barricada y llamó a la integración. Argentina, con la urgencia de conducirlo con éxito en un contexto crítico.

La XXII cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) terminó con tres actores regionales favorecidos. El primero, la Argentina, que ostentará la presidencia pro tempore del bloque por el próximo año. El segundo, las fuerzas progresistas, que buscan dar las primeras señales de empoderar a un espacio que durante los últimos años sufrió retrocesos en distintas latitudes. El tercero, el continente, que presenció la revitalización de un espacio de discusión donde puedan alcanzarse acuerdos y potenciarse posibilidades individuales a partir del trabajo multilateral de sus partes. Para que este escenario llegue a buen puerto, será necesario desarrollar una cuidadosa sinergia política y diplomática que logre aglutinar a todos sus miembros. Este jueves y este viernes, en Buenos Aires, dio sus primeros pasos.

 

A pesar de que la CELAC es observada por gran parte de la comunidad política (incluso, la analítica) como un reducto de izquierda del continente donde las expulsadas de otros bloques, como Cuba y Venezuela, participan sin limitaciones, lo cierto es que cuenta con un objetivo primordial y una característica que deben ser explotadas: el poder de sentar en una misma mesa de discusión a gobiernos tan disímiles entre sí como el venezolano de Nicolás Maduro, el nicaragüense de Daniel Ortega, la Colombia de Iván Duque y el Chile de Sebastián Piñera. Incluso y también deben ser tenidos en cuenta, los países del Caribe insular, históricamente olvidados y relegados en las discusiones continentales por su escaso peso específico en la balanza internacional.

 

En la actualidad, no logra este objetivo la Organización de los Estados Americanos (OEA), de la que no participan Maduro, tras haber sido expulsado, ni la isla de Cuba y de la que pronto saldrá Nicaragua. Tampoco, el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur), un invento de Piñera que buscaba fortalecer a las derechas continentales, del que participó el expresidente argentino Mauricio Macri y se enfrenta al desafío de perder a su socio fundador, Chile, ante la asunción de Gabriel Boric en La Moneda. Ni siquiera el Mercado Común del Sur (Mercosur) consigue sentar a sus integrantes sin autoflagelarse hasta niveles peligrosos.

 

Esta característica de la CELAC, que por momentos pareciera olvidarse, quedó en evidencia durante las últimas horas en Buenos Aires y ahora enfrenta el desafío y la posibilidad de potenciarse. En un momento en el que la región enfrenta desafíos globales y apremiantes, como el Covid-19 y el cambio climático, la necesidad de lograrlo es imperiosa y, para ello, sus miembros deben evitar tropezar con la piedra tantas veces puesta en el camino del continente: la imposibilidad de trabajar de forma unida por diferencias políticas.

 

La presidencia argentina dio señales de intentar buscar este camino. “La CELAC no nació para oponerse a alguien ni para enfrentarse con algunas instituciones ni inmiscuirse en la vida política de ningún país”, dijo Alberto Fernández en el cierre la cumbre, donde agregó: “Somos parte una patria grande que nos une a pesar de que muchos intentan separarnos y someternos”.

 

 

El objetivo citado durante su alocución es el de hacer de los 33 países un solo bloque unitario capaz de discutir en el escenario internacional con otras potencias. La tercera posición peronista de la Argentina le permite ponerse este traje. El propio Fernández se vanaglorió de esta virtud al asegurar que el apoyo a la presidencia argentina es un reconocimiento de que el país “es capaz de articular consensos”.

 

Por su parte, las distintas fuerzas progresistas, lejos de levantar banderas de barricada y de apuntar contra los techos de la Casa Blanca, que ahora hospeda a Joe Biden, también apuntaron en este sentido. El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, quien tiene más de un motivo para dirigirse con fuerza hacia el Norte, se dedicó a manifestar la voluntad de su gobierno de preservar al bloque como un “mecanismo de concertación política genuinamente latinoamericano y caribeño” y pidió trabajar como una “región unida y solidaria que pueda defender con una sola voz sus intereses”.

 

Su par de Nicaragua, Denis Moncada -también enfrentado con EE.UU.-, se manifestó en el mismo sentido. “Frente a las pandemias transversales la unidad en la diversidad y pluralidad es nuestro camino”, proclamó.

 

Las fuerzas de izquierda, a las que se suele acusar de politizar y nublar las relaciones diplomáticas, bajaron las proclamas más duras para concertar caminos y salidas comunes en un momento que ningún sector niega que es peligroso y apremiante.

 

Para que esto funcione, el tercer actor, la región en su conjunto, deberá llevar a la práctica una idea que sobrevoló la cumbre: dejar de lado las diferencias políticas y trabajar de forma común para revertir los problemas que aquejan a la zona más desigual del mundo. Para bailar este tango no se necesitan dos personas, sino 33 Estados diferentes dispuestos a combinar sus propios intereses con el del continente para llegar de forma conjunta a una buena salida.

 

Para ello, cuentan con un incentivo peligroso: los desafíos que enfrenta el continente son globales y, como tal, demandan soluciones globales. El cambio climático, el Covid-19, el estancamiento económico presente desde hace años, las migraciones, el crimen organizado y el narcotráfico demandan que los discursos que se escucharon en Buenos Aires se lleven a la práctica a lo largo y a lo ancho del continente. La complejidad es muy alta, pero los riesgos de no revertir estos desafíos lo son más aun. 

 

Durante los próximos 12 meses, esta tarea recaerá sobre el Palacio San Martín, que deberá comandar los hilos de esta desafiante pero necesaria tríada política y diplomática para encontrar solucione que no pueden tardar en llegar.