01|12|2021

Fernández y la ardua remake del sueño de Perón

11 de febrero de 2021

11 de febrero de 2021

El diálogo social en el ADN peronista. Trabas viejas y nuevas. Las retenciones, el tero y los huevos. ¡Un médico a la izquierda! Alberto nunca será Cristina.

El general Juan Perón proyectó su movimiento como un aglutinador de sectores políticos, económicos y sociales, a tono con las ideas que en los años 30 y 40 del siglo pasado planteaban que una representación institucional adecuada a los tiempos debía ir más allá de la liberal partidocrática, insuficiente cuando las democracias de ese cuño hacían agua por todos lados. Esa visión, parte sustancial del ADN ideológico del peronismo, vuelve 80 años después, aggiornada claro, pero choca con los mismos límites que experimentó aquella y con otros, nuevos, que impone la propia estructura del Frente de Todos.

 

Según uno de los más notables especialistas en historia del peronismo, Juan Carlos Torre, ese intento inicial se quedó corto: en términos políticos, lo que Perón se llevó del radicalismo y hasta del socialismo resultó limitado, mientras que, en el plano socioeconómico, el sector agropecuario siempre se paró en la vereda de enfrente y solo adhirió una burguesía nacional anclada en la pequeña y mediana industria de sustitución de importaciones. El recordado discurso que el entonces secretario de Trabajo y Previsión pronunció en 1944 en la Bolsa de Comercio, que podría parafrasearse en la consigna “el comunismo o yo”, nunca convenció a la comunidad de negocios. Así, el peronismo terminó siendo un movimiento en el que el sector sindical –reformateado desde el Estado, pero también capaz de plantearle demandas al líder– quedó sobredimensionado.

 

A su modo y en su tiempo, el presidente Alberto Fernández hace un ensayo equivalente. El diálogo social como herramienta para alinear precios, salarios, inversión y proyectos de largo plazo fue una parte central de su campaña electoral, con la que recogió la expectativa de muchos sectores, en particular los perdedores de un macrismo que decía dialogar mucho, pero que siempre laudaba a favor de la maximización de las tasas de ganancia empresariales.

 

La pandemia, se sabe, puso en pausa toda idea de futuro, pero la vida se abre paso de nuevo en una Argentina y en un mundo que, sin otro remedio, vuelven a trabajar como si esta no existiera. Con una macroeconomía endemoniada, sin cuyo ordenamiento no hay desarrollo posible, el diálogo con los sectores para alinear variables clave pasa, por fin, al primer plano.

 

Así fue como el Gobierno recibió el miércoles a la primera plana del sindicalismo y a la Mesa de Enlace; hoy hacía lo propio con la flor y nata del empresariado.

 

Como si se recrearan las condiciones que enfrentó el primer peronismo, los gremios apoyaron, pero también se plantaron con sus demandas acuciantes de recuperación salarial, mientras que los patrones rurales aceptaron el convite únicamente por la consciencia de que tenían más para perder que para ganar con el regreso de la guerra gaucha. El tercer sector irá, pero con gestos que reiteran, una y otra vez en el “día de la marmota” constante que es la historia nacional, quiénes podrían pararse dentro del círculo y quiénes nunca lo harán.

 

¿Alcanzará con los compromisos reales y también con los forzados, recelosos, que se observan para tranquilizar la economía al gusto del ministro Martín Guzmán? ¿O volverá a ocurrir que la puja distributiva, el componente político de una inflación económicamente multicausada que no siempre se ve, volverá a hacer de las suyas? El reflejo de la competencia de suma cero –“me la llevo yo o te la llevás vos”– se hace cada vez más automático en la medida en que el país se olvida de las ventajas de crecer y del reparto en movimiento, a la vez que se resigna a repartir las migas que todavía quedan sobre la mesa.

 

Esa ha sido la historia argentina desde los años 50 y el corrosivo fenómeno inflacionario no ha sido ajena a ella, como se dijo. Sin embargo, la coyuntura le impone al Presidente limitaciones específicas. Es natural: Alberto Fernández no solo no es Perón; tampoco es Cristina Kirchner.

 

La inquietud por la inflación de alimentos, que superó el año pasado en casi diez puntos al promedio y que se elevó a alturas de soroche en productos sensibles como la carne, llevó a Fernández la semana pasada a amenazar con un incremento de las retenciones, de modo de ponerle un techo a los precios internos. El miércoles, cuando se sentó con la Mesa de Enlace, el mandatario negó semejante extremo y comprometió a los visitantes a pactar esquemas de abastecimiento local a precios razonables. Su obsesión es estabilizar y relanzar la economía antes que protagonizar una revolución distributiva.

 

Reaparecieron, en ese mismo acto, las divergencias de visión dentro del Frente de Todos, en las que el ala derecha –massista– resulta más market-friendly, la izquierda –cristinista– cree en la distribución progresiva de los ingresos en cualquier contexto y el Presidente hace varias cosas a la vez: cuida los equilibrios políticos de la alianza, atiende el problema inflacionario, gestiona la necesidad de darle aire a la inversión y se inquieta ante la necesidad imperiosa de que mayores exportaciones remuevan, algún día, la carencia de divisas, principal traba al desarrollo. En cuatro palabras: hace lo que puede.

 

El ida y vuelta con las retenciones confirmó lo señalado por Letra P en el sentido de que el show bien podía ser el del engañoso tero: el grito de la suba de retenciones o la aplicación de cupos de exportación estaba limitado por las condiciones políticas, mientras que los huevos podían realmente incubarse en el pozo del acuerdo de precios.

 

La reacción sotto voce del cristinismo de paladar negro expresó la (nueva) decepción sin remedio del ala izquierda: ¿para qué amenazó, por qué nunca se anima a confrontar, por qué vive dando marcha atrás?

 

Acaso haya que asumirlo de una buena vez: ambos pueden convivir, pero Alberto no es y nunca será lo que Cristina quiere.