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Alberto F. deja la moderación en el país y hace progresismo con Lula en Brasil

Visita al ex presidente en su prisión de Curitiba. Relaciones personales y mensajes domésticos. Un equilibrio necesario. Filtraciones acá y allá. La sombra de Cristina.

Alberto F. deja la moderación en el país y hace progresismo con Lula en Brasil

04/07/2019 13:18

 

Las acciones políticas no responden únicamente al cálculo de conveniencias y muchas veces se vinculan con afinidades personales. No hay por qué no interpretar en ese sentido la visita que le hará en la tarde de este jueves Alberto Fernández al encarcelado Luiz Inácio Lula da Silva. Sin embargo, se quiera o no, un gesto de ese nivel no deja de tener lecturas en clave de campaña, sobre todo cuando el precandidato presidencial del Frente de Todos está obligado a desplegarse un juego doble y complejo: mostrarse moderado ante los sectores medios, el empresariado y factores de poder internacionales como Donald Trump y el Fondo Monetario Internacional (FMI), aunque sin descuidar el propio jardín, el de los votos progresistas y kirchneristas de paladar negro.

Alberto F. viajó a Brasil junto a su colaborador Santiago Cafiero para visitar a Lula da Silva en su lugar de reclusión, la Superintendencia de la Policía Federal en Curitiba, estado de Paraná (sur). Este purga allí desde abril del año pasado una sentencia por corrupción pasiva y lavado de dinero, fallo confirmado ya a nivel de cámara y del más alto tribunal penal de ese país, el Superior Tribunal de Justicia (STJ), que la terminó fijando en ocho años y diez meses.

El argentino aprovechará la ventana de los jueves para las visitas libres y llegará acompañado del ex canciller y ex ministro de Defensa de Brasil, Celso Amorim, miembro como él del Comité Internacional Lula Libre.

 

 

La afinidad personal, claro, viene de los tiempos en los que Lula da Silva constituía junto a Néstor Kirchner y Hugo Chávez, entre otros líderes, un eje progresista que marcó a fuego la historia de la región en el comienzo del siglo. Pero también caben las lecturas políticas.

 

 

En primer lugar, Fernández muestra una vocación de reforzar su pertenencia progresista, algo necesario para que no peligre la transfusión de votos que le hace Cristina Kirchner cuando lo que priman son sus definiciones sobre la necesidad de seguir pagando las deudas del país, de “terminar la guerra” con el multimedio Clarín, de llevar adelante una política económica racional y hasta de mantener un vínculo armónico con Donald Trump.

 

 

Segundo, reivindica la figura de Lula da Silva en momentos en que está instalada en Brasil la sospecha de que los fiscales que instruyeron el caso por el que se lo condenó, el del tríplex en Guarujá, y que el juez que emitió la sentencia, el actual ministro de Justicia Sergio Moro, actuaron fuertemente motivados por consideraciones políticas y por el deseo de sacarlo de la cancha electoral, lo que permitió en noviembre del año pasado el triunfo de Jair Bolsonaro.

Esa presunción surge de la filtración de una serie de chats de la aplicación Telegram filtrados por el sitio The Intercept, de la que se esperan nuevos y resonantes capítulos.

Reivindicar la figura del líder histórico de la izquierda brasileña en el sentido de que sufre una persecución judicial permite hacer lo propio con la de Cristina, sobre todo cuando en el país también se ventilan chats, audios y videos que aluden a la aparente existencia de una trama espuria que involucra al espía inorgánico Marcelo D’Alessio, a fiscales como Carlos Stornelli, a otros magistrados y políticos y hasta a periodistas de primera línea.

 

Reivindicar la figura del líder histórico de la izquierda brasileña en el sentido de que sufre una persecución judicial permite hacer lo propio con la de Cristina.

 

Desagraviar al brasileño (y a la argentina), por otro lado, no es negar los latrocinios que ocurrieron. En el país vecino, Petrobras, cuando todavía respondía al gobierno del Partido de los Trabajadores con Dilma Rousseff, reconoció en sus balances que los mismos le provocaron un agujero de 2.000 millones de dólares. La postal de José López en el convento, en tanto, es de una potencia similar. Lo útil parece entonces establecer por debajo de aquellos una suerte de cerco sanitario: ocurrieron hechos de corrupción, pero las cabezas de los respectivos proyectos no tuvieron por qué estar al tanto.

