LEY ÓMNIBUS | LA NOCHE DE LOS LAMENTOS

Es la política, presidente Javier Milei

El león outsider creyó que bastaba con votos para llevarse puesto el sistema a empujones. Ahora sabe que no. Legitimidad de ejercicio y dos espejos malditos.

A fin de cuentas, es la política. Siempre la llave es la política y la política es el arte de lo posible en la administración de intereses que forcejean y en política lo posible –nunca todo lo que se quiere- se consigue, justamente, haciendo buena política. Ahora Javier Milei lo sabe.

El Presidente creyó que alcanzaba con la legitimidad de origen que le otorgó el 56% que lo consagró en el ballotage para llevarse puesta a la política a empujones. Error. Grave. Por eso, en la madrugada de Tel Aviv, mientras se escribían estas líneas, seguía maldiciendo gobernadores y prometiendo crucificar a los traidores que lo forzaron a mandar su ley ómnibus de vuelta a las comisiones de la Cámara de Diputados para volver a empezar, como canta Alejandro Lerner, fan del líder libertario.

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Raro, porque le había mostrado respeto al diablo de la casta la noche en que firmó el Pacto de Acassuso con Mauricio Macri y Patricia Bullrich. En aquellas horas que siguieron a su derrota inesperada en la primera vuelta electoral, después de su batacazo en las PASO, el más feroz detractor de la política había insinuado que entendía el juego: solo no llegaba.

No era tan así: la transición y el proceso de formación de su gabinete fueron un caos de altas y bajas, de idas y vueltas, de designar y recalcular en el que terminó mordiéndole la mano al Gato que le había dado de comer.

Sus dos primeras grandes acciones de gobierno volvieron a revelar sus delirios de omnipotencia. Un DNU sin necesidad ni urgencia que atropellaba la república que sus socios republicanistas juraron en vano defender y un bodoque de ley que mandó al Congreso para su sanción a libro cerrado bajo amenazas gritadas a pura bravuconada mientras al megadecreto que le compró llave en mano a Federico Sturzenegger le entraban todas las balas de la Justicia.

La política lo dejó hacer y endulzó sus oídos con el canto de las sirenas de la gobernabilidad. Hasta le aprobó la ley en general. Hasta ahí. Derrota parcial, sentenció Mauricio Cantando en Letra P. Del otro lado, los gobernadores, los salvajes federales dialoguistas. ¿Nos vas a fundir? Todo para atrás. Derrota completa. Con la política, no, Milei.

Si hasta Carolina Piparo, su candidata a la gobernación de la provincia de Buenos Aires y compañera de diatribas anticasta, se le paró de manos y le dio vuelta la cara en la fallida votación en particular. No más preguntas, entonces.

Espejitos espejitos

No en esta madrugada de furia. Sería mucho pedir. Acaso mañana, el Presidente podría leer un poco de historia contemporánea argentina y asomarse al espejo de un líder que llegó a la Casa Rosada con una mano atrás y otra adelante y construyó una maquinaria que dominó las últimas dos décadas de la política nacional con casi todo el poder real pateándole en contra. Para eso necesitaría calmarse y hacer un esfuerzo gigantesco por exorcizar, al menos por un par de horas, el odio visceral, el asco que le produce el populismo peronista.

En enero de 2003, a Néstor Kirchner no lo conocía nadie. Tenía una intención de voto del 6% y se asomaba a la escena nacional como el plan B de Eduardo Duhalde, que había asustado a Carlos Reutemann y había perdido a su apuesta principal –“Vi algo que no me gustó”-. Prácticamente no se lo veía, al patagónico, en la muchedumbre de aspirantes a la presidencia en una campaña signada por la implosión del sistema político ocurrida en el estallido de 2001. El 27 de abril de ese año, ganó por abandono con la esquelética legitimidad de origen que le dio el 22% de los votos –en la segunda vuelta hubiera superado el 50%, calculó Carlos Menem y se bajó para no perder el invicto-.

