08|5|2022

Reelecciones: quiénes ganan y quiénes pierden en el Frente de Todos

31 de diciembre de 2021

31 de diciembre de 2021

Kicillof, intendentes, Massa, Máximo K., La Cámpora y la dulce espera. Cómo impactó el cambio a la ley en las distintas tribus de la coalición oficialista.

La contienda por los cambios a la ley que pone tope a las reelecciones en la provincia de Buenos Aires volvió a sacar a la luz las diferencias entre las tribus que componen el oficialista Frente de Todos (FdT) y dejó ganadores y perdedores. Entre los primeros, se anotan los barones que gobiernan los distritos desde hace mucho tiempo, Máximo Kirchner y, de manera indirecta, el gobernador Axel Kicillof. En el segundo pelotón resalta la figura de Sergio Massa y también sufren la derrota la dirigencia que deberá seguir esperando y La Cámpora.

 

En la obviedad del triunfo de los intendentes, quienes ahora tienen la chance de competir por otro mandato en 2023 -en rigor, también de la dirigencia legislativa, puesto que a ella también comprende la normativa en cuestión-, cobra relevancia la figura del lomense Martín Insaurralde, convertido en cabeza del grupo de jefes territoriales del conurbano que logró atravesar la coraza del gobierno kicillofista y tomar lugares clave.

 

El intendente en uso de licencia fue motor de las negociaciones con sus pares de la oposición para voltear la retroactividad de la ley pese a que él ya estaba a salvo con su salto a la jefatura de Gabinete.

 

El gobernador ganó indirectamente. La discusión por las reelecciones fue parte de la negociación grande por el Presupuesto 2022 y la Ley Impositiva. Los jefes comunales del PRO y, sobre todo, los del radicalismo ponían sobre la mesa la eliminación de la retroactividad a la norma como prenda de cambio para acompañar los proyectos enviados por el Ejecutivo al parlamento, además, claro, del reclamo de más fondos y la condonación de deudas a las intendencias, con lo que Kicillof logró finalmente destrabar la discusión.

 

Kirchner, en su rol de presidente del Partido Justicialista (PJ) de la provincia de Buenos Aires y articulador de las políticas bonaerense y nacional también gana, pese a que podría decirse que la agrupación que conduce pierde. Como sea, bajo su presidencia partidaria los territoriales se garantizaron la chance de otros cuatro años de gobierno. Lo sucedido en la Legislatura fortifica su alianza con las intendencias, con la que construye poder para dar las próximas contiendas, entre las que eventualmente podría incluirse una con su socio por excelencia en la mesa grande de la política, Massa.

 

A la vista de muchos, el tigrese es uno de los perdedores. Fue el impulsor de la norma sancionada en 2016 y por la que luchó a capa y espada hasta último momento para que no fuera modificada, una defensa que volvió a ubicarlo en la trinchera junto a una vieja aliada, la exgobernadora María Eugenia Vidal, derrotada en su guerra de guerrillas con el intendentismo amarillo del conurbano. En alianza con el vidalismo y la izquierda, el massismo legislativo buscó, pero no pudo conseguir los votos necesarios para tumbar la avanzada. Perdió.

 

Sin embargo, hay quienes prefieren enfocarse en el reverso de la foto y ven al tigrense como ganador. Aun más: son quienes sostienen que tenía el triunfo asegurado. Es decir, hubiera ganado si lograba que no se cambiara la ley y ganó -pese a la derrota- con la demostración de coherencia que significó su lucha frente a un electorado en el que prende rápido la indignación por la perpetuidad en los cargos políticos.

 

Pese al triunfo de su líder, podría decirse que también pierde La Cámpora. El retiro obligado de un batallón de barones sin sucesión clara en sus distritos -peronistas y también de una legión de radicales y macristas- le hubiera dejado tierra más fértil para sembrar candidaturas a la agrupación adulta y en expansión que ya gobierna algunos distritos como Mercedes (con Juan Ustarroz) o Quilmes (con Mayra Mendoza).

 

Entre los derrotados también debe contarse a aquellos y aquellas que ya se frotaban las manos. El puñado de dirigentes que asomaba la cabeza por encima del resto en la competencia interna del peronismo para saltar a las sillas en las que los intendentes se sientan hace décadas. Para ese grupo, el tiempo de espera es el mismo que para todos, seis años (dos más cuatro de otro mandato), pero resulta más tedioso porque sintieron que acariciaban el sillón.