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ESPECIAL 24M | 50 AÑOS

Memorias en disputa: construir para no retroceder

A 50 años del golpe, el desafío es encontrar nuevas maneras de transmitir el pasado para que pueda ser comprendido en el presente.

Cada 24 de marzo nuestro país se detiene para recordar el golpe de Estado de 1976. Las calles se llenan de marchas, de pañuelos blancos, de abrazos entre generaciones que se encuentran para reafirmar una consigna que sintetiza décadas de lucha: memoria, verdad y justicia.

No se trata solo de una fecha en el calendario. El 24 de marzo se ha consolidado como uno de los momentos en los que la sociedad argentina expresa con mayor claridad su repudio a la última dictadura cívico-militar y a las violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Es una fecha de reparación colectiva, de reafirmación de valores democráticos, una manera de decir que no todo es posible en una sociedad que aprendió del horror.

Sin embargo, el contexto actual nos obliga a mirar estas conmemoraciones con nuevas preguntas. Lo que hasta hace algunos años parecía impensable —cuestionar públicamente las políticas de memoria y relativizar los crímenes de la dictadura— hoy encuentra espacio en el debate público e incluso rédito electoral.

Frente a esta realidad, muchos sentimos una mezcla de estupor y preocupación. Durante más de 40 años construimos consensos democráticos que parecían firmes. Hoy vemos que esos consensos están siendo discutidos. Pero quizás el problema no sea la verdad histórica. El problema es cómo la transmitimos.

La memoria fue una conquista

Muchas veces se piensa que las políticas de memoria en Argentina fueron un proceso natural, casi inevitable, como si la sociedad hubiera llegado espontáneamente a los juicios a los genocidas y a la condena del terrorismo de Estado. Nada más lejos de la realidad.

Hubo que luchar para que se juzgara a los responsables de los crímenes. Hubo que resistir leyes de impunidad, indultos, amenazas y silencios. Hubo que impedir que los centros clandestinos fueran demolidos para convertirlos en sitios de memoria. Hubo que construir, año tras año, las marchas del 24 de marzo y lograr que en las escuelas se hablara del terrorismo de Estado. Nada fue sencillo.

Gran parte de estas conquistas se lograron gracias al compromiso de los organismos de derechos humanos, de familiares, sobrevivientes y militantes que decidieron hablar cuando gran parte de la sociedad todavía no quería escuchar.

Las voces que habían sido condenadas al silencio durante la dictadura se transformaron en testimonios. Los relatos individuales se convirtieron en memoria colectiva. Y con el tiempo, esa memoria se transformó en política pública. Por eso la democracia argentina logró algo excepcional en el mundo: juzgar a los responsables del terrorismo de Estado dentro del propio sistema institucional.

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Cuando la memoria deja de ser obvia

Sin embargo, el paso del tiempo también trae nuevos desafíos. Para quienes atravesamos la dictadura o los primeros años de la democracia, conceptos como terrorismo de Estado, genocidio, centros clandestinos o desaparición forzada forman parte de nuestra experiencia histórica. Los escuchábamos en los medios, los veíamos en los juicios, los discutíamos en la vida cotidiana.

Pero las nuevas generaciones no crecieron en ese contexto. Para muchos jóvenes esas palabras no tienen el mismo peso que tuvieron para nosotros. Son conceptos que necesitan ser explicados, contextualizados, pensados con tiempo.

Por eso el desafío actual no es simplemente recordar. Es encontrar nuevas maneras de transmitir el pasado reciente para que pueda ser comprendido en el presente.

Las nuevas formas de narrar la memoria

Las nuevas generaciones se apropian de la memoria con sus propios lenguajes. Lo hacen a través de videos, murales, redes sociales, podcasts, canciones o intervenciones artísticas. Narran el pasado de manera fragmentada, múltiple, digital.

Esa forma de comunicación tiene una enorme potencia. Permite que la memoria circule por espacios que antes no existían y que llegue a públicos mucho más amplios. Pero también presenta un riesgo.

A veces la historia se convierte en una sucesión de fragmentos aislados, sin el tiempo necesario para comprender su complejidad. Y sin esa complejidad es difícil entender por qué ocurrieron los hechos más trágicos de nuestra historia reciente. La memoria necesita emoción, pero también necesita reflexión.

Memoria en tiempos de negacionismo

El resurgimiento de discursos negacionistas nos obliga a asumir que los consensos construidos durante décadas no están garantizados para siempre. Quienes relativizan el terrorismo de Estado o cuestionan la cifra de los treinta mil desaparecidos no están simplemente discutiendo números. Están intentando banalizar la magnitud del genocidio y relativizar la responsabilidad del Estado en esos crímenes.

Por eso no se trata solamente de responder con indignación. También debemos generar nuevas estrategias para explicar, argumentar y transmitir lo que ocurrió. La memoria no puede quedar congelada en las formas del pasado. Necesita encontrar nuevos lenguajes para dialogar con las preguntas del presente.

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Un desafío para nuestra democracia

Cada generación debe encontrar sus propias maneras de relacionarse con la historia. Las nuevas generaciones no son simples herederas de nuestra memoria. Son protagonistas de su tiempo, con sus propias agendas, sus propias luchas y formas de participación política. Lo vimos en los movimientos feministas, en las luchas ambientales, en las movilizaciones estudiantiles. Allí también se juega el futuro de nuestra democracia.

Nuestro desafío es acompañar esos procesos sin imponer relatos cerrados, permitiendo que surjan preguntas, tensiones y debates. Porque muchas veces esas incomodidades son el primer paso para que los jóvenes puedan apropiarse realmente de la historia.

La memoria como tarea permanente

La memoria no es una herencia automática. No se transmite de generación en generación como si fuera un objeto que pasa de mano en mano. La memoria es una construcción política, social y cultural que debe ser renovada permanentemente.

Por eso cada 24 de marzo volvemos a encontrarnos en las calles. No solo para recordar el pasado, sino también para defender el presente y construir el futuro. Porque la memoria, la verdad y la justicia no son únicamente consignas. Son compromisos que debemos honrar todos los días.

Y porque, como aprendimos en todos estos años de lucha, la democracia no está garantizada para siempre. Se construye, se defiende y se vuelve a construir, una y otra vez. Y tal vez la tarea más urgente de este tiempo sea esa: volver a contar, con paciencia y con verdad, todo aquello que creímos que ya estaba dicho.

Pero no tengo dudas: lo vamos a volver a hacer.

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