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Heidi de Hierro

Implacable, pragmática, más metódica que rosquera y con una mesa chica atomizada, premia a leales, mantiene a raya a sus socios y disfruta el poder sin euforia. La intimidad de su vínculo con Macri.
Por 11/07/2019 6:35

Estudiosa, perseverante e implacable. Cultora del pragmatismo a ultranza y más metódica que rosquera. Abundan los adjetivos que dirigentes propios y ajenos consultados por Letra P usan para describir a la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, en su versión 2019. Aquella Heidi -como eligieron nombrarla despectivamente dirigentes peronistas durante la campaña de 2015- muestra hoy una dureza que sufre su entorno más cercano y todo dirigente que esté encolumnado detrás de su figura. Para muchos que miran la política desde cierta distancia, la mandataria logró desarmar una lógica de construcción política instalada por décadas y convertirse en jefa y líder de Cambiemos en el principal distrito electoral del país, además de figura estelar de la alianza gobernante. Vidal lo hizo construyendo su imagen con todos los clichés posibles que le gustan -o el vidalismo supone que le gustan- al electorado: con trajes de madre, mujer sencilla, esposa divorciada en busca del amor, trabajadora, leona que lucha contra las mafias.

¿Cómo es la gobernadora en el ejercicio del poder? ¿Cómo es su relación con Macri? ¿Cómo es la primera mandataria mujer de la provincia de Buenos Aires como jefa de sus socios en Cambiemos? ¿Cómo se relaciona con la tropa propia?

 

 

BIO. Nació el 8 de septiembre de 1973 en el barrio porteño de Flores. Estudió Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Católica y se sumó al PRO de la mano de Horacio Rodríguez Larreta en el Grupo Sophia y de la Fundación Creer y Crecer de Mauricio Macri. Casada y divorciada del ex diputado provincial y actual intendente de Morón, Ramiro Tagliaferro, con quien tiene tres hijos, trabajó en la ANSES y el PAMI. En 2007, fue electa legisladora porteña, banca que ocupó durante seis meses ya que fue designada ministra de Desarrollo Social de la Ciudad de Buenos Aires durante la primera jefatura porteña de Macri. En 2011, fue electa vicejefa de Gobierno en fórmula con el hoy Presidente y en 2015, gobernadora bonaerense con el 39,42% de los votos. Es la primera mujer que ocupa ese cargo, que ejerce tras 28 años de gobiernos peronistas.

 

Según coinciden amigos y enemigos, Vidal es dura, implacable, pragmática en sus objetivos, de los que no se aparta un milímetro, y tiene “una piel resistente a todo”. Construye poder desde un rol de directora de orquesta: con ella, no hay margen ni tiempo para los debates ideológicos o las riñas de poder de pago chico.

La gobernadora ordena y espera respuestas. No demora su andar en charlas con sus socios del espacio Juntos por el Cambio. Ni siquiera lo hace con sus más allegados. Decide y espera que ejecuten y delega las negociaciones políticas en su hombre de máxima confianza, el jefe de Gabinete, Federico Salvai.

En su rutina de visitas a los municipios, sean del oficialismo o de la oposición, no da espacio para charlas informales con los jefes comunales. Sólo el saludo y algún comentario de circunstancia. “No habla mucho, ni siquiera con nosotros”, describe un intendente del interior que añora las épocas en las que el diálogo y la charla política con el gobernador eran moneda corriente.

 

 

Vidal no mezcla: respeta los roles en un esquema de estructura cerrada, donde participan, además de Salvai, el ministro de Asuntos Públicos, Federico Suárez; el secretario general, Fabián Perechodnik; el secretario de Medios, Mariano Mohadeb; el ministro de Seguridad, Cristian Ritondo, y el subsecretario de Gobierno y Asuntos Municipales, Alex Campbell.

Cuentan quienes la conocen que heredó esa lógica de conducción de su jefe y mentor, el presidente Mauricio Macri, con quien mantiene una relación de mutua confianza pero a quien jamás cuestionó una decisión. Nunca mantuvo con el Presidente una relación de pares. Vidal prefiere masticar bronca antes que hacerle planteos a su jefe político. Mantiene, con él, una relación cordial, aunque menos familiar de lo que muestra en público.

Formada en el PRO original moldeado por Horacio Rodríguez Larreta, es tal la sumisión de la mandataria con el jefe de Estado, que testigos de esa relación afirman que solo una vez, en estos casi cuatro de gobierno, elevó la voz y le dejó en claro a Macri que no estaba de acuerdo con su decisión. Fue cuando la Casa Rosada desautorizó el desdoblamiento de la elección bonaerense de la nacional y aprobó la transferencia de gastos por subsidios de las prestadoras de energía Edenor y Edesur a la Provincia.

 

 

Exigente con los demás como consigo misma, premia a sus dirigentes leales, de quienes espera la máxima contracción al trabajo. Es más proclive a la sonrisa que a la carcajada. No acierta en chistes y bromas aunque, a veces, sorprende. Es amable y sencilla en sus modos y en su vestimenta y se enoja a menudo, aunque no grita. “Su cara se transforma; con eso es suficiente”, describe a Letra P un dirigente de su entorno que la conoce como pocos.

Vidal profesa la religión católica y sostiene una relación estrecha con los obispos de la provincia, con quienes se reúne al menos dos veces por año al margen de los encuentros que sostiene su secretario de Gobierno y encargado de cultos, Perechodnick.

