Si el decreto de necesidad y urgencia para imponer la extinción de dominio fue uno de ellos, el caso Venezuela es el fetiche del momento.
Una interesante encuesta de D’Alessio Irol/Berensztein ilustra el trazo grueso de las percepciones sociales en la materia: el 93% de los argentinos prefería ver un gobierno democrático en Caracas y el 65% avala la idea de que Macri “intervenga” en la crisis en ese país.
Más interesante todavía: esa posición intervencionista asciende al 71% entre los votantes de Cambiemos y llega al 60% entre los del Frente para la Victoria.
Las encuestas suelen medir opiniones, pero no intensidades. Es discutible, entonces, cuán apasionadamente vive la generalidad de los argentinos el día a día de la puja entre el chavismo y el antichavismo, pero la pregunta es qué percepciones logra fijar la estrategia oficial de los “temas sustitutos” en el inconsciente colectivo o, dicho de otro modo, de qué modo opera sobre los ciudadanos antes de la apertura de las urnas.
El debate mediático que se desató alrededor de la extinción de dominio da algunas claves de lo que continúa hoy con Venezuela. Más allá de las fragilidades del mecanismo elegido (el DNU) y de las polémicas legales sobre los límites que impone a la presunción de inocencia y a los derecho de defensa en juicio y de propiedad, logró darle centralidad a un tema caro a muchos argentinos, como es el de la recuperación del “dinero de la corrupción”.
Con eso, el Gobierno logró ubicarse en el centro de la escena con un tema político y sensible para su base electoral, corriendo del medio otros, con los que convivió temporalmente, como la caída del 7,5% de la economía en noviembre, la persistencia de la inflación y la crisis aguda de la industria.
Además, reflotó la cuestión de la corrupción y, una vez instalada, logró que los distintos sectores políticos salieran a sentar posición: el kirchnerismo en contra; referentes importantes del peronismo federal, como Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey, a favor.
Así, además de volver a adosarle al kirchnerismo el karma de la corrupción de cara a la sociedad, volvió a meter al panperonismo en el juego de la mancha venenosa, dificultando más las gestiones en pos de una unificación electoral.
El debate mediático que se desató alrededor de la extinción de dominio da algunas claves de lo que continúa hoy con Venezuela. Con eso, el Gobierno logró ubicarse en el centro de la escena con un tema político y sensible para su base electoral, corriendo del medio los económicos.
Por último, de yapa, al forzar un respaldo, aunque sea crítico, del llamado “peronismo racional” a la iniciativa, también ató a este detrás de su carro y le hizo más complicado seguir elevando el discurso más crítico que necesita para el comienzo de la campaña.
Con el tema de Venezuela, la operación resulta llamativamente análoga.
Para empezar, Macri se instala en el centro como uno de protagonistas de la ofensiva internacional contra Maduro.
Además, el kirchnerismo, cuyos diputados nacionales emitieron un comunicado de apoyo a Maduro, vuelve a quedar pegado a un chavismo visto cada vez más ampliamente como corrupto y autoritario. Acaso allí se pregunten alguna vez sobre la utilidad de esos gestos.
En paralelo, la cuña entre los peronismos se hizo más profunda cuando
Massa, Urtubey y Miguel Ángel Pichetto imitaron el gesto oficial y reconocieron a Guaidó como autoridad legítima de ese país. Y estos volvieron a quedar como parte de un sector que tiene coincidencias con Cambiemos que, a la hora de la verdad, pueden resultar llamativas para el electorado más opositor.
El Gobierno gana tiempo mientras espera que los indicadores de la economía comiencen a darle algún alivio al final del verano, de modo que se haga real el mantra que recitan en la Casa Rosada: “No vamos a tener una economía para ganar las elecciones, pero por lo menos esperamos que no sea una que nos haga perder”.
Mientras, teje y entretiene con su estrategia de los “temas sustitutos”.