11|8|2022

14 de marzo de 2021

14 de marzo de 2021

Un circo sin remedio. Antivacunas, churrasqueros de dosis, ministros de sí fácil, estrellas fugaces e intelectuales sin rumbo. El sound track del panelismo.

Nuestra Argentina no es un país de mierda. Sería imposible que lo fuera dado que está llena de amor, solidaridad, sueños, risas, trabajo, talento y, en particular, de argentinos. Establecer eso es esencial para no caer en el vicio de los extraterrestres que desprecian sin piedad a “los argentinos”. Sin embargo, aquello no debería dar lugar a una autopercepción complaciente porque es demasiado lo que aquí funciona mal, para peor desde hace tanto tiempo que ya acerca el fantasma de lo que no tiene remedio. Encima, todo con polémica desmedida, una actitud que no se sabe si se contagia de los estudios de TV hacia la calle o al revés.

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Resulta difícil explicar cómo se echa a perder todo lo bueno que abunda. El expediente del denuesto, como todos los argumentos simplones y que ponen las culpas en los demás, es atractivo para las personas con poca vocación por las ecuaciones difíciles. Hay que aspirar a más: es perentorio encontrarle la quinta pata a lo que, solo en apariencia, no la tiene.

 

Es fútil detallarle a quien siente la realidad cada día la percepción de una decadencia que viene de décadas. De acuerdo con cómo palpite cada corazón, unos pondrán las culpas en cierto sector de la dirigencia y otros, en el rival; para eso y nada más sirve la grieta, antes capricho adolescente que confrontación inteligente. Sin embargo, como el fracaso es transideológico, hay que suponer que en la Argentina pareciera funcionar una meritocracia al revés, que logra el prodigio de que lo mejor de la sociedad nunca acceda a los roles clave, los que quedan reservados tantas veces para personas de capacidad o ética –cada uno sabrá qué le cabe– limitadas.

 

Si hay un tema de actualidad en el que, literalmente, nos va la vida, es el de las vacunas contra el covid-19. Dada la teoría de la meritocracia invertida, no llama la atención que sea también el que mayores desatinos concentra en el país intratable.

 

Acomodo, churrasqueo, palanca, clientelismo… Muchos términos dan cuenta del abuso que se hace simpático para quienes acceden a los favores de influyentes o poderosos cuando faltan reglas y principios. Más allá de la defenestración de un hombre como Ginés González García, cuya trayectoria merecía otro final, y de la crisis que le generó al Gobierno el sí fácil con el que habilitó el “vacunatorio VIP”, uno de los saldos más impactantes que dejó dicho escándalo es el argumento con el que se defendieron los beneficiados: “Estuve mal, pero no me di cuenta”. Eso pasa cuando la incorrección es incolora, inodora, insípida y abundante como el aire que nos rodea.

 

Con necesidad y escasez, si había una piedra anunciada en el camino del gobierno de Alberto Fernández era esa, pero ni así logró sortearla.

 

Como se recuerda, ese caso –explotado hasta la náusea por la industria del panfleto, llamada aquí prensa de calidad– opacó uno perfectamente simultáneo al momento de su estallido, esto es el de los miles de hijos y nietos de adultos mayores de la Ciudad de Buenos Aires que fueron invitados a un embudo inexplicable para sacar turnos online en una web a la que hasta se le cayó el aviso de “página colapsada”.

 

Como las vacunas fueron mentadas durante largos meses de desesperación, en la calle y en palacio, como la única salida a la peste, es difícil explicar por qué no se usó ese tiempo generoso para elaborar listas de espera por grupo poblacional a inmunizar y para pergeñar una logística perfecta a la que solo hubiera que subirle el interruptor para que arrancara.

 

Una piedra igual de visible que la que le fracturó el pie a González García fue la que se interpuso en el camino del presidenciable Horacio Rodríguez Larreta y de uno de sus posibles delfines, estrella de la coyuntura, Fernán Quirós. La ley del embudo online, se entiende ahora, fue el preludio de una organización improvisada que, más allá de los méritos del segundo, hizo eclosión poco después en la aglomeración de los porteños más susceptibles al contagio en los alrededores del Luna Park. “Lo más importante es el pedido de disculpas a las cuatro mil personas y a las personas que las acompañaron, que pasaron un momento incómodo”, iluminó Juan Domingo Perdón.

 

Sobran los periodistas que tiran paredes con factores políticos y judiciales y hasta con intelectuales engolados. Una exponente notable de esta especie no quiso quedarse fuera del caso de las puertitas del señor García y, para propalar superioridad moral, reveló haber rechazado una oferta de la administración de Axel Kicillof para vacunarse “por debajo de la mesa”. Deleitada, a su vez, con la posibilidad de involucrar a Soledad Quereilhac, esposa de aquel, en un caso inexistente, parte de la prensa eligió ignorar que la propuesta no fue ni impropia ni “por debajo de la mesa”. La denunciante, en tanto, que no se había topado con el obstáculo de la repregunta en el set de TN, quedó frente al monte Everest cuando le tocó pasar por los tribunales. “Me autocritico fuertemente. No debí decir ‘por debajo de la mesa’”, explicó después de ese trance la especialista en discursos. Perdón vuelve.

 

Es notable el modo en que algunos medios y periodistas, en lógica de guerra, les ofrecen paco a sus consumidores y, más aun, que estos lo acepten y se presten, con una docilidad impropia de los ciudadanos conscientes que creen ser, a la operación de ser antivacunas un lunes para despertarse el martes clamando por la lentitud de las inoculaciones.

 

Pareciera que validar los propios odios fuera para algunos más importante que, simplemente, ser feliz.

 

Mientras aquellos comunicadores, actores de reparto ad honorem de "Good bye, Lenin", creen que “instalan agenda” con portadas falaces, el siglo XXI les devuelve una imagen deforme en el espejo de las redes sociales, donde la información fluye con otras libertades, tanto la falsa como la verdadera, y deja en ridículo aquella pretensión analógica.

 

Asombra la capacidad de la dirigencia política –en sentido amplio– y de la élite intelectual –que incluye, con perdón del abuso retórico, al periodismo– de ser una fuente permanente de decepciones. Si fuera un plan, habría que aplaudirlas.

 

Mientras, la Argentina real sangra riqueza, calidad de vida y futuro. Ante ella, el Presidente tropieza con su lengua más de la cuenta, se desprende de otra ministra amiga, Marcela Losardo, y expone sin destreza razones para su caída que acaso debería callar. En efecto, ¿qué cosa, si no las internas del Frente de Todos y las presiones de Cristina Kirchner, podrían ser las causas del “agobio” de la mujer que llegó con el encargo de reformar la Justicia al gusto de Fernández? En paralelo a eso, ¿qué, si no la necesidad imperiosa de mantener los precarios equilibrios internos y encontrar un reemplazo que no implique ondear la bandera blanca ante la vicepresidenta, explican la demora en llenar esa vacante sensible?

 

La oposición, en tanto, se bate en duelos apenas menos perceptibles y apuesta a color en la ruleta: la promesa antigrieta de Rodríguez Larreta y la furia de Patricia Bullrich, todo a la vez. Claro, con esa estrategia la ganancia se hace más probable, pero también más modesta.

 

Afuera, en tanto, la calle y la tele panelean con un montón de ruido y ni una nuez. ¿Qué le pasa a la Argentina intratable? ¿Cuándo le llegará la hora de dejar de revolcarse sin manos y de apostar a las mañanas de sol?