"IRRITACIÓN DIFUSA"

Europa se pica y América Latina se radicaliza: ¿de dónde brota la nueva ola de indignación?

Protestas con desenlace violento y giro a la derecha dura. Parecidos y diferencias a uno y otro lado del océano. Nuevas demandas y la deuda del desarrollo.

Las protestas registradas esta semana en España y en Francia calientan el clima social en Europa, en tanto el triunfo de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las presidenciales de Brasil consolida el giro de América Latina hacia propuestas radicales de derecha. Es un drama en tres actos que dan cuenta de un rebrote de indignación que conviene intentar comprender.

Primer acto

Cientos de miles de jóvenes bloquearon este martes más de 1800 colegios en toda Francia y salieron a las calles de las ciudades más importantes del país para protestar por la falta de recursos para la educación, el deterioro edilicio de las escuelas públicas, la falta de profesores y el hacinamiento de los estudiantes en las aulas.

La movilización, llamativamente masiva, terminó con graves disturbios provocados por encapuchados no reconocidos por las organizaciones convocantes y con una represión policial muy repudiada, que provocó heridas —en algunos casos graves— a 215 adolescentes y a 85 docentes y directivos escolares.

Segundo acto

El centro de Barcelona fue escenario el lunes de una gran manifestación convocada para reclamar un alivio en los alquileres y facilidades para el acceso a la vivienda, la que derivó por la noche en serios incidentes entre grupos radicalizados y la policía catalana.

Las protestas son permanentes en España e incluyen acampes en ciudades como Madrid a pesar de un segundo intento de Pedro Sánchez de hacer pasar por el Congreso de los Diputados un decreto ley que pone tope a los alquileres y dificulta los desalojos de personas en situación vulnerable.

La crisis se solapa con la campaña relámpago lanzada por el presidente socialista del Gobierno para las elecciones anticipadas del 29 de noviembre, en las que espera aprovechar el tema, pero que podría dar lugar a la emergencia de una coalición entre el Partido Popular (PP) y la extrema derecha de Vox.

Tercer acto

A pesar del comportamiento relativamente satisfactorio de la economía y de registros macro positivos en términos de crecimiento, inflación, empleo y salarios, Luiz Inácio Lula da Silva quedó el domingo a punto de perder el aura de invencibilidad que lo acompaña desde 2002 y lucha ahora contra todos los pronósticos para evitar que Flávio Bolsonaro repita su triunfo del último domingo en la segunda vuelta presidencial de Brasil.

¿Cómo se llama la obra?

"Irritación difusa"

Allá por 2013 y con mayor fuerza el año siguiente, se desató en Brasil una serie de protestas convocadas por grupos supuestamente autogestionados —pronto capitalizada por cierta derecha— contra el gobierno de Dilma Rousseff. El detonante eran los gastos para la Copa Confederaciones de 2013, el Mundial de Fútbol de 2014, y los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro; además de la corrupción, y los deficientes servicios de transporte, salud y educación.

Todas esas quejas pusieron en marcha un proceso que terminó en conspiración, impeachment legal pero maloliente, operación Lava Jato, encarcelamiento e inhabilitación de Lula y emergencia, por primera vez desde la dictadura (1964-1985), de un gobierno más que conservador del entonces considerado extravagante Jair Bolsonaro.

La periodista Eliane Cantanhêde, entonces columnista en O Estado de S. Paulo, resumió el estupor general por ese géiser de rebelión con una expresión feliz: había en Brasil, dijo allá por 2014, una "irritación difusa".

Algo de eso regresa hoy tanto en el Occidente desarrollado como en el siempre subalterno de América Latina, aunque es probable que ese sentimiento nunca se haya ido y solamente esté rebrotando, gritando una vez más sus urgencias nunca atendidas.

De Macron a Pedro Sánchez

Europa tiene mucho más resto que América Latina para contener el descontento de los sectores trabajadores y medios en persistente retroceso, sobre todo por la supervivencia de Estados benefactores que se han recortado, pero nunca eliminado. Sin embargo, el trasfondo de larga data de una cierta decadencia productiva en comparación con la emergencia de China y otros países de Asia, los estragos de la pandemia y, finalmente, la invasión de Rusia a Ucrania y la consiguiente interrupción del suministro de gas barato precipitan un malestar especial.

