NO FUE LA POLÍTICA

Dura derrota de Javier Milei en el campo de la batalla cultural

La resistencia a la enajenación de la tierra, de abajo hacia arriba. De la Selección a Tini y amigos, algo hay ahí. Otro resbalón y van... La oposición y 2027.

La decisión de Javier Milei de dar de baja el capítulo de la venta de tierras a extranjeros sin restricciones le permitió salvar el resto de su proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada, pero deja la percepción de que ha sufrido un golpe político severo y de que una distancia sideral lo separa de una amplia mayoría social.

Atención: en tiempo de campaña, esto último puede convertirse en un pecado capital.

Lo interesante es que el peso de la resistencia popular contra esa idea malhadada no lo llevó, en lo esencial, la política. Al final, la iniciativa cayó por falta de votos en el Senado, pero el clima social que forzó ese desenlace se fraguó en reductos vinculados a la cultura en un sentido amplio. Ese ambiente sugiere cierta porfía de la Argentina en seguir siendo, a pesar de todo, un país.

Mucho más que una bandera

Los llamados de artistas y deportistas a la movilización prevista para este jueves valieron doble: por el compromiso que supusieron y porque ponerle el rostro y el cuerpo a ciertas causas resulta caro en estos tiempos de estigmatización fácil desde el Estado.

Entre ellos hay que destacar a notables de siempre, pero en particular a artistas muy cercanos a la juventud como Lali Espósito, Tini Stoessel, Emilia Mernes, Ca7riel, Dillom, La Joaqui y Nicky Nicole, figuras con millones de seguidores en las plataformas de música y en las redes sociales.

Este dato no es menor.

El fútbol, una dimensión clave de la cultura argentina, también tuvo participación.

El domingo, la policía de Santa Fe secuestró una bandera ubicada en una tribuna del estadio de Newell's Old Boys que decía "Las tierras no se venden, las tierras se defienden". Sería interesante saber quién dio esa orden, por qué lo hizo y qué piensa sobre la libertad de expresión el gobernador Maximiliano Pullaro.

El fútbol acercó a otro protagonista, importante por este y otros motivos: Lisandro Martínez. El defensor de la Selección fue uno de los que tomaron y exhibieron la bandera reivindicatoria de la causa Malvinas -también lo hicieron Giovani Lo Celso y Cristian Romero- tras el triunfo ante Inglaterra en el último Mundial, hecho que descolocó al Gobierno, obligó a abrir la boca a Londres, "decepcionó" al liderazgo kelper y llevó la controversia por la soberanía a los medios de todo el mundo.

Ese trapo fue mucho más que una bandera. Fue el gatillo de un estado de opinión que no es ajeno a lo que ocurrió con la extranjerización de tierras. Si ya es demasiado difícil recuperar las Malvinas, ¿por qué deberíamos ceder más porciones del territorio nacional?

Sería un error considerar a aquellos referentes sociales como nuevos líderes de opinión todoterreno o como figuras políticas en ciernes, al menos en principio. Lo que sí cabe atribuirles fue haber condicionado a actores clave del sistema político en base a lo que les indicaba una antena mucho más sensible que la del Gobierno y que la definitivamente rota de sectores políticos que no son estrictamente oficialismo… ni todo lo contrario.

El humor de la sociedad parece, por momentos, ponerle límites a lo que se percibe como una permanente entrega de soberanía, para peor a cambio de nada.

La inutilidad de la impostura

El episodio de la bandera de Malvinas caló hondo en el Gobierno, que desde entonces forzó cierta tónica patriotera y hasta xenófoba con el tachín tachín de los extranjeros en los hospitales y las universidades. O, peor, con sus propios "intelectuales" orgánicos –léase "canallas"– que desde la tribuna de Carajo vienen de hacer un despliegue de racismo delincuencial al proponer muros, francotiradores, esterilización y napalm para la población de tez oscura del conurbano bonaerense. A veces se hace imposible distinguir la perversión de la estupidez.

La idea de un sano orgullo nacional es directamente ajena a la extrema derecha que rigorea la Argentina; por eso la sobreactuación le sale tan mal. Según contó Sebastián Iñurrieta en Letra P, el primer reflejo del Gobierno fue acusar a Amnistía Internacional de haber hecho lobby entre los artistas populares.

Entre la destratada población del conurbano y los deudores de préstamos personales a los que el Presidente y Toto Caputo culpan por estragos que produjeron sus propias políticas y desregulaciones, y a quienes manda a arreglarse como puedan, hay no pocos votantes de La Libertad Avanza (LLA) de 2023. ¿Sabrán lo que hacen esos iluminados?