Mantiene con ellos una relación de mutua conveniencia: asentadas en zonas muy pobres o marginales, las iglesias son vehículo de asistencia del gobierno, además de una base de contacto y control fundamental para la mandataria.

 

 

LA ROSCA. Al igual que el expulsado Emilio Monzó, quien patentó la frase “reivindico la rosca”, el vidalismo rosquea y mucho, solo que no es Vidal la encargada de hacerlo. Delega esa tarea en Salvai, quien, a su vez, encarga muchas de esas comisiones a Campbell.

Vidal no termina de sentirse cómoda en las tertulias de la negociación política y prefiere, en cambio, potenciar su actividad en el contacto directo con el electorado.

Esa lógica de la no rosca, enraizada en la cultura de la no política, es transferida a sus “leales”, aquellos dirigentes, legisladores, candidatos a intendencias en distritos opositores que fueron premiados por la mandataria en el cierre de listas. Con los años se verá si su estrategia funcionó.

La gobernadora les exige trabajo, lealtad y atención territorial sin distracciones ni demoras. Los leales siguen a rajatabla un manual de acción, organizado en su mayoría por el ministro Suárez, que combina la difusión de la gestión, las frases necesarias para contener el malhumor social y, fundamentalmente, el escuchar.

Vidal no termina de sentirse cómoda en las tertulias de la negociación política y prefiere, en cambio, potenciar su actividad en el contacto directo con el electorado.

Enfática, Vidal ordena a los suyos que bajen al territorio y escuchen a los vecinos. Su teoría, con la que logró acceder a la gobernación en 2015, profesa que no hay mejor campaña que el oído dispuesto para el reclamo, el insulto, la adulación o el agradecimiento del elector.

Como con casi la totalidad de los funcionarios y dirigentes, con “los leales”, sus pichones, tiene una relación amable, aunque no personal ni demasiado afectiva. La mayoría surgió de la gestión del PRO en la Ciudad de Buenos Aires.

LOS SOCIOS. Distante y efectiva se podría denominar la relación que mantiene la gobernadora con el resto de los integrantes de Cambiemos. Con la UCR, cuyo interlocutor es el vicegobernador Daniel Salvador, logró consolidar un vínculo conveniente basado en la supremacía de sus decisiones por sobre los reclamos y pedidos de los boina blanca.

En este proceso, sirvió la posición personalista del titular del radicalismo bonaerense, quien siempre se encargó de negociar los espacios legislativos y la defensa de las intendencias para la UCR, pero sin discutir ni avanzar en la construcción de poder y la toma de decisiones.

 

 

Vidal conoció a Salvador casi el mismo día en que lo confirmó como su compañero de fórmula, cuatro años atrás, y, a partir de allí, construyó un vínculo de confianza que no siempre guarda relación con la mirada del resto de los correligionarios para con el gobierno.

Con los demás socios, la CC ARI y el partido FE, el vínculo es ordenado ya que se traza a partir de la certeza de un reparto estándar. En cada nueva elección, Vidal se asegura primero y de manera anticipada el cupo de sus aliados, quienes, a diferencia de su propio espacio, se sostienen pero no avanzan. A partir de allí, despeja la discusión para el ordenamiento de los propios.

Si bien al comienzo del mandato tuvo que sostener las inclemencias políticas desatadas por la diputada nacional y jefa de la CC ARI Elisa Carrió, los planteos nunca tuvieron expansión. Astuta, la gobernadora se corrió de la pelea antes de que sucediera. Se desligó de los odios de la diputada, quien en varias ocasiones apuntó contra el ministro Cristian Ritondo y dejó que fuera la Casa Rosada la encargada de ordenar el juego.

 

 

EL PODER. Vidal parece disfrutar del poder desde un lugar de menor pertenencia del que solían mostrar sus antecesores y otros dirigentes de peso de la política argentina. Entiende que el éxito electoral dura un tiempo y que esa circunstancia no depende siquiera del mérito del dirigente, sino del proceso cíclico que se da en toda representación política.

“Ella sabe que tiene un tiempo determinado para estar acá, que no es eterno, y tampoco le interesaría si fuera así”, describe otro dirigente que se sienta a la mesa chica de la mandataria.

Todas las fuentes consultadas coinciden en señalar que Vidal siente la adrenalina del poder cuando tiene que enfrentar un desafío, que no se ruboriza por el tono de las alianzas ni el nivel de los acuerdos y menos por la toma de decisiones arriesgadas.

 

 

“Lo demostró desde el comienzo de su gestión, cuando fue a José C. Paz para sacarse una foto con el ex presidente Eduardo Duhalde, su esposa Hilda “Chiche” González y una fila de barones del conurbano que ansiaban por ese entonces ser la pata peronista de Cambiemos.

La gobernadora cursaba apenas su primer año de gestión, en una provincia que le era ajena. Ese día, Vidal mostró su mejor sonrisa, estrechó la mano de cuanto dirigente peronista le ofreció el saludo y se sacó fotos con todos los integrantes del “tren fantasma”, como denominaban con ironía a los viejos dirigentes del Partido Justicialista. También, sumó a su look los ponchos de abrigo, tal como utiliza históricamente el anfitrión, Mario Ishii.

A caballo de esa versatilidad y pragmatismo y con la concreción del objetivo de recorrer los 135 distritos de la provincia antes de aquella elección en la que resultaría triunfadora, Vidal intenta mostrar una pertenencia bonaerense que, en rigor, no es tal. Nacida y criada en el barrio porteño de Flores, cinceló su perfil político sin cruzar la General Paz.