Francia y España cuentan con liderazgos políticos de larga data, pero no por ello inmunes a las contestaciones severas que podrían prenunciar un futuro diferente.

El "socioliberal" Macron —más "liberal" que "socio"— llegó al Palacio del Elíseo en 2017 y fue reelecto en 2022. En ambas ocasiones contó con el viento de cola del voto útil democrático en los balotajes que lo enfrentaron a Marine Le Pen, pero las cosas podrían ser diferentes el año que viene. La ultraderechista supera el 30% de intención de voto y por primera vez aparece en las encuestas por encima de eventuales rivales en un escenario de segunda vuelta.

Sánchez, en tanto, es un sobreviviente que ha sabido sacarles agua a las piedras en materia electoral.

No necesitó ganar ninguna elección para llegar al poder en 2018, sino simplemente poner en marcha una moción de censura contra el gobierno de Mariano Rajoy (PP) y, luego, alinear a partidos de izquierda, nacionalistas y hasta independentistas catalanes y vascos.

Su Partido Socialista Obrero Español (PSOE) fue el más votado en 2019, pero esos comicios debieron repetirse por la imposibilidad de armar una coalición mayoritaria en el Parlamento, cosa que finalmente consiguió de la mano de la izquierda de Unidas Podemos.

En 2023 salió segundo detrás del PP, pero consiguió permanecer en la Presidencia del Gobierno por haber sido capaz, al revés del conservador Alberto Núñez Feijóo, de armar una coalición suficiente para su investidura.

Ahora, estragado por denuncias de corrupción que, otra vez, lo rozan a él y a su esposa, encontró en la crisis de los alquileres el contexto para ensayar un nuevo salto mortal. ¿Le alcanzará para evitar el asalto ultra a la Moncloa?

Sánchez sorprendió al adelantar las elecciones generales después de que el Parlamento rechazara dos decretos-ley —equivalentes a los DNU de la Argentina— para establecer topes a la actualización de los alquileres y límites a los desalojos de personas en situación de vulnerabilidad.

Ese desenlace se produjo, básicamente, por el voto conjunto de los diputados del PP y de Vox, que ya actúan como una virtual coalición.

El caso Maricarmen

La crisis de la vivienda es de larga data y común a buena parte de Europa, al punto de que explica la victoria de la izquierda radical Die Linke en Berlín, que compitió con la bandera de las expropiaciones por debajo de las cotizaciones de mercado a las grandes empresas propietarias de inmuebles.

Sin embargo, hizo su última eclosión en España por el caso de María del Carmen Abascal, una mujer de 87 años con movilidad reducida que fue desalojada del departamento del barrio madileño de Retiro en el que había vivido por más de 70 años.

Maricarmen no pudo afrontar un aumento del alquiler de los 500 euros que venía pagando a los 2650 requeridos por la sociedad propietaria. El caso conmovió a la sociedad y su desahucio, asegurado por un fuerte operativo policial, convocó a decenas de personas frente al edificio, inicio de movilizaciones de cientos de miles de personas en diversas ciudades que se prolongan, con menor masividad, hasta hoy.

Ante la presión social, la sociedad dueña del departamento aceptó fijar un alquiler más razonable y Maricarmen volverá a su vieja vivienda cuando salga del hospital en el que quedó internada.

Países ricos, clases medias empobrecidas

La crisis, sin embargo, va más allá de un caso particular. Algunos datos sobre el drama de la vivienda en Madrid ilustran lo que ocurre en el resto de Europa. Allí, el alquiler promedio se duplicó desde agosto de 2016, mientras que el metro cuadrado de las viviendas puestas para la venta aumentó más del 200% en ese período. Además, se calcula que el déficit habitacional ya asciende a las 755.000 unidades.

En paralelo, un alquiler representa aproximadamente la mitad de los atrasados ingresos promedio.

Sectores trabajadores y medios en retroceso, y costo de vida al alza y fijado en el cielo después de la pandemia. ¿La revolución de la inteligencia artificial y el incremento exponencial que promete de la productividad vendrá a remediar ese mal o, al contrario, el reemplazo del trabajo humano con el que amenaza abrirá, en el mediano plazo previsible, un abismo de convulsiones aún inimaginables?