Una causa sin defensores

Ante la resistencia a la entrega sin límites del territorio nacional, por encima de lo mucho ya efectivamente enajenado, expresado además en diversas encuestas, el Gobierno debió pisar el freno y cierta dirigencia siempre gauchita con la extrema derecha gobernante recordó que se debe a algo más que un ATN o una canonjía impropia.

Si algo llamó la atención del proyecto de extranjerización de tierras fue su carencia aguda ya no de defensores, sino de simples argumentadores.

Opiniones aparte, alguien podría alegar que la reforma laboral apunta a formalizar ese mercado. También, que el abusivo RIGI va a provocar un boom de inversiones que de otro modo nunca llegarían. Pero ¿qué podía decirse a favor de la iniciativa de marras?

¿Que iba a enajenar suelo nacional, que lo iba a entregar a la voracidad de gobiernos, empresas y hasta particulares de objetivos vidriosos? ¿Qué iba a encarecer, por aumento de demanda, ese recurso clave para la producción nacional? ¿Que iba a fragilizar aun más el control del Estado sobre las fronteras, los cursos de agua y otros recursos estratégicos? No es casual que prácticamente nadie la haya defendido, a pesar del intenso lobby desatado sobre los senadores en las últimas semanas.

La tierra conserva una carga simbólica excepcional en la sociedad argentina. A diferencia de otros activos, remite a ideas como soberanía, recursos naturales, fronteras e identidad nacional.

Por eso cabe hablar de una derrota simbólica del mileísmo en toda la línea, para peor en el terreno de su "batalla cultural". Esto es relevante: el retroceso en chancletas no correspondió a un proyecto de tipo fiscal o regulatorio, sino a un elemento que hace al corazón de la visión de la libertad económica que enarbola la ultraderecha.

Así, la "soberanía" y la preservación de un recurso estratégico demostraron ser ideas fuerza mucho más potentes que la de la desregulación.

Una colección de derrotas culturales

En su quijotada de la "batalla cultural", Milei colecciona ya unos cuantos reveses.

Una, la que motiva esta nota.

Otra, en materia de memoria, verdad y justicia, ante cuya masividad y convicción hasta ahora no ha osado avanzar, como habría deseado, en ninguna iniciativa general de impunidad o de reivindicación del terrorismo de Estado.

Una más, finalmente, en la apología oficial del evasor y del "fugador héroe". ¿No fue, acaso, esa narrativa la que se fue con el oscuro Manuel Adorni?

Milei no termina de entender que fue votado para resolver el problema de la inflación y para relanzar una economía que necesita imperiosamente un empujón de desarrollo. Mientras avanza con resultados sólo relativos y a un costo desmesurado en el primer sentido, fracasa en el segundo, pero pretende sobreponerse a esas carencias con arremetidas ciegas de su "batalla cultural".

Días atrás, en una entrevista, reversionó de modo vasto el pensamiento de Antonio Gramsci para descerrajar una teoría sobre la presencia de "terroristas" sembrados en los ámbitos de la educación, la investigación científica, los medios de comunicación y, en general, la cultura.

Faltaba poco para que un sector amplio de la Argentina cultural le asestara una derrota de las que duelen.

Perdedores y perdedores

Milei debe digerir ahora un límite primero social y, como consecuencia, parlamentario y político.

Federico Sturzenegger, inspirador de esta nueva sobredosis de ideología, recibe un nuevo golpe tras haber naufragado en su batalla naval.

Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich, caras de una derrota dura en el Congreso.

Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich, caras de una derrota dura en el Congreso.

Patricia Bullrich, operadora fallida de esta antipatriada, fue notificada de que eso de transitar la política sin más principio que el cultivo de una carrera de casta que traza planes presidenciales a cinco años vista o más no siempre es una receta infalible.

El mercado financiero y el Círculo Rojo, por su parte, comprueban una vez más lo que le falta al Gobierno en recursos de poder y cuán fácil le resulta hacer sapo cuando se encapricha y mete su mano torpe en asuntos sensibles.

El tiempo dirá si las próximas elecciones le dan la hegemonía política que persigue para terminar de dar vuelta al país a su arbitrio.

Para la oposición, el aprendizaje es análogo. No hay causas personales ni diferencias por espacios de poder que se justifiquen cuando el dentista instalado en la Casa Rosada ya taladra el hueso con su torno.

Un amplio sector de la sociedad, movilizada por referentes culturales queridos, le demostró a esa oposición sin rumbo que hay causas superiores que sus pequeñeces, que el país se juega en este tiempo asuntos demasiado nodales y que puede rebasarla fácilmente, al menos en el plano de la resistencia.

Algo consiguió, pero falta lo demás: la construcción de un contrapoder. En eso no hay vuelta que darle: la política será la que deba decir "presente".

Federico Sturzenegger.
Federico Sturzenegger, Javier Milei y los dueños de la tierra (imagen generada con IA).

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