Flávio Bolsonaro armó la fiesta de Donald Trump, Javier Milei y Cía. Por qué ganó. Por qué perdió Lula da Silva. ¿Y si la cuestión no es izquierdas o derechas?
Flávio Bolsonaro, favorito para la segunda vuelta en Brasil, armó la fiesta para la ultraderecha regional.
Como anticiparon las encuestas, la elección presidencial de Brasil arrojó polarización fuerte, naufragio de las "avenidas del medio" y necesidad de un segundo turno, que se realizará el domingo 25 de este mes. También acertaron —eso era más fácil— en los nombres de los dos clasificados para esa instancia, Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva.
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Lo que no predijeron fue el orden, lo que hace que la extrema derecha comience la nueva campaña con un favoritismo inesperado.
La ola ultra está de fiesta. Festejan papá Jair, quien espera que un indulto le devuelva la libertad que perdió por su intento de golpe de 2022-2023; Javier Milei y, por encima de ellos dos, el patrón Donald Trump. Con Brasil en su bolsillo, nada se podría interponer entre la realidad y el deseo del republicano de convertir, Doctrina Donroe mediante como en Venezuela, a América Latina en un "patio trasero" cerrado a la influencia de China.
Con la casi totalidad de las secciones electorales contabilizadas, el senador por Río de Janeiro consiguió el 47,06% de los votos contra 45,13% del presidente, una diferencia de casi 2,3 millones de sufragios.
"Este es el fin de la era del PT. ¡Está decretado el fin de la era del PT!", se entusiasmó el vencedor en Brasilia.
En tanto, Lula confesó su sorpresa y su voluntad de pelear en San Pablo. "Acabamos de tener una lección de democracia con la votación del pueblo brasileño. El resultado a veces es un poco inesperado; confieso que esperaba ganar en primera vuelta. Pero tenemos la segunda vuelta y esa será la prueba de fuego", señaló con optimismo.
"El partido va a empezar" otra vez, prometió el persistente caudillo.
Las razones de un favoritismo
Aunque queda un tiempo por jugar, las derechas duras de toda América tienen motivos sobrados para el festejo: el resultado deja a Flávio B. con ventaja para el balotaje.
Eso es así, en primer lugar, por una obviedad: la distancia que sacó es estrecha, pero importante en un marco en el que la polarización ya definió el 92% de los votos.
Además, las postulaciones —muy— menores concitaron votos que se anotan del centroderecha a la derecha definida, lo que los inclina, potencialmente, más al bolsonarismo, sobre todo en tiempos en los que el centro otrora presuntamente republicano no deja de demostrar que, cuando se trata de derrotar al polo izquierdo de la grieta, no les hace asco a los avisos de hiperajuste ni a los escándalos ni a intentos de ruptura de la democracia como el que en 2022-2023 fue televisado en directo a todo el mundo.
En tercer lugar, el nivel de participación fue del 79%, apenas inferior al de 2022. En las segundas vueltas, históricamente la participación es igual o algo menor que en las primeras. Así, el PT no tiene demasiado margen para especular con que una movilización providencial lleve a las urnas a un sector de la ciudadanía refractario a comprometerse con la cosa pública.
#Brasil Bolsonaro venció a Lula en la primera vuelta y definirán la presidencia de Brasil en un balotaje
Si Brasil finalmente virara a la extrema derecha, la pretensión de Milei de ser el capataz de la peonada ultra de la región se vería afectada. Sin embargo, más que temerle al posible triunfo de un competidor brasileño —por quien, de hecho, hizo campaña de un modo tan agresivo que propició la virtual ruptura de la relación diplomática— debería mirar con cuidado las midterms estadounidenses del 3 de noviembre.
Trump sería indiferente a problemas graves de una de sus principales piezas regionales –Argentina– únicamente en caso de no poder intervenir y no por decisión propia.
Doble vara
La vara ética tantas veces alegada por el antilulismo visceral es selectiva. En ese sentido, sorprende que el éxito de Bolsonaro se haya producido a pesar de los escándalos y controversias que recorrieron toda su campaña.
Una de esas polémicas fue el modo en que su hermano Eduardo operó en Washington para que Trump le impusiera sanciones a Brasil por la condena al jefe del clan, lo que, en diferentes momentos, tomó forma de aranceles punitivos al comercio o de sanciones a los magistrados judiciales que promovieron la investigación por golpismo.
Flávio y Eduardo Bolsonaro, junto a Donald Trump en la Casa Blanca.
El activismo de Eduardo Bolsonaro fue tal, que el diputado abandonó Brasil y su banca, al punto de que hoy tiene pedido judicial de captura y se mantiene prófugo de la Justicia en Estados Unidos.
Otro tema de conflicto estuvo dado por las esquirlas de la quiebra fraudulenta del Banco Master, cuyo extitular —ahora preso—, Daniel Vorcaro, puso unos 25 millones de dólares en negro para la realización de una película sobre Jair Bolsonaro —Dark horse— que jamás se filmó, lo que hizo sospechar de un aporte ilegal de campaña o, directamente, de la provisión de una "caja B" para costear los gastos personales y el lobby del hermano menor.