Sudamérica, eslabón débil de la cadena

Las grandes crisis suelen comenzar en los eslabones más débiles de las cadenas y, si de geografías se trata, no sorprende que sus manifestaciones resulten más apremiantes en esta parte del mundo.

En Europa y en Estados Unidos la palabra de moda es "asequibilidad" —tal fue el mantra de campaña de Zohran Mamdani en Nueva York—. Mientras que el drama de los jóvenes es la certeza de que no podrán alcanzar el nivel de vida que les conocieron a sus padres, el de los viejos es el desamparo.

En América Latina en general y en Sudamérica en particular, la realidad es diferente, agravada por la informalidad de los mercados de trabajo y por ingresos menores.

En un país como Brasil, donde las políticas de inclusión puestas en marcha a inicios del siglo resultaron exitosas para sacar de la pobreza a unos 30 millones de personas y donde el hambre dejó de ser una acechanza masiva, las inquietudes de los jóvenes y los no tan jóvenes se vinculan con demandas de segunda generación, esto es con una promesa de mejora constante de su calidad de vida que ven defraudada ya desde hace mucho.

Este martes, el PT puso en marcha una "campaña del miedo" —o, más bien, de advertencia— para avisarles a los votantes qué pueden esperar de un hombre que se pasea por los escenarios de sus mítines con una tijera gigante y que representa a un clan político probadamente amenazante para la democracia.

¿Sorprende que la ventaja de casi 2,3 millones de votos que le sacó el extremista de derecha se explique, más allá del crecimiento del bolsonarismo respecto de sus guarismos de 2022, en que Lula perdió 3,4 millones de sufragios, sobre todo en las ciudades medianas y pequeñas más dependientes de su programa social estrella, el Bolsa Familia?

En los municipios en los que ese plan alcanza al menos a la mitad de la población, el presidente pasó del 71,5% de los votos hace cuatro años al 68,7% el domingo. En ellos, Bolsonaro creció.

¿Le alcanzará a Lula con el aumento del 15% que sus beneficiarios percibirán justo antes del segundo turno?

El problema no es el pasado

El lulismo fue especialmente exitoso en sus políticas sociales y distributivas, pero cosas similares pueden decirse de otros procesos, por caso del primer y segundo kirchnerismos en Argentina.

Al menos desde 2010-2011, agotado el boom de los precios de las materias primas de exportación, lo que primó fue una era en la que el crecimiento económico de un año se frenaba al siguiente. Un stop and go continuo y frustrante. El problema no es el pasado, sino el futuro.

A la luz del triunfo del bolsonarismo en los comicios del último domingo, esto vuelve al primer plano.

¿Los electorados de la región prefieren las opciones ultras por una conversión programática o, en verdad, no hacen más que castigar a los siempre decepcionantes oficialismos de turno, chocando en cada elección contra el guardarrail de la izquierda o el de la derecha, según corresponda al voto castigo de cada momento?

Una promesa rota

En el fondo, parece primar en Brasil, pero no solamente allí, una decepción con la promesa rota del crecimiento continuo, algo a lo que las masas no tienen por qué ponerle nombre, pero que cabría designar como desarrollo.

Sin infraestructuras adecuadas, el transporte público es en esta parte del mundo una bomba de tiempo social constante.

La vivienda es otro drama, creciente en las grandes ciudades en las que se extiende la gentrificación.

La educación ha perdido calidad y la salud, eficacia e incluso llegada oportuna.

En la base, el trabajo no rinde, sigue cruzado por altos niveles de informalidad y bajos estándares de protección, y el crecimiento "a tasas chinas" de la primera década del siglo deriva, en el mejor de los casos, en uno mediocre y de baja sensación térmica.

Pensado así, el péndulo constante y de ángulo cada vez más amplio deja de ser un misterio insondable.

La Argentina padece todos esos males, pero en alguna medida los oculta debajo de la gruesa capa de la inestabilidad monetaria, una cuenta aún impaga que, sumada a los estragos de base, hizo posible el ascenso de Javier Milei y hoy pone en duda su continuidad.

¿De qué color se pintará la Argentina de 2027 en el mapa sudamericano de la grieta oscilante?

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