Todo suma en el escarpado camino a octubre.

Alberto F. deja la moderación en el país y hace progresismo con Lula en Brasil

Visita al ex presidente en su prisión de Curitiba. Relaciones personales y mensajes domésticos. Un equilibrio necesario. Filtraciones acá y allá. La sombra de Cristina.

 

Las acciones políticas no responden únicamente al cálculo de conveniencias y muchas veces se vinculan con afinidades personales. No hay por qué no interpretar en ese sentido la visita que le hará en la tarde de este jueves Alberto Fernández al encarcelado Luiz Inácio Lula da Silva. Sin embargo, se quiera o no, un gesto de ese nivel no deja de tener lecturas en clave de campaña, sobre todo cuando el precandidato presidencial del Frente de Todos está obligado a desplegarse un juego doble y complejo: mostrarse moderado ante los sectores medios, el empresariado y factores de poder internacionales como Donald Trump y el Fondo Monetario Internacional (FMI), aunque sin descuidar el propio jardín, el de los votos progresistas y kirchneristas de paladar negro.

Alberto F. viajó a Brasil junto a su colaborador Santiago Cafiero para visitar a Lula da Silva en su lugar de reclusión, la Superintendencia de la Policía Federal en Curitiba, estado de Paraná (sur). Este purga allí desde abril del año pasado una sentencia por corrupción pasiva y lavado de dinero, fallo confirmado ya a nivel de cámara y del más alto tribunal penal de ese país, el Superior Tribunal de Justicia (STJ), que la terminó fijando en ocho años y diez meses.

El argentino aprovechará la ventana de los jueves para las visitas libres y llegará acompañado del ex canciller y ex ministro de Defensa de Brasil, Celso Amorim, miembro como él del Comité Internacional Lula Libre.

 

 

La afinidad personal, claro, viene de los tiempos en los que Lula da Silva constituía junto a Néstor Kirchner y Hugo Chávez, entre otros líderes, un eje progresista que marcó a fuego la historia de la región en el comienzo del siglo. Pero también caben las lecturas políticas.

 

 

En primer lugar, Fernández muestra una vocación de reforzar su pertenencia progresista, algo necesario para que no peligre la transfusión de votos que le hace Cristina Kirchner cuando lo que priman son sus definiciones sobre la necesidad de seguir pagando las deudas del país, de “terminar la guerra” con el multimedio Clarín, de llevar adelante una política económica racional y hasta de mantener un vínculo armónico con Donald Trump.

 

 

Segundo, reivindica la figura de Lula da Silva en momentos en que está instalada en Brasil la sospecha de que los fiscales que instruyeron el caso por el que se lo condenó, el del tríplex en Guarujá, y que el juez que emitió la sentencia, el actual ministro de Justicia Sergio Moro, actuaron fuertemente motivados por consideraciones políticas y por el deseo de sacarlo de la cancha electoral, lo que permitió en noviembre del año pasado el triunfo de Jair Bolsonaro.

Esa presunción surge de la filtración de una serie de chats de la aplicación Telegram filtrados por el sitio The Intercept, de la que se esperan nuevos y resonantes capítulos.

Reivindicar la figura del líder histórico de la izquierda brasileña en el sentido de que sufre una persecución judicial permite hacer lo propio con la de Cristina, sobre todo cuando en el país también se ventilan chats, audios y videos que aluden a la aparente existencia de una trama espuria que involucra al espía inorgánico Marcelo D’Alessio, a fiscales como Carlos Stornelli, a otros magistrados y políticos y hasta a periodistas de primera línea.

 

Reivindicar la figura del líder histórico de la izquierda brasileña en el sentido de que sufre una persecución judicial permite hacer lo propio con la de Cristina.

 

Desagraviar al brasileño (y a la argentina), por otro lado, no es negar los latrocinios que ocurrieron. En el país vecino, Petrobras, cuando todavía respondía al gobierno del Partido de los Trabajadores con Dilma Rousseff, reconoció en sus balances que los mismos le provocaron un agujero de 2.000 millones de dólares. La postal de José López en el convento, en tanto, es de una potencia similar. Lo útil parece entonces establecer por debajo de aquellos una suerte de cerco sanitario: ocurrieron hechos de corrupción, pero las cabezas de los respectivos proyectos no tuvieron por qué estar al tanto.

Todo suma en el escarpado camino a octubre.