Desde ese subsuelo, Kirchner construyó un imperio. Abrió la bolsa de la transversalidad y metió todo lo que pudo. A los barones que juraban fidelidad a Duhalde diez minutos después de que Cristina Fernández de Kirchner llamara mafioso al cacique bonaerense. A las organizaciones sociales nacidas de los piquetes de la resistencia en las calles de la debacle. Al radicalismo errante que boqueaba como pez fuera del agua en el destierro del que se vayan todos, especialmente la UCR. A los organismos de Derechos Humanos que reclamaban Memoria, Verdad y Justicia en el desamparo de los indultos y las leyes de impunidad. A progresismos de toda laya. Hizo política, sin respiro, 24/7, hasta su último aliento. Su 22% se transformó, ya con CFK de frontwoman, en el 45% de 2007 y en el 54% de 2011. Su legitimidad de ejercicio puso los cimientos de la legitimidad de origen de Cristina.

¿Mucho pedir? ¿Kirchner no va? OK. Afuera. Si el asco es más fuerte, Milei podría probar con un espejo que le queda muchísimo más cómodo.

Menem llegó a la Casa Rosada a caballo desde los confines de la patria. Puede decirse que la tuvo fácil en las elecciones del 14 de mayo de 1989, un mano a mano –volvé, bipartidismo, te perdonamos- con un radicalismo que entregaba el poder anticipadamente en un país que ardía en las llamas de la hiperinflación. Con todo, antes debió saltar la valla de Antonio Cafiero, estrella fulgurante de la renovación peronista, en la última interna presidencial seria que celebró el PJ: por el riojano patilludo nadie daba dos pesos.

#40D DEMOCRACIA, DEUDAS Y DESAFÍOS | CARLOS CORACH

Sin embargo, ya en el poder, Menem debió construir las alianzas que requería la aplicación de un plan de gobierno que sepultaba las esperanzas del salariazo y la revolución productiva que había prometido. “Si les decía lo que pensaba hacer, no me votaba nadie”, admitió el rey del pragmatismo. Más académico, Carlos Corach fundamentó esa estrategia en una charla que mantuvo con Letra P en el ciclo Democracia, 40 años: deudas y desafíos. El exministro del Interior citó a John Kennedy. "El gobernante –contó que escribió el expresidente de Estados Unidos- no debe empecinarse en seguir los rumbos que ha prometido, que son parte de su ideología tradicional, sino encauzar sus políticas en las grandes corrientes mundiales".

Para alcanzar ese objetivo y llevar adelante las reformas estructurales que inspiraron a Milei –desregulación radical de la economía, con las privatizaciones como bandera-, rompió con los sectores progresistas del peronismo y se asoció con los Bunge & Born y los Alsogaray; para domar la inflación empoderó a Domingo Cavallo y para conseguir la reelección tejió el Pacto de Olivos con Raúl Alfonsín. Política hasta que doliera.

Cómo construir poder

A un costado las luces y las sombras de Kirchner y de Menem. También, el análisis de los resultados de sus actuaciones como líderes sobresalientes de la democracia recuperada en 1983. No se trata aquí de hacer juicios morales. En esos espejos -uno inmensamente más cómodo que el otro para el Presidente-, Milei verá a dos animales políticos que construyeron –imponiendo y cediendo, pidiendo y regateando, sumando y dividiendo, avanzando y retrocediendo para volver a avanzar, exorcizando sus prejuicios y blindando las paredes de sus estómagos- los proyectos más robustos de la historia contemporánea argentina.

El Presidente sabe ahora –ahora que su ley ómnibus, que es el huevo de su proyecto, quedó atrapada en las fauces de la maldita casta- que, a fin de cuentas, es la política. Ahora, en su madrugada de furia, allá lejos del otro lado del mundo, no tendrá la serenidad necesaria para aceptarlo. Si lo hiciese mañana, todavía resta saber si estaría dispuesto a empezar de nuevo.

Bajar es lo peor, sentenció Mariana Enríquez en su primera novela. El problema de Milei es que, desde su proyecto desmesurado y desde su megalomanía mesiánica cegadora, debería descender un abismo para llegar al piso de razonabilidad que le exige la política.

Javier Milei y los salarios
Presidente Javier Milei.

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