Ese caso, sin embargo, le pegó de lleno al juez del SupremoAlexandre de Moraes, instructor de la causa por golpismo que terminó en condena e inhabilitación del expresidente. Este antecedente generó en parte de la sociedad la idea que ese magistrado ha sido funcional al gobierno, lo que, curiosamente, terminó afectando más a Lula que al propio Bolsonaro.
Con todo, lo más serio llegó en la semana final de la campaña: una investigación periodística que ni el propio candidato de los valores tradicionales se animó a desmentir lo mostró como traficante de influencias ante el gobierno de su padre y ante el propio Supremo en la campaña de 2022. Como frutilla del postre, apareció como habitué en orgías organizadas en diferentes ciudades de Brasil con garotas de programa.
Alexandre Santini, un exsocio despechado de Flávio Bolsonaro, guardó y ahora difundió fotos que muestran al presidenciable con prostitutas en un hotel de Río de Janeiro. (Captura: PlatôBR).
Más atrás, aunque fueron refrescadas por la campaña petista, quedaron sus antiguas relaciones con líderes de las milicias paramilitares de Río de Janeiro, mafias que les disputan a los narcos territorios y negocios en las favelas. Incluso, el antecedente golpista del clan, lo que sugiere que los consensos democráticos que se dan por sentados en Brasil y en los demás países de la región carecen de la profundidad que se les suele atribuir.
¿Qué pasó con Lula da Silva?
El avance de la extrema derecha bolsonarista tiene explicaciones, paralelas al retroceso de Lula.
Medio Brasil rechaza su figura por el recuerdo los sonados casos de corrupción que estallaron durante las administraciones del PT, empezando por el Mensalão y terminando en el Petrolão. Por el segundo, los jueces y fiscales de la operación Lava Jato lo condenaron a la cárcel, donde permaneció durante 580 días, y lo inhabilitaron para ser electo, lo que permitió en 2022 la victoria de Jair Bolsonaro. Su rehabilitación por parte del Supremo fue producto de la constatación de la violación de sus derechos procesales.
Por otro lado, hay que registrar el desgaste de una figura que ha estado presente, y en primerísimo plano, en la política brasileña desde la etapa previa al retorno a la democracia en 1985, proceso al que contribuyó enormemente como líder sindical y político.
Esa presencia de más de 40 años produce fatiga de material, lo mismo que los 80 años de un hombre que gambeteó dos veces al cáncer. Al lado suyo, Flávio Bolsonaro, con sus 45 años, compatibiliza más fácilmente con cierta ansia de cambio que es preciso advertir.
Sea cual sea el desenlace del 25-O, complica el análisis el hecho de que el Brasil que dejará Lula al cabo de su tercer mandato muestre números económicos y sociales positivos. El crecimiento del período arrojará un promedio anual del 3%, la inflación sigue contenida por debajo del 5%, la informalidad laboral se redujo levemente y los salarios reales mejoraron respecto de la pospandemia, pero sin llegar a sus niveles máximos previos a ese desastre. ¿Entonces?
Tal vez haya que pensar en el agotamiento de las recetas de distribución del ingreso que no derivan en procesos de crecimiento intensos, los únicos capaces de generar, más que un crecimiento mediocre, verdadero desarrollo.
Si han sido tantas veces anunciadas, es porque hay registro de su necesidad: las "nuevas canciones", pese a las promesas, siguen ausentes en el vademécum del progresismo regional –incluido, por ahora, el que las evoca en Argentina–y las derechas logran hoy sacar partido de eso con estrategias de acumulación política de corte agresivamente populista y narrativas llenas de presuntos culpables a quienes es menester odiar y eliminar.
¿Serán los éxitos del presente los desencantos del futuro cercano? Algo de eso podrían responder el chileno José Antonio Kast y el propio Trump, cuyos niveles de rechazo no paran de crecer.
Preguntas que esperan respuestas
Los climas de época, como esta en la que las extremas derechas reinan en América y crecen en buena parte de Occidente, tienen explicaciones, pero también misterios.
Con todo, cabe preguntarse si la ola que se percibe y que convirtió el rojo —digamos— que pintaba la mayor parte de los países de la región es, en el fondo, una cuestión de derechas e izquierdas o, más bien, de oficialismos versus oposiciones.
Incluso antes de la pandemia, pero sin dudas más después, los electorados de la región sancionaron a la gran mayoría de los gobiernos de turno. El récord resulta impresionante, e incluso cabe poner asteriscos en los contraejemplos de Paraguay y Ecuador.
En el primero de esos países, el eje continuidad-cambio casi siempre parece tener expresión dentro y no fuera del dominante Partido Colorado; en el segundo, más allá de la afinidad ideológica, Daniel Noboa no es parte del mismo sector que antes había encumbrado a Guillermo Lasso.
Como hipótesis, cabe señalar que, tal vez, el clivaje ideológico esté oscureciendo un movimiento más profundo: el ansia de cambio de sociedades frustradas por procesos políticos que no llegan a cumplir sus promesas de una mejora tangible de las condiciones materiales de vida, por promesas nunca cumplidas de salto al desarrollo y por climas de violencia urbana —en muchos casos asociados al crimen mafioso y al narcotráfico— que nunca se superan.
Con continuidad o con cambio, la Argentina de 2027 —siempre peculiar en su crisis permanente— podría dar alguna respuesta a este interrogante.